La Historia de la Redención

188/232

Capítulo 47—Lutero y la gran reforma

Entre los que fueron llamados a conducir a la iglesia de las tinieblas papales a la luz de un fe más pura, descuella Martín Lutero. Celoso, ardiente y consagrado, sin conocer otro temor que el temor de Dios, y sin aceptar otro fundamento para la fe religiosa que las Sagradas Escrituras, Lutero era el hombre para su época. Por su intermedio Dios llevó a cabo una gran obra para la reforma de la iglesia y la iluminación del mundo. HR 357.1

En cierta oportunidad, mientras examinaba los libros de la biblioteca de la universidad, Lutero descubrió una Biblia en latín. Antes había escuchado algunos fragmentos de los Evangelios y de las epístolas en el culto público, y llegó a la conclusión de que eso debía ser toda la Palabra de Dios. Ahora, por primera vez, veía una Biblia completa. Con una mezcla de temor y admiración hojeó las páginas sagradas; con pulso acelerado y corazón conmovido leyó por sí mismo las palabras de vida, deteniéndose de vez en cuando para exclamar: “¡Oh, si Dios me diera este libro para tenerlo yo mismo para mí!” Los ángeles del cielo estaban a su lado, y los rayos de luz procedentes del trono de Dios revelaron tesoros de verdad a su entendimiento. Siempre temió ofender a Dios, pero entonces la profunda convicción de su condición pecaminosa se apoderó de él como nunca antes. Un ferviente deseo de ser libre del pecado y encontrar paz con Dios lo indujo finalmente a entrar al claustro y dedicarse a la vida monacal. HR 357.2

Todo momento libre que le permitían sus deberes cotidianos los empleaba en estudiar, privándose del sueño y aún sacando tiempo de los momentos que dedicaba a sus humildes comidas. Sobre todas las cosas se deleitaba en el estudio de la Palabra de Dios. Descubrió una Biblia encadenada al muro del convento, y a menudo acudía a ella. HR 358.1

Lutero fue ordenado sacerdote y se lo llamó desde el claustro para que ejerciera un profesorado en la universidad de Wittenberg. Allí se dedicó al estudio de las Escrituras en sus idiomas originales. Comenzó a dar conferencias acerca de la Biblia; y el libro de los Salmos, los evangelios y las epístolas se abrieron a la comprensión de multitudes de gozosos oyentes. Era poderoso en las Escrituras y la gracia de Dios descansaba sobre él. Su elocuencia cautivaba a sus oyentes, la claridad y el poder con que presentaba la verdad convencían sus entendimientos, y su profundo fervor tocaba sus corazones. HR 358.2