La Historia de la Redención

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Capítulo 37—La conversión de Saulo

Este capítulo está basado en Hechos 9:1-22.

La mente de Saulo fue sumamente conmovida por la muerte triunfante de Esteban. Sus prejuicios fueron sacudidos; pero las opiniones y los argumentos de los sacerdotes y gobernantes finalmente lo convencieron de que Esteban era blasfemo; que Jesucristo a quien él predicaba era un impostor y que los que desempeñaban oficios sagrados debían tener razón. Puesto que era un hombre de mente decidida y firmes propósitos, su oposición al cristianismo fue sumamente incisiva una vez que se convenció de que las opiniones de los sacerdotes y escribas eran correctas. Su celo lo indujo a dedicarse voluntariamente a perseguir a los creyentes. Logró que algunos santos fueran arrastrados ante los concilios, encarcelados o condenados a muerte sin ninguna evidencia de ofensa, salvo su fe en Jesús. De un carácter similar, aunque orientado en otra dirección, era el celo de Santiago y Juan cuando querían que descendiera fuego del cielo y consumiera a los que habían despreciado y se habían burlado de su Maestro. HR 280.1

Saulo estaba por hacer un viaje a Damasco para atender negocios particulares, pero estaba decidido también a cumplir un doble propósito al buscar, de paso, a los creyentes en Cristo. Con este fin consiguió cartas del sumo sacerdote para ser leídas en la sinagoga, mediante las cuales se lo autorizaba a prender a todos los que fueran sospechosos de creer en Jesús, para enviarlos por manos de mensajeros a Jerusalén donde serían juzgados y castigados. Se puso en camino lleno de la fortaleza y el vigor de la virilidad, e impulsado por el fuego de un celo equivocado. HR 280.2

Cuando los cansados viajeros se acercaban a Damasco, los ojos de Saulo descansaron con placer sobre la fértil tierra, los hermosos jardines, los huertos cargados de fruta y las frescas corrientes que avanzaban murmurando entre el verdor de los arbustos. Resultaba refrigerante contemplar tal escena después de un viaje largo y cansador en medio de un desolador desierto. Mientras Saulo con sus compañeros contemplaban todo llenos de admiración, de repente una luz más brillante que la del sol resplandeció en torno de ellos “y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? El dijo: ¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón”. HR 281.1