Palabras de Vida del Gran Maestro

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Capítulo 21—Cómo se decide nuestro destino

Este capítulo está basado en Lucas 16:19-31.

En la parábola del hombre rico y Lázaro, Cristo muestra que los hombres deciden su destino eterno en esta vida. La gracia de Dios se ofrece a cada alma durante este tiempo de prueba. Pero si los hombres malgastan sus oportunidades en la complacencia propia, pierden la vida eterna. No se les concederá ningún tiempo de gracia complementario. Por su propia elección han constituido una gran sima entre ellos y su Dios. PVGM 204.1

Esta parábola presenta un contraste entre el rico que no ha hecho de Dios su sostén y el pobre que lo ha hecho. Cristo muestra que viene el tiempo en que será invertida la posición de las dos clases. Los que son pobres en los bienes de esta tierra, pero que confían en Dios y son pacientes en su sufrimiento, algún día serán exaltados por encima de los que ahora ocupan los puestos más elevados que puede dar el mundo, pero que no han rendido su vida a Dios. PVGM 204.2

“Había un hombre rico—dijo Cristo—, que se vestía de púrpura y de lino fino, y hacía cada día banquete con esplendidez. Había también un mendigo llamado Lázaro, el cual estaba echado a la puerta de él, lleno de llagas, y deseando hartarse de las migajas que caían de la mesa del rico”. PVGM 204.3

El rico no pertenecía a la clase representada por el juez inicuo, que abiertamente declaraba que no hacía caso de Dios ni de los hombres. El rico pretendía ser hijo de Abrahán. No trataba con violencia al mendigo, ni lo echaba porque le era desagradable su aspecto. Si el pobre y repugnante individuo podía consolarse contemplándolo cuando entraba por su puerta, el rico estaba de acuerdo con que permaneciera allí. Pero revelaba una egoísta indiferencia a las necesidades de su hermano doliente. PVGM 204.4

Entonces no había hospitales en los cuales se cuidara a los enfermos. Se llamaba la atención de aquellos a quienes el Señor había confiado riquezas, hacia los doloridos y necesitados, para que éstos recibieran socorro y simpatía. Tal era el caso del mendigo y el rico. Lázaro necesitaba grandemente socorro; porque no tenía amigos, hogar, dinero ni alimento. Sin embargo, mientras el rico noble podía suplir todas sus necesidades, lo dejaba en esa condición día tras día. El que podía aliviar grandemente los sufrimientos de su prójimo, vivía para sí, como muchos lo hacen hoy día. PVGM 205.1

En la actualidad hay muchos, muy cerca de nosotros, que están hambrientos, desnudos y sin hogar. El descuido manifestado por nosotros al no dar de nuestros medios a esos necesitados y dolientes, nos carga con una culpabilidad que algún día temeremos afrontar. Toda avaricia es condenada como idolatría. Toda complacencia egoísta es una ofensa a la vista de Dios. PVGM 205.2

Dios había hecho del rico un mayordomo de sus medios, y su deber era atender casos tales como el del mendigo. Se había dado el mandamiento: “Amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todo tu poder”, y “amarás a tu prójimo como a ti mismo”.1 El rico era judío, y conocía este mandato de Dios. Pero se olvidó de que era responsable por el uso de esos medios y capacidades que se le habían confiado. Las bendiciones del Señor descansaban abundantemente sobre él, pero las empleaba egoístamente, para honrarse a sí mismo y no a su Hacedor. Su obligación de usar esos dones para la elevación de la humanidad, era proporcional a esa abundancia. Tal era la orden divina, pero el rico no pensó en su obligación para con Dios. Prestaba dinero, y cobraba interés por lo que había prestado; pero no pagaba interés por lo que Dios le había prestado. Tenía conocimiento y talentos, pero no los utilizaba. Olvidado de su responsabilidad ante Dios, dedicaba al placer todas sus facultades. Todo lo que lo rodeaba, su círculo de diversiones, la alabanza y la lisonja de sus amigos, ministraba a su gozo egoísta. Tan absorto estaba en la sociedad de sus amigos que perdió todo sentido de su responsabilidad de cooperar con Dios en su ministración de misericordia. Tuvo oportunidad de entender la Palabra de Dios y practicar sus enseñanzas; pero la sociedad amadora del placer que él escogió ocupaba de tal manera su tiempo que se olvidó del Dios de la eternidad. PVGM 205.3

Vino el tiempo en que se realizó un cambio en la condición de los dos hombres. El pobre había sufrido todos los días, pero había sido paciente y soportado en silencio. Con el transcurso del tiempo murió y fue enterrado. No hubo lamentaciones por él; pero mediante su paciencia en los sufrimientos había testificado por Cristo, había soportado la prueba de su fe, y a su muerte se lo representa llevado por los ángeles al seno de Abrahán. PVGM 206.1

