Mensajes Selectos Tomo 2

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Meditaciones en los días de aflicción

Oración y ungimiento, pero sin curación inmediata

21 de mayo de 1892. Ya terminó la noche penosa que pasé casi sin dormir. Ayer por la tarde, el pastor [A. G.] Daniells y su esposa, el pastor [G. C.] Tenney y su esposa, y los Hnos. Stockton y Smith vinieron a nuestra casa a pedido mío para pedir al Señor que me sanara. Tuvimos una reunión de oración muy fervorosa, y fuimos muy bendecidos. Quedé aliviada, pero mi salud no fue restablecida. Ahora he hecho todo lo posible por seguir las instrucciones de la Biblia, y esperaré que el Señor obre, en la creencia que él me sanará cuando él lo considere oportuno. Mi fe se afirma en esa promesa: “Pedid, y recibiréis”. Juan 16:24. 2MS 269.1

Creo que el Señor escucha nuestras oraciones. Yo esperaba ser libertada inmediatamente de mi cautividad, y en mi juicio finito estimaba que de este modo Dios sería glorificado. Fui muy bendecida durante nuestra reunión de oración, y me aferraré a la seguridad que entonces se me dio: “Yo soy tu Redentor; yo te sanaré” (Manuscrito 19, 1892). 2MS 269.2

“No perderé el dominio propio”

23 de junio de 1892. Ha transcurrido una noche más. Dormí solamente tres horas. No experimenté tanto dolor como de costumbre, pero estuve intranquila y nerviosa. Después de permanecer despierta durante un tiempo, procurando dormir, desistí de mi empeño, y dirigí toda mi atención a buscar al Señor. Cuán preciosa fue para mí esta promesa: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá”. Mateo 7:7. Oré fervorosamente al Señor pidiendo confortamiento y paz, los que únicamente el Señor Jesús puede dar. Quiero la bendición del Señor de modo que, aunque experimente dolores, no pierda el dominio propio. No me atrevo a confiar en mí misma ni por un solo instante. 2MS 269.3

En el momento en que Pedro apartó sus ojos de Cristo, comenzó a hundirse. Cuando comprendió el peligro que corría y elevó sus ojos y su voz a Jesús exclamando: ¡Sálvame, Señor, que perezco!, lo sostuvo la mano que siempre está lista para salvar a los que perecen, y fue salvado... 2MS 270.1

En mi hogar debo buscar la paz diariamente y seguir en pos de ella... Y aunque el cuerpo sufre, y el sistema nervioso está debilitado, no debemos pensar que estamos en libertad de hablar de mal humor o pensar que no estamos recibiendo toda la atención que deberíamos tener. Cuando damos lugar a la impaciencia, expulsamos del corazón al Espíritu de Dios, y damos lugar a los atributos de Satanás. 2MS 270.2

Cuando fraguamos excusas para justificar el egoísmo, los malos pensamientos y las malas palabras, estamos educando el alma para el mal, y si proseguimos haciéndolo, llegará a ser un hábito ceder a la tentación. Entonces estaremos en el terreno de Satanás, vencidos, débiles y sin valor. 2MS 270.3

Si confiamos en nosotros mismos, ciertamente caeremos. Cristo ha dicho: “Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí”. Juan 15:4. 2MS 270.4

¿Cuál es el fruto que debemos llevar? “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley”. Gálatas 5:22, 23. 2MS 270.5

Mientras meditaba en estas cosas, sentí cada vez más profundamente el pecado que significa descuidar de mantener el alma en el amor de Dios. El Señor no hace nada sin nuestra colaboración. Cuando Cristo oró: “Padre, guárdalos en tu nombre”, no quiso decir que deberíamos descuidar de mantenernos en el amor y la fe de Dios. Viviendo en Dios, mediante una unión viva con Cristo, confiamos en las promesas y constantemente obtenemos mayor fuerza contemplando a Jesús. ¿Qué puede cambiar el corazón o conmover la confianza de aquel que, mediante la contemplación del Salvador, es transformado a su semejanza? ¿Tomará en cuenta esa persona los menosprecios? ¿Se centrará su imaginación en el yo? ¿Permitirá que pequeñeces destruyan la paz de su mente? Aquel en cuyo corazón mora Cristo está dispuesto a ser complacido. No piensa el mal, y se conforma con la seguridad de que Jesús conoce y valora correctamente a cada alma por la cual murió. Dios dice: “Haré más precioso que el oro fino al varón, y más que el oro de Ofir al hombre”. Isaías 13:12. Que esto satisfaga el anhelo del alma, y nos haga ser cuidadosos y precavidos, y estar muy dispuestos a perdonar a otros porque Dios nos ha perdonado. 2MS 270.6

