La Historia de la Redención

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Capítulo 40—Pedro librado de la prisión

Este capítulo está basado en Hechos 12:1-23.

Herodes profesaba ser prosélito de la fe judía, y aparentemente era muy celoso en la preservación de las ceremonias de la ley. El gobierno de Judea estaba en sus manos, como súbdito de Claudio, el emperador romano; también desempeñaba el cargo de tetrarca de Galilea. Este gobernante procuraba ansiosamente obtener el favor de los judíos, con la esperanza de asegurarse de ese modo sus cargos y honores. Comenzó entonces a cumplir los deseos de éstos al perseguir a la iglesia de Cristo. Empezó por saquear las casas y los bienes de los creyentes; continuó mandando a la cárcel a los principales de entre ellos. Prendió a Santiago y lo mandó a prisión, y mientras se hallaba allí envió a alguien que lo matara con la espada, así como otro Herodes había ordenado que Juan fuera decapitado. Cuando vio que sus actos agradaban a los judíos, se volvió más osado y envió a Pedro a la cárcel. Esas crueldades se llevaron a cabo durante la sagrada ocasión de la Pascua. HR 305.1

La gente aplaudió a Herodes por provocar la muerte de Santiago, aunque algunos se quejaron de que esto se hubiera hecho en privado, y sostuvieron que una ejecución pública habría tenido un efecto mayor, y habría intimidado más a los creyentes y simpatizantes. Herodes entonces mantuvo a Pedro en custodia con el propósito de agradar a los judíos mediante el espectáculo público de su muerte. Pero se sugirió al gobernante que no sería prudente ejecutar al veterano apóstol delante de la gente que se había reunido en Jerusalén en ocasión de la Pascua. Temían que su venerable aspecto provocara la piedad y el respeto de la multitud; también temieron que podría hacer una de esas poderosas invitaciones que frecuentemente habían inducido a la gente a investigar la vida y el carácter de Jesucristo, y que ellos, con todas sus artimañas, eran totalmente incapaces de contrarrestar. Los judíos temieron que en tal caso la gente solicitara al rey que soltara al apóstol. HR 305.2

Mientras la ejecución de Pedro se postergaba mediante varios pretextos, hasta que pasara la Pascua, la iglesia de Cristo tuvo tiempo para hacer un profundo examen de conciencia y para dedicarse fervientemente a la oración. Se mezclaron entonces las sinceras peticiones, las lágrimas y los ayunos. Oraban sin cesar en favor de Pedro; creían que no debían cesar sus labores cristianas; y sentían que habían llegado a un punto donde, sin la ayuda especial de Dios, la iglesia de Cristo se extinguiría. HR 306.1

Por fin se fijó la fecha para la ejecución de Pedro; pero las oraciones de los creyentes seguían ascendiendo al cielo. Y mientras se recurría a todas las energías y simpatías para elevar fervientes peticiones, los ángeles de Dios montaban guardia junto al encarcelado apóstol. La hora de crisis del hombre es el momento de oportunidad para Dios. Pedro se encontraba entre dos soldados, asegurado por dos cadenas cada una de las cuales estaba unida a la muñeca de uno de sus guardianes. Por lo tanto, le era imposible moverse sin que éstos lo supieran. Las puertas de la prisión estaban bien cerradas, y se había puesto una poderosa guardia ante ellas. Toda oportunidad de rescate o de huida, desde el punto de vista humano, era imposible. HR 306.2

El apóstol no estaba atemorizado por su situación. Desde su restablecimiento después de su negación de Cristo, había desafiado el peligro sin vacilar, y había manifestado una noble osadía al predicar a un Salvador crucificado, resucitado y ascendido a los cielos. Creía que había llegado el momento cuando debía deponer su vida por causa de Cristo. HR 307.1

La víspera del día de su ejecución, Pedro, encadenado, dormía como de costumbre entre los dos soldados. Herodes, al recordar la huida de Pedro y Juan de la prisión, donde habían sido confinados por causa de su fe, duplicó sus precauciones en esa oportunidad. Se hizo responsables a los soldados de la salvaguardia del prisionero, con el propósito de asegurarse de que extremaran su vigilancia. Estaba encadenado, como ya dijimos, en una celda cavada en la roca viva, cuyas puertas estaban cerradas con barrotes y cerrojos. Dieciséis hombres habían sido destacados para montar guardia junto a esta celda, y se relevaban a intervalos regulares. En cada turno había cuatro guardianes. Pero los barrotes, los cerrojos y la guardia romana, que efectivamente le cortaban al prisionero toda posibilidad de ayuda, solamente contribuirían a que el triunfo de Dios fuera más completo al liberar a Pedro de la prisión. Herodes estaba alzando su mano contra el Omnipotente, y había de ser totalmente humillado y derrotado en su intento de atentar contra la vida del siervo de Dios. HR 307.2