La Historia de la Redención

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El guía de la reforma

Como resultado de la Providencia de Dios, decidió visitar Roma. El papa había prometido una indulgencia a todos los que ascendieran de rodillas lo que se conocía con el nombre de la escalera de Pilato. Lutero se encontraba cierto día llevando a cabo ese acto, cuando repentinamente una voz semejante a un trueno pareció decirle: “¡El justo por la fe vivirá!” Se puso de pie avergonzado y horrorizado, y huyó del escenario de su insensatez. Ese texto jamás perdió el poder que ejerció sobre su alma. De allí en adelante comprendió con mayor claridad que nunca el error de confiar en obras humanas para obtener la salvación, y la necesidad de ejercer fe constante en los méritos de Cristo. Sus ojos se abrieron para no cerrarse nunca más a los errores del papado. Cuando apartó su rostro de Roma también separó su corazón, y desde ese momento la separación se hizo cada vez más grande, hasta que cortó toda relación con la Iglesia Católica. HR 358.3

Al regresar de Roma, Lutero recibió por parte de la universidad de Wittenberg el título de doctor en teología. Entonces se sintió en entera libertad para dedicarse como nunca antes a las Escrituras que tanto amaba. Había formulado solemnemente el voto de estudiar con cuidado la Palabra de Dios y de predicarla con fidelidad todos los días de su vida, y no los dichos y las doctrinas de los papas. Ya no era más meramente un monje o profesor, sino el heraldo autorizado de la Biblia. Había sido llamado para pastorear y alimentar la grey de Dios, que se hallaba hambrienta y sedienta de la verdad. Declaró con firmeza que los cristianos no deben recibir otra doctrina fuera de la que se basa en la autoridad de las Sagradas Escrituras. Esas palabras sacudieron los mismos fundamentos de la supremacía papal. Contenían los principios vitales de la Reforma. HR 359.1

Lutero entonces se dedicó de lleno a su obra como campeón de la verdad. Su voz, en fervorosa y solemne advertencia, se escuchó desde el púlpito. Presentó delante de la gente el carácter ofensivo del pecado y enseñó que es imposible para el hombre por sus propias obras disminuir su culpa o evitar el castigo. Sólo el arrepentimiento ante Dios y la fe en Cristo pueden salvar al pecador. La gracia del Señor no puede ser comprada; es un don gratuito. Aconsejó a la gente a que no comprara indulgencias, sino que mirara con fe al Redentor crucificado. Se refirió a su propia dolorosa experiencia al tratar vanamente de obtener la salvación por medio de humillaciones y penitencias, y aseguró a sus oyentes que al apartar la vista de sí mismos y al creer en Cristo encontrarían paz y alegría. HR 359.2

Las enseñanzas de Lutero atrajeron la atención de la gente que pensaba en toda Alemania. De sus sermones y escritos surgían rayos de luz que despertaban e iluminaban a miles de personas. Una fe viviente ocupó el lugar del muerto formalismo en el que había yacido por tanto tiempo la iglesia. La gente cada día perdía confianza en las supersticiones del catolicismo. Las barreras del prejuicio se comenzaron a quebrantar. La Palabra de Dios, por medio de la cual probaba Lutero toda doctrina y toda pretensión, era como una espada de dos filos que penetraba hasta el corazón de los hombres. Por todas partes surgía el deseo de progresar espiritualmente. Por todas partes había un hambre y una sed de justicia que no se había visto por siglos. Los ojos de los seres humanos, que por tanto tiempo habían sido dirigidos a los ritos y a los mediadores humanos, se volvieron entonces arrepentidos y con fe a Cristo, y a Cristo crucificado. HR 360.1

Los escritos y las doctrinas del reformador se diseminaron por todas las naciones de la cristiandad. Su obra se extendió por Suiza y Holanda. Copias de sus escritos llegaron a Francia y España. En Inglaterra se recibieron sus enseñanzas como la Palabra de vida. La verdad también se extendió a Bélgica e Italia. Miles despertaron de su sopor mortal para participar de la alegría y la esperanza de una vida de fe. HR 360.2