Testimonios Selectos Tomo 3

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Capítulo 11—Nuestro deber para con los pobres

Muchas veces se hacen preguntas en cuanto a nuestro deber para con los pobres que aceptan el tercer mensaje; y nosotros mismos hemos deseado durante mucho tiempo saber cómo tratar con discreción los casos de familias pobres que aceptan el sábado. Pero mientras me hallaba en Roosevelt, estado de Nueva York, el 3 de agosto de 1861, me fueron mostradas algunas cosas respecto de los pobres. 3TS 37.1

Dios no requiere de nuestros hermanos que se hagan cargo de cada familia pobre que acepta este mensaje. Si lo hubiesen de hacer, los predicadores dejarían de entrar en nuevos campos porque los fondos se agotarían. Muchos son pobres a causa de su falta de diligencia y economía. No saben usar correctamente sus recursos. Si se les ayudase, ello los perjudicaría. Algunos serán siempre pobres. Con tener las mejores ventajas, sus casos no mejorarían. No saben calcular, y gastarían todos los recursos que podrían obtener, fuesen muchos o pocos. No saben negarse a sí mismos y economizar para evitar las deudas y ahorrar algo para los tiempos de necesidad. Si la iglesia ayudase a los tales, en vez de dejarlos fiar en sus propios recursos, les perjudicaría al fin; porque confiarían en la iglesia y esperarían recibir ayuda de ella, y no practicarían la abnegación y economía cuando están bien provistos. Y si no reciben ayuda cada vez, Satanás los tienta, y se ponen celosos, y muy concienzudos por sus hermanos, temiendo que dejarán de sentir su deber para con ellos. Ellos mismos son los que cometen el error. Están engañados. No son los pobres del Señor. 3TS 37.2

Las instrucciones dadas en la Palabra de Dios con referencia a ayudar a los pobres no se aplican a tales casos, sino a los infortunados y afligidos. En su providencia, Dios ha afligido a ciertas personas para probar a otras. Hay en la iglesia viudas e inválidos para que resulten en una bendición para la iglesia. Forman parte de los medios que Dios ha elegido para desarrollar el verdadero carácter de los que profesan seguir a Cristo, y para hacerles ejercitar los preciosos rasgos de carácter de nuestro compasivo Redentor. 3TS 37.3

Muchos que apenas pueden vivir cuando están solteros, deciden casarse y criar una familia, cuando saben que no tienen nada con qué sostenerla. Y lo peor es que no tienen ningún gobierno de su familia. Toda su conducta en la familia está señalada por hábitos de negligencia. No ejercen ningún dominio propio, y son apasionados, impacientes e inquietos. Cuando los tales aceptan el mensaje, les parece que tienen derecho a la ayuda de sus hermanos más pudientes; y si no se satisfacen sus expectativas, se quejan de la iglesia, y la acusan de no vivir conforme a su fe. ¿Quiénes deben sufrir en este caso? ¿Debe la causa de Dios quedar desangrada y la tesorería agotada, para cuidar de estas familias pobres numerosas? No. Los padres deben ser los que sufren. Por lo general, no sufrirán mayor escasez después de aceptar el sábado que antes. 3TS 38.1

Hay entre algunos de los pobres un mal que por cierto provocará su ruina a menos que lo venzan. Abrazaron la verdad con sus costumbres groseras, faltas de cultura, y necesitan cierto tiempo para darse cuenta de su rusticidad, y que ella no está de acuerdo con el carácter de Cristo. Consideran como orgullosos a los demás que son más ordenados y refinados, y se les puede oír decir: “La verdad nos pone a todos en el mismo nivel.” Pero es un grave error pensar que la verdad rebaje al que la reciba. Le eleva, refina sus gustos, santifica su criterio, y si vive conforme a ella, le hace continuamente idóneo para la sociedad de los santos ángeles en la ciudad de Dios. La verdad está destinada a elevarnos a todos a un alto nivel. 3TS 38.2

Los más pudientes deben actuar siempre noble y generosamente con los hermanos más pobres, darles también buenos consejos, y luego dejarlos pelear las batallas de la vida. Pero me fué mostrado que la iglesia tiene el deber solemnísimo de cuidar especialmente de las viudas, huérfanos e inválidos indigentes. 3TS 38.3