La Historia de la Redención

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Capítulo 29—La crucifixión de Cristo

Cristo, el precioso Hijo de Dios, fue conducido y entregado al pueblo para ser crucificado. Los discípulos y creyentes de las regiones circunvecinas se unieron a la multitud que seguía a Jesús rumbo al Calvario. La madre del Señor también estaba allí sostenida por Juan, el discípulo amado. Su corazón estaba herido por una angustia inenarrable; no obstante ella, junto con los discípulos, esperaba que mudara la penosa escena, y que Jesús manifestara su poder y apareciera ante sus enemigos como el Hijo de Dios. Pero de nuevo su corazón de madre desfalleció al recordar las palabras mediante las cuales él se había referido brevemente a las cosas que estaban sucediendo ese día. HR 228.1

Apenas había pasado Jesús por la puerta de la casa de Pilato cuando trajeron la cruz preparada para Barrabás y la depositaron sobre sus hombros magullados y sangrantes. También cargaron con cruces a los compañeros de Barrabás que debían sufrir la muerte al mismo tiempo que el Señor. El Salvador llevó su cruz unos pocos pasos pero, por causa de la pérdida de sangre y el excesivo cansancio y el dolor, cayó desmayado al suelo. HR 228.2

Cuando recuperó el sentido, nuevamente la colocaron sobre sus hombros y lo obligaron a avanzar. Vaciló unos pocos pasos mientras cargaba la pesada cruz, y entonces cayó al suelo como si estuviera sin sentido. Al principio lo creyeron muerto, pero finalmente recuperó el conocimiento una vez más. Los sacerdotes y dirigentes no manifestaron la menor compasión por los sufrimientos de su víctima; pero se dieron cuenta de que le era imposible llevar un paso más ese instrumento de tortura. Mientras pensaban qué podían hacer, Simón, un cireneo que venía en dirección contraria, se encontró con la multitud. Lo tomaron entonces a instancias de los sacerdotes, y lo obligaron a llevar la cruz de Cristo. Los hijos de Simón eran discípulos de Jesús, pero él mismo nunca había tenido relación con él. HR 228.3

Una gran multitud siguió al Salvador al Calvario, y muchos de sus integrantes se burlaban de él y lo ridiculizaban; pero muchos lloraban y repetían sus alabanzas. Los que habían sido sanados de diversas enfermedades, los que habían resucitado de entre los muertos, se refirieron con voz fervorosa a sus maravillosas obras, y manifestaron el deseo de saber qué había hecho para que se lo tratara como malhechor. Pocos días antes lo habían acompañado en medio de gozosos hosannas mientras sacudían ramas de palmeras cuando él entraba triunfalmente en Jerusalén. Pero muchos de los que habían dado clamores de alabanza, porque en ese momento era popular hacerlo, ahora lanzaban el grito de “¡Crucifícale! ¡Crucifícale!” HR 229.1