Obreros Evangélicos

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Los ministros y los asuntos comerciales

Los ministros no pueden realizar un trabajo aceptable para Dios, y al mismo tiempo llevar las cargas de grandes empresas comerciales personales. Semejante división de intereses empaña su percepción espiritual. La mente y el corazón están ocupados con las cosas terrenales, y el servicio de Cristo pasa a un lugar secundario. Tratan de acomodar su trabajo para Dios a sus circunstancias personales, en lugar de acomodar las circunstancias a las demandas de Dios. OE 354.1

El ministro necesita todas sus energías para su alta vocación. Sus mejores facultades pertenecen a Dios. No debe envolverse en especulaciones ni en ningún otro negocio que pueda apartarlo de su gran obra. “Ninguno que milita—declaró Pablo—se embaraza en los negocios de la vida; a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado.”1 Así recalcó el apóstol la necesidad del ministro de consagrarse sin reserva al servicio del Señor. El ministro enteramente consagrado a Dios rehusa ocuparse en negocios que podrían impedirle dedicarse por completo a su sagrada vocación. No lucha por honores o riquezas terrenales; su único propósito es hablar a otros del Salvador, que se dió a sí mismo para proporcionar a los seres humanos las riquezas de la vida eterna. Su más alto deseo no es acumular tesoros en este mundo, sino llamar la atención de los indiferentes y desleales a las realidades eternas. Puede pedírsele que se ocupe en empresas que prometan grandes ganancias mundanales, pero ante tales tentaciones responde: “¿Qué aprovechará al hombre, si granjeare todo el mundo, y pierde su alma?”2 OE 354.2

Satanás presentó este móvil a Cristo, sabiendo que si lo aceptaba, el mundo nunca sería redimido. De diversas maneras presenta la misma tentación a los ministros de Dios hoy día, sabiendo que los que son engañados por ella traicionarán su cometido. OE 355.1

No es la voluntad de Dios que sus ministros procuren ser ricos. Al considerar esto Pablo escribió a Timoteo: “El amor del dinero es la raíz de todos los males: el cual codiciando algunos, se descaminaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores. Mas tú, oh hombre de Dios, huye de estas cosas, y sigue la justicia, la piedad, la fe, la caridad, la paciencia, la mansedumbre.”3 Por ejemplo tanto como por precepto, el embajador de Cristo ha de mandar “a los ricos de este siglo ... que no sean altivos, ni pongan la esperanza en la incertidumbre de las riquezas, sino en el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia de que gocemos: que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, que con facilidad comuniquen; atesorando para sí buen fundamento para lo por venir, que echen mano a la vida eterna.”4Los Hechos de los Apóstoles, 294, 295. OE 355.2

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Los predicadores no pueden llevar la carga de la obra al mismo tiempo que llevan la carga de granjas u otras empresas comerciales, teniendo los corazones puestos en sus tesoros terrenales. Su discernimiento espiritual se empaña. No pueden apreciar las necesidades de la causa de Dios, y por lo tanto, no pueden hacer esfuerzos bien dirigidos para hacer frente a sus emergencias y promover sus intereses. La falta de una perfecta consagración a la obra de parte del predicador no tardará en ser percibida por todo el campo en que trabaje. Si su propia norma es baja, él no inducirá a otros a aceptar una más elevada. OE 355.3

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