La Historia de la Redención

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Escritas en tablas de piedra

Para que no tuvieran excusa, el Señor mismo condescendió a descender al Sinaí, envuelto en gloria y rodeado por sus ángeles, y en una forma sublime e impresionante dio a conocer su ley de los Diez Mandamientos. No confió en nadie para enseñarla, ni siquiera en sus ángeles, sino que dio su ley con voz audible al oído de todo el pueblo. Ni aun entonces confió en la frágil memoria de una gente proclive a olvidar sus requerimientos, sino que los escribió con su propio dedo en tablas de piedra. Eliminó toda posibilidad de que mezclaran sus santos preceptos con tradiciones, o que confundieran sus requerimientos con las costumbres de los hombres. HR 151.1

Se acercó entonces aún más a su pueblo, tan dispuesto a apartarse, de modo que no se limitó a dejarle los diez preceptos del Decálogo. Ordenó a Moisés que escribiera lo que le iba a decir, es a saber, juicios y leyes con indicaciones precisas con respecto a lo que quería que hicieran, para que así guardaran los diez preceptos que habían sido grabados en tablas de piedra. Esas indicaciones y esos requerimientos específicos se dieron para inducir al hombre falible a obedecer la ley moral, que tan dispuesto está a transgredir. HR 151.2

Si el hombre hubiera guardado la ley de Dios, tal como le fue dada a Adán después de su caída, y preservada en el arca por Noé, y observada por Abrahán, no habría habido necesidad del rito de la circuncisión. Y si los descendientes de Abrahán hubieran guardado el pacto, del cual la circuncisión era una garantía, nunca hubieran caído en la idolatría ni se habría permitido que descendieran a Egipto ni habría habido necesidad de que Dios proclamara su ley desde el Sinaí y la grabara en tablas de piedra, ni que salvaguardara esos preceptos mediante las indicaciones, los juicios y los estatutos que le dio a Moisés. HR 151.3