Lázaro representa a los pobres dolientes que creen en Cristo. Cuando suene la trompeta, y todos los que están en la tumba oigan la voz de Cristo y salgan, recibirán su recompensa; pues su fe en Dios no fue una mera teoría, sino una realidad. PVGM 206.2

“Murió también el rico, y fue sepultado. Y en el infierno alzó sus ojos, estando en los tormentos, y vio a Abrahán de lejos, y a Lázaro en su seno. Entonces él, dando voces, dijo: Padre Abrahán, ten misericordia de mí, y envía a Lázaro que moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua; porque soy atormentado en esta llama”. PVGM 206.3

En la parábola Cristo estaba haciendo frente al público en su propio terreno. La doctrina de un estado de existencia consciente entre la muerte y la resurrección era sostenida por muchos de aquellos que estaban escuchando las palabras de Cristo. El Salvador conocía esas ideas, e ideó su parábola de manera tal que inculcara importantes verdades por medio de esas opiniones preconcebidas. Colocó ante sus oyentes un espejo en el cual se habían de ver a sí mismos en su verdadera relación con Dios. Empleó la opinión prevaleciente para presentar la idea que deseaba destacar en forma especial, es a saber, que ningún hombre es estimado por sus posesiones; pues todo lo que tiene le pertenece en calidad de un préstamo que el Señor le ha hecho. Y un uso incorrecto de estos dones lo colocará por debajo del hombre más pobre y más afligido que ama a Dios y confía en él. PVGM 206.4

Cristo desea que sus oyentes comprendan que es imposible que el hombre obtenga la salvación del alma después de la muerte. “Hijo—se le hace responder a Abrahán—, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males, mas ahora éste es consolado aquí, y tú atormentado. Y además de esto, una grande sima está constituida entre nosotros y vosotros, que los que quisieren pasar de aquí a vosotros no pueden, ni de allá pasar acá”. Así Cristo presentó lo irremediable y desesperado que es buscar un segundo tiempo de gracia. Esta vida es el único tiempo que se le ha concedido al hombre para que en él se prepare para la eternidad. PVGM 207.1

El hombre rico no había abandonado la idea de que él era un hijo de Abrahán, y en su aflicción se lo representa llamándolo para pedirle ayuda. “Padre Abrahán—clamó—, ten misericordia de mí”. No oró a Dios, sino a Abrahán. Así demostró que colocaba a Abrahán por encima de Dios, y que confiaba en su relación con Abrahán para obtener la salvación. El ladrón que se hallaba en la cruz dirigió su oración a Cristo. “Acuérdate de mí cuando vinieres en tu reino”,2 dijo. Y al momento vino la respuesta: De cierto te digo hoy—mientras cuelgo de la cruz con humillación y sufrimiento—: tú estarás conmigo en el paraíso. Pero el hombre rico oró a Abrahán, y su petición no fue concedida. Sólo Cristo es exaltado por “Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y remisión de pecados”. “Y en ningún otro hay salud”.3 PVGM 207.2

El hombre rico había pasado su vida en la complacencia propia, y se dio cuenta demasiado tarde de que no había hecho provisión para la eternidad. Comprendió su insensatez, y pensó en sus hermanos, los que seguirían el mismo camino que él, viviendo para agradarse a sí mismos. Entonces hizo esta petición: “Ruégote pues, padre, que le envíes [a Lázaro] a la casa de mi padre; porque tengo cinco hermanos; para que les testifique, porque no vengan ellos también a este lugar de tormento”. Pero Abrahán le dijo: “A Moisés y a los profetas tienen: óiganlos. El entonces dijo: No, padre Abrahán: mas si alguno fuere a ellos de los muertos, se arrepentirán. Mas Abrahán le dijo: Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán, si alguno se levantare de los muertos”. PVGM 208.1

Cuando el hombre rico solicitó evidencia adicional para sus hermanos, se le dijo sencillamente que si se les concediera tal evidencia no se convencerían. Su pedido implica un reproche a Dios. Era como si el rico hubiera dicho: “Si me hubieses amonestado cabalmente, no estaría hoy aquí. Se lo representa a Abrahán respondiendo a este pedido de la siguiente forma: Tus hermanos han sido suficientemente amonestados. Se les ha concedido luz, pero ellos no quisieron ver; se les ha presentado la verdad, pero no la quisieron oír. PVGM 208.2

“Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán, si alguno se levantare de los muertos”. Estas palabras demostraron ser ciertas en la historia de la nación judía. El último y culminante milagro de Cristo fue la resurrección de Lázaro de Betania, después que había estado muerto durante cuatro días. Se les concedió a los judíos esta maravillosa evidencia de la divinidad del Salvador, pero la rechazaron. Lázaro se levantó de los muertos, y presentó ante ellos su testimonio, pero endurecieron su corazón, contra toda evidencia, y hasta trataron de quitarle la vida.4 PVGM 208.3

