Obreros Evangélicos

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Métodos deficientes

Hay muchos hombres de buen intelecto, entendidos en cuanto a las Escrituras, cuya utilidad está grandemente estorbada por su deficiente modo de trabajar. Algunos de los que se dedican a la obra de salvar almas, no obtienen los mejores resultados porque no efectúan de una manera cabal la obra que empezaron con mucho entusiasmo. Otros se aferran tenazmente a nociones preconcebidas, dándoles preeminencia, por lo cual no adaptan su enseñanza a las necesidades reales de la gente. Muchos no se dan cuenta de la necesidad de adaptarse a las circunstancias, y encontrar a la gente donde está. No se identifican con aquellos a quienes quieren ayudar a alcanzar la norma bíblica del cristianismo. Algunos carecen de éxito porque confían únicamente en la fuerza de los argumentos, y no claman fervorosamente a Dios para que su sabiduría los dirija y su gracia santifique sus esfuerzos. OE 395.1

Los predicadores deben tener cuidado de no esperar demasiado de los que están andando a tientas en las tinieblas del error. Deben hacer bien su obra, confiando en que Dios impartirá a las mentes indagadoras la influencia misteriosa y vivificadora de su Espíritu Santo, sabiendo que sin esto sus labores no tendrán éxito. Deben ser pacientes y sabios para tratar con las mentes, recordando cuán múltiples son las circunstancias que han desarrollado tales rasgos diferentes en los individuos. Deben vigilarse constantemente para que el yo no obtenga la supremacía, y Jesús sea dejado afuera. OE 395.2

Algunos ministros carecen de éxito porque no dedican un interés indiviso a la obra, cuando mucho depende de la labor perseverante y bien dirigida. No son verdaderos obreros; no prosiguen su obra fuera del púlpito. Rehuyen el deber de ir de casa en casa y trabajar prudentemente en el círculo familiar. Necesitan cultivar aquella rara cortesía cristiana que los haría bondadosos y considerados hacia las almas encargadas a su cuidado, trabajando por ellas con verdadero fervor y fe, enseñándoles el camino de la vida. OE 396.1

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Hay en el ministerio hombres que obtienen un éxito aparente dominando las mentes por la influencia humana. Juegan a voluntad con los sentimientos, haciendo llorar a sus oyentes, y haciéndolos reír a los pocos minutos. Bajo labores de esta clase muchos son movidos por el impulso a profesar a Cristo, y se cree que se produce un maravilloso reavivamiento; pero cuando viene la prueba, la obra no perdura. Los sentimientos están excitados, y muchos son llevados por la marea que parece dirigirse hacia el cielo; pero la fuerte corriente de la tentación no tarda en hacerlos volver atrás como resaca. El obrero se engaña a sí mismo, y lleva a sus oyentes por camino errado. OE 396.2

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Los ministros deben guardarse para no estorbar los propósitos de Dios con planes propios. Muchos corren el peligro de limitar la obra de Dios, y confinar su labor a ciertas localidades, y de no cultivar un interés especial para la causa en todos sus varios departamentos. OE 396.3

Hay algunos que concentran su atención en un tema, a exclusión de otros que pueden tener igual importancia. Son hombres de una sola idea. Toda la fuerza de su ser se concentra en el tema en que la mente se ejercita por el momento. Este tema favorito es el centro de sus pensamientos y conversaciones. Pierden de vista toda otra consideración. Se apropian ávidamente de todas las pruebas referentes a ese tema, y se espacian tanto en ellas que las mentes se cansan al tratar de seguirlos. OE 397.1

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Algunos ministros cometen el error de suponer que el éxito depende de atraer una gran congregación por la ostentación externa, y de dar luego el mensaje de verdad de una manera teatral. Pero esto es emplear fuego común en vez del fuego sagrado encendido por Dios mismo. El Señor no queda glorificado por esta manera de trabajar. No es por avisos alarmantes y costosa ostentación como ha de llevarse a cabo su obra, sino usando métodos semejantes a los de Cristo. “No con ejército ni con fuerza, sino con mi espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos.”1 Es la verdad desnuda la que, como espada aguda de dos filos que corta de ambos lados, ha de despertar a la vida espiritual a los que están muertos en delitos y pecados. Los hombres reconocerán el Evangelio cuando les sea presentado de una manera que armonice con el propósito de Dios. OE 397.2