Testimonios para la Iglesia, Tomo 2

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La oración por los enfermos

En el caso de la Hna. F, se necesitaba hacer una gran obra. Los que se unieron para orar por ella necesitaban que se hiciera una obra en favor de ellos. Si Dios hubiese contestado sus oraciones, les habría causado la ruina. En tales casos de aflicción, cuando Satanás domina la mente, antes de dedicarse a la oración debe haber el más detenido examen propio para descubrir si no hay pecados de los cuales sea necesario arrepentirse, para confesarlos y abandonarlos. Es necesaria una profunda humildad de alma delante de Dios, y una confianza firme y humilde en los méritos de la sangre de Cristo únicamente. 2TI 132.1

Nada lograrán el ayuno y la oración mientras el corazón esté enajenado de Dios por una conducta errónea. “¿No es antes el ayuno que yo escogí, desatar las ligaduras de impiedad, deshacer los haces de opresión, y dejar ir libres a los quebrantados, y que rompáis todo yugo? ¿No es que partas tu pan con el hambriento, y a los pobres errantes metas en casa; que cuando vieres al desnudo, lo cubras, y no te escondas de tu carne?” Isaías 58:6-7. “Entonces invocarás, y oírte ha Jehová; clamarás, y dirá él: Heme aquí. Si quitares de en medio de ti el yugo, el extender el dedo, y hablar vanidad; y si derramares tu alma al hambriento, y saciares el alma afligida, en las tinieblas nacerá tu luz, y tu oscuridad será como el medio día; y Jehová te pastoreará siempre, y en las sequías hartará tu alma, y engordará tus huesos; y serás como huerto de riego, y como manadero de aguas, cuyas aguas nunca faltan”. vers. 9-11. 2TI 132.2

El Señor requiere que se realice un cambio de corazón, que haya buenas obras que broten de un corazón lleno de amor. Todos deben considerar con cuidado y oración los pasajes arriba citados, e investigar sus motivos y acciones. La promesa que Dios nos hace se basa en una condición de obediencia, de obediencia a todos sus requerimientos. “Clama a voz en cuello -dice el profeta Isaías- no te detengas; alza tu voz como trompeta, y anuncia a mi pueblo su rebelión, y a la casa de Jacob su pecado. Que me buscan cada día, y quieren saber mis caminos, como gente que hubiese obrado justicia, y que no hubiese dejado el derecho de su Dios: pregúntanme derechos de justicia, y quieren acercarse a Dios. ¿Por qué, dicen, ayunamos, y no hiciste caso; humillamos nuestras almas, y no te diste por entendido?” vers. 1-3. 2TI 133.1

Aquí se habla a un pueblo que hace una alta profesión de fe, que tiene costumbre de orar, y que se deleita en los ejercicios religiosos, pero al cual, sin embargo, le falta algo. Se da cuenta de que sus oraciones no reciben contestación; sus esfuerzos celosos y fervientes no son observados en el cielo, y pregunta con anhelo por qué el Señor no le responde. No es que haya negligencia de parte de Dios. La dificultad estriba en el pueblo mismo. Mientras profesa tener piedad, no lleva frutos para gloria de Dios; sus obras no son lo que debieran ser. Descuida sus deberes positivos. A menos que los cumpla, Dios no puede contestar sus oraciones para su gloria. En el caso en que se elevaron oraciones en favor de la Hna. F, hubo una confusión de sentimientos. Algunos eran fanáticos y obraban por impulso. Poseían celo, pero no de acuerdo con el conocimiento. Algunos esperaban que en este caso se realizara algo grande, y empezaron a triunfar antes que se obtuviese la victoria. Se manifestaba mucho el espíritu demostrado por Jehú cuando dijo: “Ven conmigo, y verás mi celo por Jehová”. 2 Reyes 10:16. En lugar de manifestar esta seguridad y confianza propia, el caso debería haberse presentado a Dios con espíritu de humildad y desconfianza de sí mismo, y con el corazón genuinamente quebrantado y contrito. 2TI 133.2

Me fue mostrado que en caso de enfermedad, cuando está expedito el camino para ofrecer oración por el enfermo, el caso debe ser confiado al Señor con fe serena, y no con tempestuosa excitación. Sólo él conoce la vida pasada de la persona, y sabe cuál será su futuro. El que conoce todos los corazones, sabe si la persona, en caso de sanarse, glorificaría su nombre o lo deshonraría por su apostasía. Todo lo que se nos pide que hagamos es que roguemos a Dios que sane al enfermo si esto está de acuerdo con su voluntad, creyendo que él oye las razones que presentamos y las oraciones fervientes que elevamos. Si el Señor ve que ello habrá de honrarlo, contestará nuestras oraciones. Pero no es correcto insistir en el restablecimiento sin someternos a su voluntad. 2TI 134.1

