La Historia de la Redención

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Capítulo 30—La resurrección de Cristo

Los disípulos reposaron el sábado, apenados por la muerte de su Señor, en tanto Jesús, el Rey de gloria, permanecía en la tumba. Mientras la noche transcurría, había soldados que montaban guardia junto al lugar de descanso del Salvador, y al mismo tiempo los ángeles, invisibles, se reunían en ese sagrado lugar. La noche seguía lentamente su curso, y mientras aún estaba oscuro, los ángeles guardianes se dieron cuenta de que casi había llegado el momento de la liberación del amado Hijo de Dios, su querido Comandante. Mientras aguardaban con profunda emoción la hora de su triunfo, un poderoso ángel vino volando velozmente desde el cielo. Su rostro era como el relámpago y sus vestiduras blancas como la nieve. Su luz disipó las tinieblas a su paso, e hizo que los ángeles malos, que con voz de triunfo habían reclamado el cuerpo de Jesús, huyeran aterrorizados ante el resplandor de su gloria. Uno de los ángeles que habían sido testigos de las escenas de la humillación de Cristo, y que habían montado guardia junto a su lugar de descanso, se unió al ángel del cielo y juntos descendieron al sepulcro. La tierra tembló cuando ellos se acercaron, y se produjo un gran terremoto. HR 238.1

El terror, se apoderó de la guardia romana. ¿Dónde estaba su poder para conservar el cuerpo de Jesús? No pensaron ni en su deber ni en la posibilidad de que los discípulos se lo llevaran. Cuando la luz de los ángeles resplandeció alrededor de ellos, con un brillo mayor que el del sol, la guardia romana cayó al suelo como muerta. Uno de los ángeles retiró la gran piedra que cubría la puerta del sepulcro y se sentó sobre ella. El otro entró en la tumba y desató los vendajes que cubrían la cabeza de Jesús. HR 238.2