Dios nos Cuida

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Arraigados en Cristo, 27 de abril

El justo florecerá como la palmera; crecerá como cedro en el Líbano. Salmos 92:12. DNC 126.1

El cristiano es comparado al cedro del Líbano. He leído que este árbol hace más que enviar unas pocas raíces a la tierra blanda. Implanta profundamente en la tierra sus fuertes raíces, y cada vez las extiende más lejos en busca de una posición todavía más fuerte. Y cuando se desata la fiera tempestad, permanece firme, sostenido por su raigambre. También el cristiano se arraiga profundamente en Cristo. Tiene fe en su Redentor. Sabe en quién ha creído. Está plenamente persuadido de que Jesús es el Hijo de Dios y el Salvador de los pecadores... Las raíces de la fe se extienden cada vez más. Los cristianos genuinos, como el cedro del Líbano, no crecen en una tierra blanda y superficial, sino que están arraigados en Dios, asegurados en las grietas de las rocas de la montaña. DNC 126.2

Si el cristiano quiere florecer y prosperar, debe hacerlo entre personas que son extrañas a Dios, entre burladores, sujeto al ridículo. Debe permanecer erguido como la palmera en el desierto. El cielo puede ser como bronce, la arena del desierto puede golpear las raíces de la palmera, y apilarse en montones alrededor de su tronco. Sin embargo, el árbol permanece vivo, fresco y vigoroso en medio de las quemantes arenas del desierto. Quitad la arena hasta que lleguéis a las raicillas de la palmera y descubriréis el secreto de su vida; se extiende profundamente bajo la superficie, hacia las aguas secretas ocultas en la tierra. DNC 126.3

Así como la palmera, que obtiene su alimento de las fuentes del agua de viva, permanece verde y florida en medio del desierto, también el cristiano puede extraer ricas provisiones de gracia de la fuente del amor de Dios, y puede conducir a las almas cansadas, llenas de inquietud, y listas a perecer en el desierto del pecado, a esas aguas donde puedan beber y vivir. El cristiano siempre está dirigiendo a sus semejantes hacia Jesús, quien invita: “El que tiene sed, venga a mí y beba”. Esta fuente nunca nos falla; podemos extraer de ella una vez y otra.* DNC 126.4