Obreros Evangélicos

61/234

Elementos esenciales para el servicio

La simpatía

Dios desea unir a sus obreros por una simpatía común, un afecto puro. Es la atmósfera de un amor semejante al de Cristo que rodea el alma del creyente lo que lo hace sabor de vida para vida, y permite a Dios bendecir sus esfuerzos. El cristianismo no levanta murallas de separación entre el hombre y sus semejantes, sino que liga los seres humanos a Dios y unos con otros. OE 147.1

Notemos cuán tierno y misericordioso es el Señor en su trato con sus criaturas. El ama a su hijo errante, y le ruega que vuelva a él. El brazo del Padre está puesto en derredor de su hijo arrepentido; las ropas del Padre cubren sus andrajos; el anillo está puesto en su dedo como señal de realeza. Y sin embargo, ¡cuántos son los que miran al pródigo no sólo con indiferencia, sino con desprecio! Como el fariseo, dicen: “Dios, te doy gracias, que no soy como los otros hombres.”1 Pero, ¿cómo os parece que considera Dios a aquellos que, al par que aseveran ser colaboradores con Cristo, ven al alma que lucha contra el desbordamiento de la tentación, y se mantienen alejados como el hermano mayor de la parábola, tercos, voluntariosos, egoístas? OE 147.2

*****

¡Cuán poco comulgamos en simpatía con Cristo en aquello que debiera ser el más fuerte vinculo de unión entre él y nosotros, a saber, la compasión por las almas depravadas y culpables que sufren y están muertas en sus delitos y pecados! La falta de sentimientos humanitarios hacia los hombres es nuestro mayor pecado. Muchos piensan que representan la justicia de Dios, mientras que dejan completamente de representar su ternura y su gran amor. Muchas veces aquellos a quienes tratan con severidad se hallan sometidos a fuertes tentaciones. Satanás está luchando con estas almas, y las palabras duras y desprovistas de simpatía las desalientan, y las hacen caer víctimas del poder del tentador.... OE 147.3

Necesitamos manifestar más simpatía de la clase que sintió Cristo; no meramente simpatía por aquellos que nos parecen sin falta, sino para con las pobres almas que sufren y luchan, que son a menudo sorprendidas en falta, pecan y se arrepienten, son tentadas y se desalientan. Debemos ir a nuestros semejantes, conmovidos, como nuestro misericordioso sumo Sacerdote, por el sentimiento de sus flaquezas.—The Ministry of Healing, 163, 164. OE 148.1