Testimonios para la Iglesia, Tomo 1

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El privilegio y el deber de la iglesia

Lo que sigue se refiere a la iglesia de Battle Creek, pero también describe la condición y los privilegios de los hermanos y hermanas de otros lugares. 1TPI 165.3

Vi que una espesa nube los cubría, pero que unos pocos rayos de luz procedentes de Jesús penetraban a través de la nube. Miré para distinguir a los que recibían esta luz, y vi a diversas personas orando fervientemente para obtener la victoria. Era su preocupación servir a Dios. Su fe perseverante les produjo recompensa. La luz del cielo fue derramada sobre ellos, pero la nube de tinieblas que se cernía sobre la iglesia en general era espesa. Eran necios e inactivos. Fue grande mi agonía de espíritu. Pregunté al ángel si esas tinieblas eran necesarias. El dijo: “¡Observa!” Vi que la iglesia comenzaba a despertarse y a buscar fervorosamente a Dios, tras lo cual rayos de luz comenzaron a penetrar las tinieblas, hasta que la nube desapareció. La pura luz del cielo brilló sobre ellos, y con santa confianza su atención fue atraída hacia lo alto. El ángel dijo: “Este es su privilegio y su deber”. 1TPI 165.4

Satanás ha descendido con gran poder, sabiendo que tiene poco tiempo. Sus ángeles se encuentran ocupados, y gran parte del pueblo de Dios se deja adormecer por él. La nube retornó y se estableció encima de la iglesia. Vi que únicamente mediante esfuerzos sinceros y oración perseverante podría destruirse ese hechizo. 1TPI 166.1

Las verdades alarmantes de la Palabra de Dios habían conmovido levemente al pueblo de Dios. Hacían esporádicamente débiles esfuerzos para vencer, pero pronto se cansaban y volvían al mismo estado de tibieza. Vi que carecían de perseverancia y de firme determinación. Que los buscadores de la salvación de Dios posean la misma energía y fervor que manifestarían si buscaran un tesoro terrenal, porque así cumplirían su objetivo. Vi que la iglesia, de igual modo, podría beber de una copa llena, en vez de mantener una vacía en la mano o en los labios. 1TPI 166.2

No es el plan de Dios que algunos vivan aliviados y otros recargados. Algunos sienten el peso y la responsabilidad de la causa, y comprenden que necesitan actuar para recoger con Cristo y no esparcir. Otros están libres de toda responsabilidad y actúan como si no ejercieran ninguna influencia. Estos desparraman. Dios no hace acepción de personas. Todos los que han sido hechos participantes de su salvación aquí, y que esperan compartir las glorias del reino eterno, deben juntar con Cristo. Cada uno debe sentir que es responsable de su propio caso, y de la influencia que ejerce sobre otros. Si éstos mantienen su comportamiento cristiano, Jesús actuará en ellos como esperanza de gloria, y ellos se complacerán en expresar alabanza a su nombre a fin de ser reconfortados. Considerarán como suya propia la causa de su Maestro. Se preocuparán de hacerla progresar y de honrarla viviendo piadosamente. El ángel dijo: “Dios requerirá con usura todo talento”. Todo cristiano debe avanzar renovando sus fuerzas, y emplear todas sus capacidades en el servicio de la causa de Dios. 1TPI 166.3

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