Elena De White: Mujer De Visión

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EL TEMPLO VIVIENTE

El 18 de febrero de 1902, el Sanatorio de Battle Creek se quemó hasta los cimientos, y la denominación enfrentó la cuestión de la reedificación. El Dr. Kellogg vino al Comité de la Asociación General y preguntó qué podría hacer la Asociación General para ayudar. Pensando en el esfuerzo que se estaba haciendo para vender Palabras de vida del gran Maestro a fin de ayudar a liquidar las deudas de las instituciones educacionales de la iglesia, el pastor Daniells sugirió que el Dr. Kellogg escribiese un libro sencillo sobre fisiología y cuidado de la salud que los adventistas del séptimo día podrían vender en todos los Estados Unidos. Tal vez podían vender medio millón de ejemplares, y todas las ganancias procedentes de la venta de este libro podrían usarse para ayudar a reedificar el sanatorio. MV 458.1

Esto atrajo al Dr. Kellogg. Pero Daniells se apresuró a decir: MV 458.2

“Ahora fíjese, doctor, que el libro no debe contener un solo argumento de esta nueva teoría que usted está enseñando, porque hay cantidad de gente [por todas partes de] los Estados [Unidos] que no la aceptan. Conozco lo que ellos dicen, y si el libro tiene algo de lo que ellos consideran que es panteísmo, jamás lo tocarán” (DF 15a, AGD, “Cómo la Denominación fue Salvada del Panteísmo”, copia A, p. 3). MV 458.3

Y el doctor replicó: “Oh sí, oh sí, entiendo eso”. Y Daniells reiteró el punto: “Usted debe dejar todo eso afuera” (Ibíd.). El Dr. Kellogg estuvo de acuerdo completamente. (Según Kellogg cuenta la historia, fue él quien propuso el libro para venta popular. Tal vez la idea se originó en la mente de ambos líderes.) En el verano de 1902 Daniells llevó el asunto a los presidentes de uniones, y ellos prometieron apoyar la extensa venta de un libro que ayudaría a levantar fondos para el sanatorio. MV 458.4

Cuando el pastor Daniells se radicó en Battle Creek como el dirigente de la iglesia después de la Asociación General de 1901, encontró muy difundidas las enseñanzas del panteísmo. Por años él había estado más o menos aislado en Australia. Estaba asombrado de oír que se hablaba de Dios en las flores, en los árboles, en la humanidad. Constantemente se oía la expresión: Cae la bellota a la tierra y nace un árbol. Se argumentaba que uno debe decir que hay un fabricante de árboles en el árbol. Se declaraba que el Creador, cualquiera que fuera su aspecto, estaba en las cosas que fueron hechas, y algunos decían audazmente que no hay un gran Ser sentado en el trono en el cielo, sino que Dios está en toda la naturaleza. MV 458.5

Daniells no podía aceptar esto, porque, como él declaró: “Sabía que la Biblia dice que hay un gran Ser Supremo que ha creado todas las cosas. De modo que nunca me sentí en armonía con esta idea” (Id., p. 2). MV 458.6

El Dr. Kellogg era un trabajador incansable. Dictó un manuscrito tan rápidamente como pudo y lo envió a la oficina de la Review and Herald para que se compusiese el tipo. El libro, que iba a llamarse The Living Temple (El templo viviente), llegó en forma de pruebas de galeras a W. W. Prescott, secretario de campo de la Asociación General, quien estaba actuando como dirigente interino en la ausencia del pastor Daniells. También fue enviado al Dr. Kellogg, quien estaba en Europa. MV 458.7

El pastor Prescott llamó la atención del pastor Spicer a algunos de los capítulos. Spicer a su vez mencionó a uno de los asociados médicos del Dr. Kellogg que él sentía que se estaban exponiendo ideas erróneas en ciertas porciones del libro. MV 459.1

El médico amigo examinó el asunto y le escribió al pastor Spicer diciendo que tenía la convicción de que el asunto en cuestión estaba enteramente bien y en armonía con el mensaje adventista, aunque algunas verdades podrían expresarse en forma diferente desde un punto de vista científico. Sentía que la iglesia debía estar lista para aceptar la luz que avanzaba. A esto el pastor Spicer replicó en una carta escrita el 5 de junio de 1902: MV 459.2

Un libro que se va a usar como se ha propuesto que se use, a fin de pagar deudas en nuestros sanatorios, debe estar enteramente por encima de preguntas y controversias. No es un asunto sobre si nuestro pueblo debe aceptar luz avanzada o no, sino simplemente una cuestión de unir a todos para emprender lo que en el mejor de los casos será un problema muy difícil (DF 15c, W. A. Spicer, “How the Spirit of Prophecy Met a Crisis” [Cómo el espíritu de profecía enfrentó una crisis], copia A, p. 18). MV 459.3

Poco después del regreso de Kellogg a Battle Creek, Spicer fue invitado por el doctor a ir a su casa para conversar sobre el libro. Los hombres pasaron juntos todo un sábado de tarde. Desde el principio estuvieron en una controversia más bien amarga, mientras el doctor explicaba que las enseñanzas del libro presentaban sus puntos de vista en una manera muy modesta, y que su intención era enseñar que Dios estaba en las cosas de la naturaleza. MV 459.4

Más tarde Spicer escribió en cuanto al intercambio de ideas: MV 459.5

“¿Dónde está Dios?’, se me preguntó. Yo diría naturalmente: “Él está en el cielo; la Biblia representa allí el trono de Dios, con todos los seres celestiales a sus órdenes como mensajeros entre el cielo y la tierra”. Pero se me dijo que Dios estaba en el pasto y las plantas y en los árboles... MV 459.6

“¿Dónde está el cielo?’, se me preguntó. Tenía mi idea del centro del universo, con el cielo y el trono de Dios en el centro, pero renuncié a todo intento de fijar el centro del universo astronómicamente. Pero se me instó a entender que el cielo está donde Dios está, y Dios está en todas partes, en el pasto, en los árboles, en toda la creación. En este esquema de cosas no había lugar para ángeles que iban entre el cielo y la tierra, porque el cielo estaba aquí y en todas partes. La purificación del santuario sobre la que nosotros enseñamos no era algo que ocurría en un cielo distante. “El pecado está aquí... [dijo el Dr. Kellogg, apuntando a su corazón], y aquí está el santuario que debe ser purificado” (Id., pp. 19-20). MV 459.7

Cuando dejó al doctor en ese sábado de tarde, Spicer informó: MV 460.1

Sabía muy bien que no había nada del mensaje adventista que podía armonizar con esa filosofía. Mientras escuchaba, parecía que se extinguía una luz tras otra del mensaje evangélico. La enseñanza religiosa que para mí era fundamental fue descartada (Id., p. 21). MV 460.2