La Educación Cristiana

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Cuándo y cómo castigar

La madre puede preguntarse: “¿No habré de castigar nunca a mi hijo?” Puede ser que los azotes sean necesarios cuando los demás recursos fracasen; sin embargo, ella no debe usar la vara si es posible evitarlo. Pero si las correcciones más benignas resultan insuficientes, el castigo para hacer volver al niño en sí debe ser administrado con amor. Frecuentemente una sola corrección de esta naturaleza bastará para toda la vida, pues demostrará al niño que él no tiene en sus manos las riendas del dominio. ECR 161.4

Y cuando este paso llega a ser necesario, se le debe inculcar seriamente al niño el pensamiento de que se le administra el castigo no para la satisfacción de los padres ni como acto de arbitraria autoridad, sino para su propio beneficio. Debe enseñársele que todo defecto no corregido le ocasionará desgracia, y desagradará a Dios. Bajo esa disciplina, los niños hallarán su mayor felicidad en someter su voluntad a la voluntad de su Padre celestial. ECR 162.1

A veces hacemos más para provocar que para ganar. He visto a una madre arrebatar de la mano de su hijo algo que le ocasionaba placer especial. El niño no veía la razón de ello, y naturalmente se sintió maltratado. Luego siguió un altercado entre ambos, y un vivo castigo puso fin a la escena, por lo menos aparentemente; pero esta batalla dejó en la mente tierna una impresión que no se iba a borrar fácilmente. Esa madre actuó imprudentemente. No razonó de causa a efecto. Su acción dura, poco juiciosa, despertó las peores pasiones en el corazón de su hijo, y en toda ocasión similar esas pasiones se iban a reactivar y fortalecer. ECR 162.2

¿Pensáis que Dios no se fija en la manera en que tales niños son corregidos? El lo ve, y sabe cuáles podrían haber sido los bienaventurados resultados de la obra de corrección hecha de una manera que hubiese conquistado en lugar de repeler. ECR 162.3

No corrijáis nunca a vuestros hijos si estáis airados. Un arrebato vuestro no curará el mal genio de vuestro hijo. De todos, éste es el momento en que debéis actuar con humildad, paciencia y oración. Es el momento de arrodillarse con los niños y pedir perdón al Señor. Si sois padres cristianos, antes de ocasionar dolor físico a vuestro hijo, revelaréis el amor que tenéis para con vuestros pequeñuelos que yerran. Mientras os postráis delante de Dios con vuestro hijo presentaréis al Redentor lleno de simpatía sus propias palabras: “Dejad los niños venir, y no se lo estorbéis; porque de los tales es el reino de Dios”. Marcos 10:14. Esta oración traerá a los ángeles a vuestro lado. Vuestro hijo no olvidará estos incidentes, y la bendición de Dios descansará sobre tal instrucción, guiándolos a Cristo. ECR 162.4

Cuando los niños comprenden que sus padres están procurando ayudarles, pondrán todas sus energías en la debida dirección. Y para los niños que reciben la debida instrucción en el hogar, las ventajas de nuestras escuelas serán mayores que para aquellos a quienes se ha dejado crecer sin ayuda espiritual en casa.—Consejos para los Maestros Padres y Alumnos, 103-112. ECR 163.1

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Necesitamos de continuo una nueva revelación de Cristo, una experiencia diaria que armonice con sus enseñanzas. Altos y santos resultados están a nuestro alcance. El propósito de Dios es que progresemos siempre en conocimiento y virtud. Su ley es eco de su propia voz, que dirige a todos la invitación: “Sube más arriba. Sé santo, cada vez más santo”. Cada día podemos adelantar en la perfección del carácter cristiano. ... ECR 163.2

Las tentaciones a que estamos expuestos cada día hacen de la oración una necesidad. Todo camino está sembrado de peligros. Los que procuran rescatar a otros del vicio y de la ruina están especialmente expuestos a la tentación. En continuo contacto con el mal, necesitan apoyarse fuertemente en Dios, si no quieren corromperse. Cortos y terminantes son los pasos que conducen a los hombres desde las alturas de la santidad al abismo de la degradación. En un solo momento pueden tomarse resoluciones que determinen para siempre el destino personal. Al no obtener la victoria una vez, el alma queda desamparada. Un hábito vicioso que dejemos de reprimir se convertirá en cadenas de acero que sujetarán a todo el ser.—El Ministerio de Curación, 403, 408. ECR 163.3