La felicidad de la vida consiste en cosas pequeñas. Cada uno tiene la posibilidad de practicar la verdadera cortesía cristiana. No es la posesión de talentos espléndidos lo que nos ayudará a vencer, sino el cumplimiento concienzudo de los deberes de cada día. La mirada bondadosa, el espíritu humilde, la disposición placentera, el interés sincero y sin afectación en el bienestar de los demás: todos estos rasgos constituyen auxilios en la vida cristiana. Si el amor de Jesús llena el corazón, ese amor se manifestará en la vida. No manifestaremos la determinación de hacer nuestra propia voluntad, ni una obstinada y egoísta renuencia a ser felices o a ser complacidos. La salud del cuerpo depende más de la condición saludable del corazón de lo que mucho suponen. 2MS 271.1

Uno puede imaginar que ha sido desairado, puede pensar que no ocupa una posición que está capacitado para desempeñar, y de este modo puede convertirse en un presunto mártir. Se siente infeliz, ¿pero a quién hay que culpar? Una cosa es segura: la bondad y la amabilidad contribuirán más a engrandecerlo que cualquier presunta habilidad acompañada por la maldición de un modo de ser displicente (Manuscrito 19, 1892). 2MS 271.2

Jesús conoce nuestras aflicciones y dolores

26 de junio de 1892. Me alegra la llegada de la luz del día, porque las noches son largas y cansadoras. Pero cuando no puedo dormir, la gratitud llena mi corazón al pensar en Aquel que nunca disminuye su vigilancia sobre mí, para mi bien. ¡Qué pensamiento maravilloso es saber que Jesús está perfectamente enterado de los dolores y las aflicciones que soportamos! El padeció todas nuestras tribulaciones. Algunos de nuestros amigos no saben nada acerca de las miserias humanas o de los padecimientos físicos. Nunca están enfermos, y por lo tanto no pueden comprender los sentimientos de los que padecen. Pero Jesús se compadece de nosotros a causa de nuestra enfermedad. El es el gran médico misionero. Adoptó la forma humana, y se colocó a la cabeza de una nueva dispensación, a fin de reconciliar la justicia y la compasión (Manuscrito 19, 1892). 2MS 272.1

“Haz de mí una rama saludable y fructífera”

29 de junio de 1892. Mi oración al despertar es: Jesús, guarda hoy a tu hija. Tómame bajo tu protección. Haz de mí una rama saludable y fructífera de tu vid viviente. Cristo dice: “Separados de mí nada podéis hacer”. Juan 15:5. En Cristo y mediante Cristo podemos hacer todas las cosas. 2MS 272.2

Aquel que fue adorado por los ángeles, Aquel que escuchó la música del coro celestial, siempre se compadeció, mientras estuvo en la tierra, de las aflicciones de los niños, y siempre estuvo dispuesto a escuchar el relato de sus infortunios triviales. A menudo secó sus lágrimas y los consoló con la tierna simpatía de sus palabras que parecían tener la virtud de apaciguar sus aflicciones y hacerles olvidar su dolor. La forma de paloma que revoloteó sobre Jesús en ocasión de su bautismo, constituye un símbolo que representa la dulzura de su carácter (Manuscrito 19, 1892). 2MS 272.3

Que no pronuncie palabras ásperas

30 de junio de 1892. Casi ha transcurrido otra noche muy cansadora. Aunque sigo experimentando mucho dolor, sé que no he sido olvidada por mi Salvador. Mi oración es: Ayúdame, Jesús, para que no te deshonre con mis labios. No permitas que pronuncie palabras ásperas (Manuscrito 19, 1892). 2MS 273.1

“No me quejaré”

6 de julio de 1892. Estoy agradecidísima porque puedo contarle al Señor todos mis temores y perplejidades. Siento que estoy bajo la protección de sus alas. Un incrédulo le preguntó cierta vez a un joven temeroso de Dios: “¿Cuán grande es el Dios a quién adoras?” Recibió esta respuesta: “Es tan grande que llena la inmensidad, y sin embargo es tan pequeño que mora en cada corazón santificado”. 2MS 273.2

