La Historia de la Redención

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La osada defensa de Pedro

Hasta ese momento los sacerdotes habían evitado mencionar la crucifixión o la resurrección de Jesús; pero ahora, para cumplir su propósito, se vieron obligados a interrogar al acusado acerca del poder mediante el cual habían llevado a cabo la notable curación del paralítico. Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, dirigiéndose respetuosamente a los sacerdotes y ancianos, declaró lo siguiente: “Sea notorio a todos vosotros, y a todo el pueblo de Israel, que en el nombre de Jesús de Nazaret, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de los muertos, por él este hombre está en vuestra presencia sano. Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo. Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”. HR 261.2

Las palabras de Pedro tenían el sello de Cristo, y su rostro estaba iluminado por el Espíritu Santo. Muy cerca de él, como testigo viviente, se hallaba el hombre que había sido milagrosamente curado. El aspecto de ese hombre, que sólo pocas horas antes era un desamparado paralítico, pero que ahora había sido restaurado a la plena sanidad de su cuerpo, y había sido iluminado con respecto a Jesús de Nazaret, le añadía peso al testimonio de las palabras de Pedro. Los sacerdotes, los gobernantes y el pueblo guardaron silencio. Los gobernantes no tenían poder para refutar esa declaración. Se vieron obligados a escuchar lo que menos querían oír, es a saber, el hecho de la resurrección de Jesucrito y su poder de llevar a cabo milagros desde el cielo por medio de sus apóstoles en la tierra. HR 262.1

La defensa de Pedro, que reconoció valerosamente de dónde procedía el poder que había obtenido, los dejó abrumados. Se había referido a la piedra desechada por los edificadores, una alusión directa a las autoridades de la iglesia que debieran haber percibido el valor de Aquel a quien rechazaron, no obstante lo cual había llegado a ser cabeza del ángulo. Con estas palabras se refirió directamente a Cristo, la piedra fundamental de la iglesia. HR 262.2

La gente estaba asombrada de la valentía de los discípulos. Suponían, puesto que eran ignorantes pescadores, que podían ser aplastados y confundidos al comparecer ante los sacerdotes, escribas y ancianos. Pero tomaron nota de que habían estado con Jesús. Los apóstoles hablaron como él lo hubiera hecho, con un poder convincente que sometió al silencio a sus adversarios. Para ocultar su perplejidad los sacerdotes y gobernantes ordenaron que los apóstoles salieran de la habitación, para discutir juntos el asunto. HR 262.3

Todos estuvieron de acuerdo en que era inútil negar que el hombre había sido sanado mediante el poder que recibieron los apóstoles en el nombre de Jesús, el crucificado. De buena gana hubieran tratado de cubrir el milagro mediante falsedades; pero esta obra fue hecha a plena luz del día y en presencia de una multitud, y ya había llegado al conocimiento de miles. Llegaron a la conclusión de que había que detener esa obra inmediatamente, pues en caso contrario Jesús lograría muchos creyentes, a lo que seguiría su propia desgracia, y serían culpables del asesinato del Hijo de Dios. HR 263.1

A pesar de su disposición a destruir a los discípulos, no se atrevieron a hacer nada más grave que amenazarlos con los más tremendos castigos si seguían enseñando o haciendo obras en el nombre de Jesús. A lo que Pedro y Juan declararon osadamente que su obra les había sido confiada por Dios, y que no podían hacer otra cosa que hablar de lo que habían visto y oído. De buena gana los sacerdotes hubieran castigado a estos nobles hombres por su inquebrantable fidelidad a su sagrada vocación, pero temían al pueblo, “porque todos glorificaban a Dios por lo que se había hecho”. De modo que después de repetir sus amenazas y prohibiciones, dejaron a los apóstoles en libertad. HR 263.2