Consejos para los Maestros

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En oración

Me apena ver cuán poco se aprecia el don del habla. Al leer la Biblia, al hacer la oración, al dar testimonio en la reunión, ¡cuán necesaria es la pronunciación clara y distinta! ¡Cuánto se pierde en el culto familiar cuando el que ofrece la oración se postra con el rostro hacia el suelo y habla en voz baja y débil! Pero tan pronto como terminó el culto de familia, los mismos que antes no podían hablar lo bastante alto como para ser oídos en oración, pueden hablar generalmente en tonos claros y distintos, y no hay dificultad en oír lo que dicen. La oración de balbuceos es apropiada para la cámara particular, pero no edifica en el culto familiar o público; porque a menos que puedan oír lo que se dice, los congregados no pueden decir amén. Casi todos pueden hablar bastante fuerte para ser oídos en la conversación común. ¿Por qué no habrían de hablar así cuando se les pide que den testimonio o que oren? CM 228.3

Cuando hablamos de las cosas divinas, ¿por qué no hablar en tonos claros, y de una manera que ponga de manifiesto que sabemos de qué hablamos, que no nos avergonzamos de desplegar nuestra bandera? ¿Por qué no oramos como quienes tienen una conciencia libre de ofensa, y pueden allegarse al trono de gracia con humildad, aunque con santa osadía, alzando manos santas sin ira ni duda? No nos postremos hasta cubrir nuestros rostros como si hubiese algo que deseamos ocultar; antes alcemos nuestros ojos hasta el santuario celestial, donde Cristo nuestro mediador está delante del Padre, para ofrecer, como fragante incienso, nuestras oraciones mezcladas con sus propios méritos y su justicia inmaculada. CM 228.4

Somos invitados a venir, a pedir, a buscar, a llamar; y se nos asegura que no acudiremos en vano. Jesús dice: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá”. Mateo 7:7, 8. CM 229.1

Al recordarnos cuán voluntario es un padre para conceder lo pedido por su hijo, Cristo ilustra cuán dispuesto está Dios a bendecirnos. Dice: “¿Qué padre de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿o si pescado, en lugar de pescado, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?”. Lucas 11:11-13. CM 229.2

Nos allegamos a Dios en el nombre de Jesús por invitación especial, y él nos da la bienvenida a su cámara de audiencia. El imparte al alma humilde y contrita aquella fe en Cristo por la cual ella es justificada. Jesús disipa sus transgresiones como una nube densa, y el corazón consolado exclama: “Cantaré a ti, oh Jehová; pues aunque te enojaste contra mí, tu indignación se apartó, y me has consolado”. Isaías 12:1. El tal comprenderá por experiencia propia las palabras de Pablo: “Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación”. Romanos 10:10. CM 229.3

El hombre llega a ser entonces un agente que Dios puede emplear para realizar sus propósitos. Representa a Cristo, y ofrece al mundo su misericordia y amor. Tiene un testimonio que desea hacer oír a otros. En el lenguaje del salmista dice: “Bendice, alma mía, a Jehová, y bendiga todo mi ser su santo nombre. Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios. El es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias; el que rescata del hoyo tu vida, el que te corona de favores y misericordias”. Salmos 103:1-4. CM 230.1