Hijas de Dios

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María y Marta

Este capítulo está basado en Lucas 10 y Juan 11.

Frecuentemente Jesús visitaba el hogar de María, Marta y su hermano Lázaro. Marta se preocupaba de los cuidados de la casa, mientras María buscaba primeramente escuchar a Jesús. HD 53.2

A menudo Jesús buscaba el descanso que su naturaleza humana requería, en la casa de Lázaro en Betania. En su primera visita, él y sus discípulos habían llegado después de una agotadora jornada a pie de Jericó a Jerusalén. Se habían detenido como huéspedes en la tranquila residencia de Lázaro, y sus hermanas Marta y María los habían atendido. HD 53.3

Aunque estaba fatigado, Jesús continuó con la instrucción que había estado dando a sus discípulos en el camino, acerca de las calificaciones necesarias para el reino de los cielos. La paz de Cristo descansó sobre el hogar de estos hermanos. Marta estaba ansiosa por brindar toda la comodidad a sus huéspedes, mientras María, arrobada por las palabras que Jesús dirigía a sus discípulos, consideró que era una oportunidad dorada la que tenía de conocer mejor la doctrina de Cristo. Entrando silenciosamente a la habitación en la que Cristo estaba, se sentó silenciosamente a sus pies y absorbía con fervor cada palabra que salía de sus labios.—The Spirit of Prophecy 2:358 (1877). HD 53.4

Mientras Cristo daba sus lecciones maravillosas, María se sentaba a sus pies, escuchándole con reverencia y devoción. En una ocasión, Marta, atosigada por el afán de preparar la comida, apeló a Cristo diciendo: “Señor, ¿No te da cuidado que mi hermana me deje servir sola? Dile, pues, que me ayude”. Lucas 10:40. Esto sucedió en ocasión de la primera visita de Cristo a Betania. El Salvador y sus discípulos acababan de hacer un viaje penoso a pie desde Jericó. Marta anhelaba proveer su comodidad, y en su ansiedad se olvidó de la cortesía debida a su huésped. Jesús le contestó con palabras llenas de mansedumbre y paciencia: “Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero solo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada”. Vers. 41-42. María atesoraba en su mente las preciosas palabras que brotaban de los labios del Salvador, palabras que eran más preciosas para ella que las joyas más costosas de la tierra. HD 54.1

La “cosa” que Marta necesitaba era un espíritu de calma y devoción, una ansiedad más profunda por el conocimiento referente a la vida futura e inmortal, y las gracias necesarias para el progreso espiritual. Necesitaba menos preocupación por las cosas pasajeras y más por las cosas que perduran para siempre. Jesús quiere enseñar a sus hijos a aprovechar toda oportunidad de obtener el conocimiento que los hará sabios para la salvación. La causa de Cristo necesita personas que trabajen con cuidado y energía. Hay un amplio campo para las Martas con su celo por la obra religiosa activa. Pero deben sentarse primero con María a los pies de Jesús. Sean la diligencia, la presteza y la energía santificadas por la gracia de Cristo; y entonces la vida será un irresistible poder para el bien.—El Deseado de Todas las Gentes, 483 (1898). HD 54.2

Como María, necesitamos sentarnos a los pies de Jesús para aprender de él, habiendo elegido esa mejor parte que nunca se nos quitará. Como Marta, necesitamos comprometernos cada vez más en la obra del Señor. Las realizaciones cristianas superiores pueden lograrse únicamente pasando mucho tiempo sobre nuestras rodillas en sincera oración. [...] Una sola fibra de la raíz de egoísmo que permanezca en el alma brotará cuando menos se espere y la contaminará.—A Fin de Conocerle, 353 (1894). HD 54.3

En el registro inspirado se nos dice que “amaba Jesús a Marta, a su hermana y a Lázaro”. Juan 11:5. Sin embargo, después de haber recibido el mensaje [de que Lázaro estaba enfermo], “se quedó dos días más en el lugar donde estaba”. Vers. 6. Guiado por la sabiduría divina, no fue inmediatamente al encuentro de sus amados amigos. El mensaje que había recibido no requería una respuesta inmediata. María y Marta no habían dicho: “Señor, ven inmediatamente y sana a nuestro hermano”. Tenían confianza en que Jesús haría lo que fuese mejor para ellos. Después de un tiempo Jesús les dijo a sus discípulos: “Nuestro amigo Lázaro duerme; pero voy a despertarlo”. Vers. 11.—Manuscript Releases 21:111 (1892). HD 55.1

Cuando Jesús llegó a Betania, varias personas le informaron que Lázaro había muerto y que hacía cuatro días que había sido sepultado. Marta se adelantó a recibirlo y le confirmó la muerte de su hermano, diciendo: “Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto”. Pero, a pesar de su desazón y tristeza, no había perdido su confianza en Jesús; por eso agregó: “Pero también sé ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará”. Jesús estimuló su fe al declararle: “Tu hermano resucitará”. Vers. 21-23 [...]. HD 55.2

