La Educación Cristiana

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Capítulo 57—Carácter y obra de los maestros

La obra hecha en nuestros colegios y escuelas no ha de asemejarse a la que se hace en los colegios y seminarios del mundo. En la grandiosa tarea de la educación, la enseñanza de las ciencias no ha de ser de carácter inferior, pero se ha de considerar de primera importancia aquel conocimiento que habilite a un pueblo para estar firme en el gran día de la preparación de Dios. Nuestros colegios deben asemejarse más a las escuelas de los profetas. Deben ser colegios preparatorios donde los alumnos sean puestos bajo la disciplina de Cristo para aprender del Gran Maestro. Deben ser colegios familiares donde cada estudiante reciba ayuda especial de parte de sus docentes como los miembros de la familia debieran recibirla en el hogar. Se han de fomentar la ternura, la simpatía, la unidad y el amor. Debe haber docentes abnegados, consagrados y fieles, que constreñidos por el amor de Dios y llenos de ternura, cuiden de la salud y la felicidad de los alumnos, y procuren hacerlos progresar en toda rama importante del saber. ECR 394.1

Deben elegirse docentes entendidos para nuestros colegios y escuelas que se sientan responsables ante Dios por grabar en las inteligencias la necesidad de conocer a Cristo como Salvador personal. Desde el grado más alto al más bajo, deben demostrar especial cuidado por la salvación de los alumnos y mediante su esfuerzo personal procurarán guiar sus pies por senderos rectos. Deben mirar con compasión a aquellos que han sido mal enseñados en la infancia y tratar de remediar defectos que, si se conservan, perjudicarán grandemente el carácter. No puede hacer esta obra quien no haya aprendido primero en la escuela de Cristo la debida manera de enseñar. ECR 394.2

Todos los que enseñan en nuestros colegios deben tener una unión íntima con Dios y una perfecta comprensión de su Palabra, a fin de que puedan volcar la sabiduría y el conocimiento divinos en la obra de educar a los jóvenes para su utilidad en esta vida y para la vida futura e inmortal. Deben ser hombres y mujeres que no sólo conozcan la verdad sino que también sean hacedores de la Palabra de Dios. El “Escrito está” debiera manifestarse en sus vidas. Mediante su propio proceder deben enseñar sencillez y hábitos correctos en todas las cosas. Nadie debe unirse a nuestros colegios como educador si no ha tenido experiencia en obedecer a la Palabra del Señor. ECR 394.3

Los directores y profesores tienen necesidad de ser bautizados con el Espíritu Santo. La ferviente oración de las almas contritas será acogida ante el trono de Dios y él la contestará a su debido tiempo si por la fe nos aferramos de su brazo. Piérdase el yo en Cristo y Cristo en Dios, y habrá una manifestación de su poder que enternecerá y subyugará los corazones. Cristo enseñó de una manera completamente diferente de los métodos ordinarios; y nosotros debemos cooperar con él. ECR 395.1

La enseñanza significa mucho más de lo que muchos suponen. Se requiere gran habilidad para hacer comprender la verdad. Por esta razón cada docente debe procurar que aumente su conocimiento de la verdad espiritual; pero no puede obtener este conocimiento si se aparta de la Palabra de Dios. Si quiere que mejoren diariamente sus facultades y aptitudes, debe estudiar; debe comer y asimilar la Palabra y trabajar como trabajó Cristo. Cada facultad del alma que se nutre con el pan de vida será vigorizada por el Espíritu de Dios. Esta es la comida que a vida eterna permanece. ECR 395.2

Los maestros y profesores que aprendan del Gran Maestro percibirán la ayuda de Dios como la percibieron Daniel y sus compañeros. Les es necesario ascender hacia el cielo en lugar de permanecer en el llano. La experiencia cristiana debe combinarse con la educación verdadera. “Vosotros también, como piedras vivas, sed edificados una casa espiritual, y un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por Jesucristo”. 1 Pedro 2:5. Los docentes y los alumnos deben estudiar esta ilustración y ver si pertenecen a la clase que, en virtud de la abundante gracia ofrecida, alcanza la experiencia que ha de tener todo hijo de Dios antes de que pueda pasar al grado superior. En toda su enseñanza deben impartir luz del trono de Dios, porque la educación es una obra cuyos efectos se verán durante los siglos sin fin de la eternidad. ECR 395.3

Deben inducir a los alumnos a pensar y a comprender claramente la verdad por sí mismos. No basta que el profesor explique o que el alumno crea; se ha de provocar la investigación e incitar al alumno a enunciar la verdad en su propio lenguaje para demostrar que ve su fuerza y se la aplica. Con esmerado esfuerzo deben grabarse así en la mente las verdades vitales. Podrá ser éste un procedimiento lento; pero vale más que recorrer con demasiada prisa asuntos importantes sin darles la consideración debida. Dios espera de sus instituciones que sobrepujen a las del mundo por cuanto lo representan. Los hombres verdaderamente unidos con Dios mostrarán al mundo que él es quien maneja el timón. ECR 396.1

Nuestros maestros necesitan aprender de continuo. Los reformadores deben reformarse a sí mismos no sólo en sus métodos de trabajo, sino también en su corazón. Necesitan ser transformados por la gracia de Dios. Cuando Nicodemo, un gran maestro de Israel, fué a Jesús, el Maestro le expuso las condiciones de la vida divina, enseñándole el alfabeto mismo de la conversión. Nicodemo preguntó: “¿Cómo puede ser esto?” “¿Tú eres un maestro de Israel—respondió Jesús—y no entiendes esto?” Juan 3:9, 10 (VM). Esta pregunta podría dirigirse a muchos de los que ahora ocupan el puesto de profesores, mas han descuidado la preparación esencial que los habilita para dicha tarea. Si las palabras de Cristo fueran recibidas en el alma, habría una percepción mucho más elevada y un conocimiento espiritual mucho más profundo de lo que constituye un discípulo, un sincero seguidor de Cristo y un educador a quien él pueda aprobar. ECR 396.2