Historia de los Patriarcas y Profetas

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Capítulo 36—En el desierto

Durante cuasi cuarenta años los hijos de Israel se pierden de vista en la oscuridad del desierto. “Los años que anduvimos -dijo Moisésdesde Cades-barnea hasta que pasamos el arroyo Zered fueron treinta y ocho; hasta que desapareció de en medio del campamento toda la generación de los hombres de guerra, como Jehová les había jurado. También la mano de Jehová vino sobre ellos para exterminarlos, hasta hacerlos desaparecer del campamento”. Deuteronomio 2:14, 15. PP 381.1

Durante todos estos años se le recordó constantemente al pueblo que estaba bajo la reprensión divina. En la rebelión de Cades había rechazado a Dios y por el momento Dios lo había rechazado. Puesto que los israelitas habían sido infieles a su pacto, no debían recibir la señal de él, o sea el rito de la circuncisión. Su deseo de regresar a la tierra de su esclavitud había demostrado que eran indignos de la libertad, y por consiguiente, no se habría de observar la Pascua, instituida para conmemorar su liberación de la esclavitud. PP 381.2

No obstante, el hecho de que subsistía el servicio del tabernáculo atestiguaba que Dios no había abandonado totalmente a su pueblo. Su providencia seguía supliendo sus necesidades. “Jehová, tu Dios, te ha bendecido en todas las obras de tus manos; él sabe que andas por este gran desierto, y durante estos cuarenta años Jehová, tu Dios, ha estado contigo sin que nada te haya faltado”. Deuteronomio 2:7. Y el himno de los levitas, conservado por Nehemías, describe vívidamente el cuidado de Dios por Israel, aun durante aquellos años cuando estaban desechados y desterrados: “Tú, con todo, por tus muchas misericordias no los abandonaste en el desierto. La columna de nube no se apartó de ellos de día, para guiarlos por el camino, ni de noche la columna de fuego, para alumbrarles el camino por el cual habían de ir. Enviaste tu buen espíritu para enseñarles; no retiraste tu maná de su boca, y agua les diste para su sed. Los sustentaste cuarenta años en el desierto; de ninguna cosa tuvieron necesidad; sus vestidos no se envejecieron, ni se hincharon sus pies”. Nehemías 9:19-21. PP 382.1

Las peregrinaciones por el desierto fueron ordenadas no solamente como castigo para los rebeldes y murmuradores, sino que debían de servir también como disciplina para la nueva generación que se iba desarrollando, a fin de prepararla para su entrada en la tierra prometida. Moisés le dijo: “como castiga el hombre a su hijo, así Jehová, tu Dios, te castiga”, “para afligirte, para probarte, para saber lo que había en tu corazón, si habías de guardar o no sus mandamientos. Te afligió, te hizo pasar hambre y te sustentó con maná, comida que ni tú ni tus padres habían conocido, para hacerte saber que no solo de pan vivirá el hombre, sino de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre”. Deuteronomio 8:5, 2, 3. PP 382.2

“Lo halló en tierra de desierto, en yermo de horrible soledad; lo rodeó, lo instruyó, lo guardó como a la niña de su ojo”. “En toda angustia de ellos él fue angustiado, y el ángel de su faz los salvó; en su amor y en su clemencia los redimió, los trajo y los levantó todos los días de la antigüedad”. Deuteronomio 32:10; Isaías 63:9. PP 382.3

No obstante, los únicos anales que tenemos de su vida en el desierto presentan ejemplos de rebelión contra Dios. La rebelión de Coré resultó en la destrucción de catorce mil israelitas. Y hubo casos aislados reveladores del mismo espíritu de menosprecio hacia la autoridad divina. PP 382.4

En cierta ocasión el hijo de una israelita y un egipcio, uno de los miembros del populacho mixto que había salido de Egipto con Israel, abandonó la parte del campamento que le fue asignada, y entró en la de los israelitas y aseveró tener derecho a levantar su tienda allí. La ley divina se lo prohibía, pues los descendientes de un egipcio estaban excluidos de la congregación hasta la tercera generación. Se entabló una disputa entre él y un israelita, y habiéndose presentado el asunto a los jueces, el fallo fue adverso al transgresor. PP 382.5

Enfurecido por esta decisión maldijo al juez, y en el ardor de su ira blasfemó contra el nombre de Dios. Inmediatamente se le llevó ante Moisés. Se había dado el mandamiento: “Igualmente el que maldiga a su padre o a su madre, morirá”, pero no se había dictado medida aplicable a este caso. Era tan terrible este delito que era necesaria la dirección especial de Dios para decidir lo procedente. Se puso al hombre bajo custodia mientras se averiguaba cuál era la voluntad del Señor. Dios mismo pronunció la sentencia; y por orden divina se condujo al blasfemador fuera del campamento, y allí se le dio muerte por apedreamiento. Los que habían presenciado el pecado colocaron las manos sobre la cabeza de él, atestiguando así solemnemente la veracidad del cargo que se le hacía. Luego le tiraron las primeras piedras, y el pueblo que estaba cerca participó después en la ejecución de la sentencia. PP 383.1

A esto siguió la promulgación de una nueva ley que había de aplicarse a ofensas semejantes: “Y a los hijos de Israel hablarás así: Cualquiera que maldiga a su Dios cargará con su pecado. El que blasfeme contra el nombre de Jehová ha de ser muerto; toda la congregación lo apedreará. Tanto el extranjero como el natural, si blasfema contra el Nombre, que muera”. Levítico 24:15, 16. PP 383.2