Cuando Jesús le preguntó a Marta: “¿Crees esto?”, ella le respondió con una confesión de fe: “Yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo”. Con esto Marta declaró su fe en Jesús como el Mesías, y reafirmó su creencia de que él podía realizar todo aquello que se propusiera. Jesús le solicitó que llamase a Marta y a los amigos que habían llegado para consolar a estas afligidas mujeres. María llegó y se postró a sus pies, diciéndole también: “Señor, si hubieses estado aquí, no habría muerto mi hermano”. Al ver toda esta angustia, Jesús “se estremeció en espíritu y se conmovió, y dijo: “¿Dónde lo pusisteis?” Le dijeron: “Señor, ven y ve””. Vers. 26-34. Entonces, todos juntos se dirigieron a la tumba de Lázaro, que era una cueva con una piedra puesta encima.—The Spirit of Prophecy 2:362-363 (1877). HD 55.3

En todo lo que hacía, Cristo cooperaba con su Padre. Siempre se esmeraba por hacer evidente que no realizaba su obra independientemente; era por la fe y la oración cómo hacía sus milagros. Cristo deseaba que todos conociesen su relación con su Padre. “Padre”, dijo, “gracias te doy por haberme oído. Yo sabía que siempre me oyes; pero lo dije por causa de la multitud que está alrededor, para que crean que tú me has enviado”. Vers. 41-42. En esta ocasión, los discípulos y la gente iban a recibir la evidencia más convincente de la relación que existía entre Cristo y Dios. Se les había de demostrar que el aserto de Cristo no era una mentira. HD 55.4

“Y habiendo dicho esto, clamó a gran voz: “¡Lázaro, ven fuera!””. Su voz, clara y penetrante, entra en los oídos del muerto. La divinidad fulgura a través de la humanidad. En su rostro, iluminado por la gloria de Dios, la gente ve la seguridad de su poder. Cada ojo está fijo en la entrada de la cueva. Cada oído está atento al menor sonido. Con interés intenso y doloroso, aguardan todos la prueba de la divinidad de Cristo, la evidencia que ha de comprobar su aserto de que es Hijo de Dios, o extinguir esa esperanza para siempre. Hay agitación en la tumba silenciosa, y el que estaba muerto se pone de pie a la puerta del sepulcro. Sus movimientos son trabados por el sudario en que fuera puesto, y Cristo dice a los espectadores asombrados: “Desatadlo, y dejadlo ir”. Vuelve a serles demostrado que el obrero humano ha de cooperar con Dios. La humanidad ha de trabajar por la humanidad. Lázaro queda libre, y está de pie ante la congregación, no demacrado por la enfermedad, ni con miembros débiles y temblorosos, sino como un hombre en la flor de la vida, provisto de una noble virilidad. Sus ojos brillan de inteligencia y de amor por su Salvador. Se arroja a los pies de Jesús para adorarlo.—El Deseado de Todas las Gentes, 493-494 (1898). HD 56.1

Muchos creyeron en Jesús por la resurrección de Lázaro. Había sido el plan de Dios que Lázaro muriera y fuese sepultado antes de que llegara Jesús. La resurrección de Lázaro fue el milagro capital de Cristo y debido a ello muchos glorificaron a Dios.—Manuscript Releases 21:111 (1892). HD 56.2

*****

Simón* había sido sanado de su lepra, y era esto lo que lo había atraído a Jesús. Deseaba manifestar su gratitud, y en ocasión de la última visita de Cristo a Betania ofreció un festín al Salvador y sus discípulos [...]. A un lado del Salvador, estaba sentado a la mesa Simón [...] y al otro lado Lázaro [...]. Marta servía, pero María escuchaba fervientemente cada palabra que salía de los labios de Jesús. En su misericordia, Jesús había perdonado sus pecados, había llamado de la tumba a su amado hermano, y el corazón de María estaba lleno de gratitud. Ella había oído hablar a Jesús de su próxima muerte, y en su profundo amor y tristeza había anhelado honrarlo. A costa de gran sacrificio personal, había adquirido un vaso de alabastro de “nardo puro, de mucho precio” para ungir su cuerpo. Pero muchos declaraban ahora que él estaba a punto de ser coronado rey. Su pena se convirtió en gozo y ansiaba ser la primera en honrar al Señor. Quebrando el vaso de ungüento, derramó su contenido sobre la cabeza y los pies de Jesús, y llorando postrada le humedecía los pies con sus lágrimas y se los secaba con su larga y flotante cabellera [...]. HD 56.3

Judas consideró este acto con gran disgusto [...]. Dirigiéndose a los discípulos, preguntó: “¿Por qué no fue este perfume vendido por trescientos denarios, y dado a los pobres?” [...]. El murmullo circuyó la mesa: “¿Para qué este desperdicio?” [...]. María oyó las palabras de crítica [...]. Estaba por ausentarse sin ser elogiada o excusada, cuando oyó la voz del Señor: “¿Por qué molestáis a esta mujer?” [...]. Elevando su voz por encima del murmullo de censuras, dijo: “Ha hecho conmigo una buena obra. Porque siempre tendréis pobres con vosotros, pero a mí no me tendréis. Porque al derramar este perfume sobre mi cuerpo, lo ha hecho a fin de prepararme para la sepultura”. Mateo 26:8-12.—El Deseado de Todas las Gentes, 512-514 (1898). HD 57.1