La Historia de la Redención

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Capítulo 46—Los primeros reformadores

En medio de las penumbras que cubrieron la tierra durante el largo período de supremacía papal, la luz de la verdad no fue totalmente extinguida. En todas las edades hubo testigos de Dios: hombres que albergaron fe en Cristo como el único mediador entre el Señor y los hombres, que se aferraron a la Biblia como la única norma de vida, y que santificaron el sábado. Cuánto debe el mundo a esos hombres, la posteridad jamás lo sabrá. Se los calificó de herejes, se tergiversaron sus motivos, se falseó su carácter, sus escritos fueron prohibidos, mal interpretados o mutilados. Sin embargo, ellos se mantuvieron firmes, y a través de las edades conservaron su fe y su pureza, como una herencia sagrada para las generaciones venideras. HR 352.1

Tan terrible fue la guerra lanzada contra la Biblia que hubo ocasiones cuando existían muy pocos ejemplares de ella; pero Dios no permitió que su Palabra fuera totalmente destruida. Sus verdades no debían permanecer ocultas para siempre. Con la misma facilidad con que podía abrir las puertas de la prisión y descorrer los cerrojos de hierro para que sus siervos salieran libres, el Señor podía liberar también las palabras de vida. En diferentes países de Europa el Espíritu Santo impulsó a distintos hombres para que investigaran la verdad como si fuera un tesoro escondido. Guiados providencialmente hacia las Sagradas Escrituras, estudiaron sus santas páginas con profundo interés. Estaban dispuestos a aceptar la verdad no importaba cuánto les costara. Aunque no percibían con claridad todas las cosas, pudieron descubrir numerosas verdades sepultadas desde hacía mucho tiempo. Como mensajeros enviados por el cielo salieron para quebrantar las cadenas del error y la superstición, e invitar a los que por largo tiempo habían sido esclavizados con el fin de que se levantaran y aprovecharan su libertad. HR 352.2

Había llegado el momento cuando las Escrituras deberían ser traducidas y dadas a la gente de los diferentes países en sus propios idiomas nativos. La medianoche del mundo había pasado. Las horas de tinieblas estaban terminando, y en muchos países aparecieron las señales de un nuevo amanecer. HR 353.1