Hay quienes expresan dudas acerca del amor y la justicia de Dios al aplicar un castigo tan severo por un delito consistente en palabras habladas en un momento de ira. Pero tanto el amor como la justicia exigen que se demuestre que las palabras pronunciadas con malicia contra Dios constituyen un gran pecado. El castigo que se le impuso al primer ofensor había de advertir a los demás que el nombre de Dios debe reverenciarse. Pero si el pecado de este hombre hubiera quedado impune, otros se habrían desmoralizado; y como resultado de esto habría sido necesario sacrificar muchas vidas. PP 383.3

La “multitud mixta” que acompañaba a los israelitas desde Egipto daba continuamente origen a dificultades y tentaciones. Los que la componían decían haber renunciado a la idolatría y profesaban adorar al Dios verdadero; pero su educación y disciplina anteriores habían moldeado sus hábitos y sus caracteres, de modo que en mayor o menor medida estaban corrompidos por la idolatría y la irreverencia hacia Dios. Ellos eran los que más a menudo suscitaban contiendas; eran los primeros en quejarse, y corrompían el campamento con sus prácticas idólatras y sus murmuraciones contra Dios. Poco después del regreso al desierto, ocurrió un ejemplo de violación del sábado, en circunstancias que dieron especial culpabilidad al caso. Al anunciar el Señor que desheredaría a Israel, se despertó un espíritu de rebelión. Un hombre del pueblo, airado por haber sido excluido de Canaán, decidió desafiar abiertamente la ley de Dios, y se atrevió a violar públicamente el cuarto mandamiento, saliendo a recoger leña en sábado. Se había prohibido terminantemente encender fuego el séptimo día durante la permanencia en el desierto. La prohibición no había de extenderse a la tierra de Canaán, donde la severidad del clima haría a menudo necesario que se encendiera fuego; pero este no se necesitaba en el desierto para calentarse. El acto llevado a cabo por este hombre era una violación voluntaria y deliberada del cuarto mandamiento. Era un pecado, no de negligencia, sino de presunción. PP 383.4

Se le sorprendió mientras lo cometía, y se le llevó ante Moisés. Ya se había declarado que la violación del sábado sería castigada de muerte; pero aun no se había revelado cómo debía ejecutarse la pena. Moisés presentó el caso al Señor, y se le dio la orden: “Irremisiblemente ese hombre debe morir; apedréelo toda la congregación fuera del campamento”. Números 15:35. Los pecados de blasfemia y violación voluntaria del sábado recibieron el mismo castigo, pues eran ambos una expresión de menosprecio por la autoridad de Dios. PP 384.1

En nuestros días, muchos rechazan el sábado de la creación como si fuera una institución judaica, y alegan que si se lo ha de guardar debe aplicarse la pena capital por su violación; pero vemos que la blasfemia recibió el mismo castigo que la violación del sábado. ¿Hemos de concluir, por lo tanto, que el tercer mandamiento también se ha de poner a un lado como algo que se aplica solamente a los judíos? Sin embargo, el argumento que se basa en la pena de muerte es tan aplicable al tercer mandamiento, al quinto, o a casi todos los Diez Mandamientos, como al cuarto. Aunque Dios no castigue la transgresión de su ley con penas temporales, su Palabra declara que la paga del pecado es la muerte; y en la ejecución final del juicio se descubrirá que la muerte es el destino de los transgresores de su santa ley. PP 384.2

Durante los cuarenta años que los israelitas permanecieron en el desierto, el milagro del maná les recordó cada semana la obligación sagrada del sábado. Sin embargo, ni aun esto los indujo a obedecer. Aunque no se atrevían a cometer transgresiones tan osadas como la que recibiera tan grande castigo, eran sin embargo muy negligentes en la observancia del cuarto mandamiento. Dios declara por medio de su profeta: “Mis sábados profanaron en gran manera”. Véase Ezequiel 20:13-24. Y esto se enumeró entre los motivos por los cuales se excluyó a la primera generación de la tierra prometida. Pero sus hijos no aprendieron la lección. Tal fue su negligencia del sábado durante los cuarenta años de peregrinaciones, que a pesar de que Dios no les impidió entrar en Canaán, declaró que serían diseminados entre los paganos después de establecerse en la tierra prometida. PP 384.3

De Cades los hijos de Israel habían regresado al desierto; y una vez terminada su estada allí, “llegaron [...] toda la congregación, al desierto de Zin, en el mes primero, y acampó el pueblo en Cades”. Números 20:1. PP 385.1

Allí murió y fue sepultada María. Tal fue la suerte de los millones que con grandes esperanzas salieron de Egipto. De la escena de regocijo a orillas del Mar Rojo, cuando Israel salió con cantos y danzas a celebrar el triunfo de Jehová, llegaron a la sepultura del desierto, fin de toda una vida de peregrinación. El pecado había arrebatado de sus labios la copa de la bendición. ¿Aprendería la próxima generación la lección? PP 385.2

“Con todo esto, volvieron a pecar y no dieron crédito a sus maravillas. [...] Si los hacía morir, entonces buscaban a Dios; entonces se volvían solícitos en busca suya, y se acordaban de que Dios era su refugio, que el Dios altísimo era su redentor”. Pero no se volvían a Dios con un propósito sincero. Aunque al verse atacados y amenazados por sus enemigos, pedían la ayuda del único que podía librarlos, “sus corazones no eran rectos con él ni permanecieron firmes en su pacto. Pero él, misericordioso, perdonaba la maldad y no los destruía; apartó muchas veces su ira y no despertó todo su enojo. Se acordó de que eran carne, soplo que va y no vuelve”. Salmos 78:32-35, 37-39. PP 385.3