¡Oh, precioso Salvador, anhelo tu salvación! “Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía”. Salmos 42:1. Anhelo tener un concepto más claro acerca de Jesús. Me agrada pensar en su vida inmaculada y meditar en sus lecciones. Cuántas veces repito estas palabras: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”. Mateo 11:28. 2MS 273.3

La mayor parte del tiempo mi cuerpo está lleno de dolor, pero no me quejaré para no ser indigna de llevar el nombre de cristiana. Tengo la certeza de que esta lección del sufrimiento será para glorificar a Dios, y un medio de advertir a otros para que eviten el trabajo continuo bajo circunstancias difíciles y tan desfavorables para la salud y el cuerpo (Manuscrito 19, 1892). 2MS 273.4

“El señor me fortalece”

7 de julio de 1892. El Señor me fortalece mediante su gracia para escribir cartas importantes. Los hermanos acuden a mí con frecuencia en busca de consejo. Siento la firme seguridad de que esta tediosa aflicción es para la gloria del Señor. No murmuraré, porque cuando me despierto en la noche me parece como si Jesús me estuviese mirando. El capítulo 51 de Isaías es preciosísimo para mí. El lleva todas nuestras aflicciones. Leo este capítulo llena de confianza y esperanza (Manuscrito 19, 1892). 2MS 273.5

No pensaba en retroceder

10 de julio de 1892. Desperté a Emily* a las cinco de la mañana para que avivara el fuego de mi habitación y me ayudara a vestirme. Agradezco al Señor porque tuve un mejor descanso nocturno que de costumbre. Mis horas de vigilia las empleo en la oración y la meditación. Una pregunta me asalta con insistencia: ¿Por qué no recibo la bendición de la restauración de mi salud? ¿Debo interpretar estos largos meses de enfermedad como una evidencia del desagrado de Dios por haber venido a Australia? Contesto decididamente que no; no me atrevo a creerlo así. Algunas veces, antes de salir de los Estados Unidos, pensé que el Señor no quería que yo fuera a un país tan distante, a mi edad y cuando tenía exceso de trabajo. Pero obedecí las indicaciones de la Asociación [General], como siempre he procurado hacer cuando no tenía yo misma una comprensión clara. Vine a Australia y encontré a los creyentes aquí en una condición que requería ayuda. Durante semanas después de llegar aquí, trabajé fervorosamente, tal como lo he hecho siempre en mi vida. Recibí instrucciones acerca de la piedad personal, que debía transmitir... 2MS 274.1

Estoy en Australia, y creo que me encuentro en el lugar donde el Señor desea que esté. No tengo intención de retroceder, aunque el sufrimiento me acompañe constantemente. He recibido la bendita seguridad de que Jesús es mío y que yo soy su hija. Las tinieblas son rechazadas por los brillantes rayos del Sol de Justicia. ¿Quién puede comprender el dolor que experimento, a no ser Aquel que se aflige con todas nuestras aflicciones? ¿A quién puedo hablar, a no ser a Aquel que se conmueve a causa de nuestras enfermedades, y sabe cómo socorrer a los que son tentados? 2MS 274.2

Cuando oro fervorosamente pidiendo restauración, y parece como si el Señor no contestase, mi espíritu casi desfallece dentro de mí. Entonces es cuando mi querido Salvador me recuerda su presencia. Me dice: ¿No puedes confiar en Aquel que te compró con su propia sangre? Te llevo esculpida en las palmas de mis manos. Entonces mi alma se alimenta con la presencia divina. Siento como si fuera transportada fuera de mí misma a la presencia de Dios (Manuscrito 19, 1892). 2MS 275.1

Dios sabe qué es lo mejor

14 de julio de 1892. Cuando me sobrevino la dolencia que he padecido durante tantos meses, quedé sorprendida al no ser aliviada inmediatamente en respuesta a la oración. Pero en mi caso se ha cumplido esta promesa: “Bástate mi gracia”. 2 Corintios 12:9. No puede haber duda alguna de mi parte. Mis horas de dolor han sido horas de oración, porque he sabido a quién confiar mis padecimientos. Tengo el privilegio de reforzar mis débiles fuerzas aferrándome al poder infinito. Día y noche permanezco sobre la sólida roca de las promesas de Dios. 2MS 275.2

Mis pensamientos se elevan hacia Jesús impulsados por una confianza amante. El sabe qué es lo mejor para mí. Mis noches serían muy solitarias si no reclamara esta promesa: “Invócame en el día de la angustia; te libraré, y tú me honrarás”. Salmos 50:15; (Manuscrito 19, 1892). 2MS 275.3