Mensajes Selectos Tomo 2

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Hay que levantarse y llamarlos bienaventurados

A las dos y media de la tarde hablé ante un numeroso auditorio [en Adams Center, N.Y.]... Nos alegró mucho encontrar en esta ocasión a ancianos servidores de Dios. Hemos conocido desde el comienzo de la predicación del mensaje del tercer ángel al pastor [Federico] Wheeler, que ahora tiene cerca de ochenta años de edad. Hemos conocido también a los pastores [H. H.] Wilcox y [Carlos O.] Taylor durante los últimos cuarenta años. La edad pesa en estos antiguos portaestandartes, como también pesa sobre mí; pero si somos fieles hasta el fin, el Señor nos dará la corona de la vida que no se marchita. 2MS 255.1

Los portaestandartes de edad avanzada distan mucho de ser inútiles, y por lo tanto no debe dejárselos de lado. Tienen que desempeñar en la obra una parte similar a la de Juan. Pueden decir: “Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de Vida (porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó); lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo. Estas cosas os escribimos, para que vuestro gozo sea cumplido. Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él. Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad; pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado”. 1 Juan 1:1-7. 2MS 255.2

Este pasaje muestra el espíritu y la vitalidad del mensaje que Juan dio para todos a una edad avanzada, cuando contaba con casi cien años. Los porta-estandartes están sosteniendo firmemente sus banderas. No sueltan el estandarte de la verdad hasta que deponen la armadura. Una por una se van silenciando las voces de los ancianos guerreros. Su lugar queda vacío. Ya no los vemos más, pero aunque están muertos de todos modos hablan, porque sus obras permanecen después de ellos. Tratemos con mucha ternura a los pocos peregrinos de edad avanzada que aún quedan, y tengámoslos en mucha estima por la obra que han realizado. Aunque sus fuerzas se han debilitado, lo que ellos dicen siempre tiene valor. Estímense sus palabras como un testimonio valioso. Los jóvenes y los nuevos obreros no deberían descartar o tratar con indiferencia a los hombres de cabellos blancos, sino levantarse y llamarlos bienaventurados. Deberían considerar que ellos mismos continúan las labores de esos hombres. Quisiéramos que hubiese mucho más amor de Cristo en los corazones de nuestros creyentes hacia quienes fueron los primeros en proclamar el mensaje (Manuscrito 33, 1890). 2MS 256.1