La ley y los profetas son los agentes señalados por Dios para la salvación de los hombres. Cristo dijo: Presten ellos oído a estas evidencias. Si no escuchan la voz de Dios en su Palabra, el testimonio de un ser levantado de los muertos no sería escuchado. PVGM 209.1

Aquellos que prestan oído a Moisés y a los profetas no necesitarán más luz o conocimiento de los que Dios les ha dado; pero si los hombres rechazan la luz, y dejan de apreciar las oportunidades que les fueron otorgadas, no oirían si uno de los muertos fuera a ellos con un mensaje. No se convencerían ni aun por esta evidencia; porque aquellos que rechazan la ley y los profetas endurecen de tal suerte su corazón que rechazarían toda luz. PVGM 209.2

La conversación sostenida entre Abrahán y el hombre que una vez fuera rico es figurada. La lección que hemos de sacar de ella es que a todo hombre se le ha concedido el conocimiento suficiente para la realización de los deberes que de él se exigen. Las responsabilidades del hombre son proporcionales a sus oportunidades y privilegios. Dios concede a cada uno la luz y la gracia suficientes para que efectúe la obra que le ha dado. Si el hombre deja de hacer lo que una pequeña luz le muestra que es su deber, una mayor cantidad de luz revelará únicamente infidelidad y negligencia en aprovechar las bendiciones concedidas. “El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel; y el que en lo muy poco es injusto, también en lo más es injusto”.5 Aquellos que rehúsan ser iluminados por Moisés y los profetas, y piden que se realice algún maravilloso milagro, no se convencerían tampoco si su deseo se realizara. PVGM 209.3

La parábola del hombre rico y Lázaro muestra cómo son apreciadas en el mundo invisible las dos clases que se representan. No hay ningún pecado en ser rico, si las riquezas no se adquieren injustamente. Un hombre rico no es condenado por tener riquezas; pero la condenación descansa sobre él si los medios que se le han confiado son gastados egoístamente. Mucho mejor sería que colocara su dinero ante el trono de Dios, usándolo para lo bueno. La muerte no puede convertir en pobre a un hombre que de esta manera se dedica a buscar las riquezas eternas. Pero el hombre que amontona para sí su tesoro, no puede llevar nada de él al cielo. Ha demostrado ser un mayordomo infiel. Durante toda su vida tuvo sus buenas cosas, pero se olvidó de su obligación para con Dios. Dejó de obtener el tesoro celestial. PVGM 210.1

El hombre rico que tenía tantos privilegios nos es presentado como uno que debió haber cultivado sus dones, de manera que sus obras transcendiesen hasta el gran más allá, llevando consigo ventajas espirituales aprovechadas. Es el propósito de la redención, no solamente borrar el pecado, sino devolver al hombre los dones espirituales perdidos a causa del poder empequeñecedor del pecado. El dinero no puede ser llevado a la vida futura; no se necesita allí; pero las buenas acciones efectuadas en la salvación de las almas para Cristo son llevadas a los atrios del cielo. Mas aquellos que emplean egoístamente los dones del Señor para sí mismos, dejando sin ayuda a sus semejantes necesitados, y no haciendo nada porque prospere la obra de Dios en el mundo, deshonran a su Hacedor. Frente a sus nombres en los libros del cielo está escrito: “Robó a Dios”. PVGM 210.2

El hombre rico tenía todo lo que el dinero puede procurar, pero no poseía las riquezas que habrían conservado bien su cuenta con Dios. Vivió como si todo lo que poseía fuera suyo. Había descuidado el llamamiento de Dios y los clamores de los pobres que sufrían. Pero al fin viene un llamado que él no puede eludir. Por un poder al cual no le es posible objetar ni resistir, se le ordena que renuncie a las posesiones de las cuales él ya no es mayordomo. El hombre que una vez fuera rico es reducido a una desesperada pobreza. El manto de la justicia de Cristo, tejido en el telar del cielo, nunca podrá cubrirlo. El que una vez usara la púrpura más rica, el lino más fino, es reducido a la desnudez. Su tiempo de gracia ha terminado. Nada trajo al mundo, y nada puede llevar de él. PVGM 210.3

Cristo levantó el velo, y presentó el cuadro ante los sacerdotes y los gobernantes, los escribas y los fariseos. Contempladlo vosotros, los que sois ricos en bienes de este mundo, y no sois ricos en lo que a Dios respecta. ¿No contemplaréis esta escena? Aquello que es altamente estimado entre los hombres es aborrecible a la vista de Dios. Cristo pregunta: “¿Qué aprovechará al hombre, si granjeare todo el mundo, y pierde su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?”6 PVGM 211.1