Nuestra Elevada Vocacion

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Promesas para los obedientes, 18 de enero

Ahora pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra. Éxodo 19:5. NEV 26.1

Esta promesa le fué dada no sólo a Israel, sino a todos los que obedezcan la palabra de Dios. Los que viven en medio de los peligros de los últimos días deben comprender que, justamente al comienzo de su experiencia, la verdad los unió al Salvador, de manera que él, que es el autor y consumador de su fe, perfeccionará la obra que ha comenzado por ellos. Dios es fiel, y mediante él han sido llamados al compañerismo con su Hijo. Como hombres y mujeres que cooperan con Dios haciendo la obra que él les ha encomendado, avanzan de fortaleza en fortaleza. Mientras ejercitan su fe sencilla, creyendo día a día que Dios no fallará en afirmarlos en Cristo, Dios les dice, como le dijo al antiguo Israel: “Porque tú eres pueblo santo a Jehová tu Dios: Jehová tu Dios te ha escogido para serle un pueblo especial, más que todos los pueblos que están sobre la haz de la tierra”. Deuteronomio 7:6. NEV 26.2

Así Dios puede guiar a todos los que quieran dejarse conducir por él. El desea enseñarle a cada uno una lección de confianza constante, de fe inamovible, y de incuestionable sumisión. El dice a cada uno: Yo soy el Señor tu Dios, camina conmigo, y yo llenaré de luz tu senda. El se acerca a todos con dones inapreciables, invitándolos a la comunión con él. El los hará miembros de su familia real. NEV 26.3

Pero Dios requiere obediencia a todos sus mandamientos. La única manera mediante la cual los hombres pueden llegar a ser felices, es obedeciendo a los preceptos del reino de Dios. NEV 26.4

La vida, con sus privilegios y deberes, es el don de Dios. Recordemos que todos procedemos de Dios, y que debemos estar entera y libremente consagrados a él. Pablo declara: “Y ciertamente, aun reputo todas las cosas pérdida por el eminente conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y téngolo por estiércol, para ganar a Cristo”. Filipenses 3:8. Es necesario el sacrificio de nuestras ideas, nuestra voluntad, si queremos ser uno con Cristo en Dios. Todo lo que tenemos y somos debe ser puesto a los pies de Cristo.—Manuscrito 17, 1899. NEV 26.5