Consejos para los Maestros

150/279

Una obra de reforma

El tiempo es demasiado corto ahora para realizar lo que podría haberse hecho en las generaciones pasadas; pero podemos hacer mucho, aun en estos postreros días, para corregir los males existentes en la educación de la juventud... CM 278.3

Somos reformadores. Deseamos que nuestros hijos estudien lo más ventajosamente posible. A fin de que puedan hacerlo, debe dárseles empleo que les haga ejercitar los músculos. El trabajo diario sistemático debe constituir parte de la educación de los jóvenes, aun en este período tardío. Mucho puede ganarse ahora, relacionando el trabajo con nuestras escuelas. Al seguir este plan los estudiantes adquirirán agilidad de espíritu y vigor de pensamiento, y podrán realizar más trabajo mental en un tiempo determinado de lo que les sería posible si estudiaran solamente. Y podrán salir de la escuela con su constitución ilesa, y con fuerza y valor para perseverar en cualquier puesto en que la providencia de Dios los coloque. CM 278.4

Debido a que el tiempo es corto, debemos trabajar con diligencia y redoblada energía. Tal vez nuestros hijos no asistirán nunca a la universidad, pero pueden obtener en los ramos esenciales una educación práctica que les dará cultura mental, y ejercitará sus facultades. Muchísimos jóvenes que han seguido un curso universitario no han obtenido aquella verdadera educación que pueden usar prácticamente. Testimonies for the Church 3:148-159. CM 279.1

*****

Apelo a nuestras iglesias en las cuales hay escuelas, para que designen como maestros de los niños y jóvenes a quienes amen al Señor Jesucristo, y que hagan de la Palabra de Dios el fundamento de la educación. Deben enseñar a los jóvenes a conservarse sanos, obedeciendo las leyes del sano vivir. Los maestros y alumnos recibirán ayuda mental y espiritual de la abnegación, practicando los principios de la reforma pro salud. Hallarán ciertamente, como Daniel y sus compañeros, que se reciben bendiciones por conformar la vida a la Palabra de Dios. CM 279.2

“Velad y orad”, es una orden a menudo repetida en las Escrituras. En la vida de los que obedezcan a esta orden, habrá una subcorriente de felicidad, que beneficiará a todos aquellos con quienes traten. Los que tienen una disposición agria e irritable, se volverán buenos y amables; los orgullosos se volverán mansos y humildes. CM 279.3