Dios puede cumplir en cualquier momento lo que promete, y la obra que él ordena a su pueblo que haga puede realizarla por su medio. Si ellos quieren vivir de acuerdo a toda palabra que él pronunció, se cumplirán para ellos todas las buenas palabras y promesas. Pero, si no prestan una obediencia perfecta, las grandes y preciosas promesas quedarán sin efecto. 2TI 134.2

Todo lo que puede hacerse al orar por los enfermos es importunar fervientemente a Dios en su favor, y entregar en sus manos el asunto con perfecta confianza. Si miramos a la iniquidad y la conservamos en nuestro corazón, el Señor no nos oirá. El puede hacer lo que quiere con los suyos. El se glorificará por medio de aquellos que le sigan tan completamente que se sepa que es su Señor, que sus obras se realizan en Dios. Cristo dice: “Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará”. Juan 12:26. Cuando acudimos a él, debemos orar porque nos permita comprender y realizar su propósito, y que nuestros deseos e intereses se pierdan en los suyos. Debemos reconocer que aceptamos su voluntad, y no orar para que él nos conceda lo que pedimos. Es mejor para nosotros que Dios no conteste siempre nuestras oraciones en el tiempo y la manera que nosotros deseamos. El hará para nosotros algo superior al cumplimiento de todos nuestros deseos; porque nuestra sabiduría es insensatez. 2TI 134.3

Nos hemos unido en ferviente oración en derredor del lecho de hombres, mujeres y niños enfermos, y hemos sentido que nos fueron devueltos de entre los muertos en respuesta a nuestras fervorosas oraciones. En esas oraciones nos parecía que debíamos ser positivos, y que, si ejercíamos fe, no podíamos pedir otra cosa que la vida. No nos atrevíamos a decir: “Si esto ha de glorificar a Dios”, temiendo que sería admitir una sombra de duda. Hemos observado ansiosamente a los que nos fueron devueltos, por así decirlo, de entre los muertos. Hemos visto a algunos de éstos, especialmente jóvenes, que recobraron la salud: se olvidaron luego de Dios, se entregaron a una vida disoluta, ocasionaron así pesar y angustia a sus padres y a sus amigos, y avergonzaron a aquellos que temían orar. No vivieron para honrar y glorificar a Dios, sino para maldecirlo con sus vidas viciosas. 2TI 135.1

Ya no trazamos un camino, ni procuramos hacer que el Señor cumpla nuestros deseos. Si la vida de los enfermos puede glorificarlo, oramos que vivan, pero no que se haga como nosotros queremos, sino como él quiere. Nuestra fe puede ser muy firme e implícita si rendimos nuestro deseo al Dios omnisapiente, y, sin ansiedad febril, con perfecta confianza, se lo consagramos todo a él. Tenemos la promesa. Sabemos que él nos oye si pedimos de acuerdo con su voluntad. Nuestras peticiones no deben cobrar forma de órdenes, sino de una intercesión para que él haga las cosas que deseamos que haga. Cuando la iglesia esté unida, tendrá fuerza y poder; pero cuando parte de sus miembros están unidos al mundo, y muchos están entregados a la avaricia, que Dios aborrece, poco puede hacer el Señor por ella. La incredulidad y el pecado nos apartan de Dios. Somos tan débiles que no podemos soportar mucha prosperidad espiritual; corremos el riesgo de atribuirnos la gloria y de considerar que nuestra bondad y justicia son los motivos de la señalada bendición de Dios, cuando todo se debe a la gran misericordia y al amor de nuestro compasivo Padre celestial, y no a cosa buena alguna que haya en nosotros. 2TI 135.2

Deberíamos ejercer siempre una influencia santificadora entre los que nos rodean. Esta influencia salvadora y ennoblecedora ha sido muy débil en _____. Muchos se han mezclado con el mundo y han participado de su espíritu e influencia, y esa amistad los ha separado de Dios. Jesús les lleva una ventaja de un día de viaje. Ya no pueden oír su voz de consejo y amonestación, y siguen su propia sabiduría y su propio juicio. Siguen un camino que les parece derecho pero que después van a descubrir que es insensatez. Dios no va a permitir que su obra se mezcle con procedimientos humanos. Los hombres del mundo, astutos y calculadores, no deben desempeñar cargos directivos en esta obra tan solemne y sagrada. O se convierten, o se dedican a una vocación apropiada a sus inclinaciones mundanas, que no impliquen consecuencias eternas. Dios jamás hará sociedad con los mundanos. A cada cual Cristo invita a elegir: “¿Me quieres a mí, o al mundo? ¿Estás dispuesto a sufrir reprensión y vergüenza, a ser peculiar y celoso de buenas obras, aunque el mundo te aborrezca, para llevar mi nombre, o vas a buscar la estima, el honor, el aplauso y las ventajas que el mundo está dispuesto a dar, y no tener parte conmigo?” “No podéis servir a Dios y a las riquezas”. Mateo 6:24. 2TI 135.3

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