Testimonios para la Iglesia, Tomo 1

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Nuestros ministros

En la visión que recibí en Róchester, Nueva York, el 25 de diciembre de 1865, se me mostró que estamos frente a una obra muy solemne, pero no se comprende su importancia y magnitud. Al percibir la indiferencia que reinaba en todas partes, me sentí alarmada por la condición de los pastores y el pueblo. Se advertía una parálisis en la causa de la verdad presente. La obra de Dios parecía haberse detenido. Los ministros y los hermanos no están preparados para el tiempo en el que viven, y casi todos los que profesan creer en la verdad presente no están en condiciones de comprender la obra de preparación para este tiempo. En su condición actual de ambición mundana, con su falta de dedicación a Dios y su entrega a la complacencia de sí mismos, están totalmente incapacitados para recibir la lluvia tardía y después de haberlo hecho todo, mantenerse firmes contra la ira de Satanás, quien por medio de sus invenciones los hará naufragar en la fe al fijar sobre ellos algún agradable autoengaño. Piensan estar bien cuando en realidad están totalmente mal. 1TI 410.3

Los pastores y el pueblo deben realizar progresos más evidentes en la obra de reforma. Debieran comenzar sin tardanza a corregir sus malos hábitos de alimentación, bebida, vestimenta y trabajo. Se me hizo ver que numerosos ministros no están conscientes de este importante tema. No todos se encuentran en el lugar donde Dios quisiera que estén. El resultado es que el trabajo de algunos de ellos sólo lleva escaso fruto. Los ministros debieran ser ejemplos para el pueblo de Dios. Pero no están a salvo de las tentaciones de Satanás. Ellos son precisamente a quienes procurará entrampar. Si puede tener éxito en su intento por adormecer a un solo ministro en la seguridad carnal, y al hacerlo apartar su mente de la obra, o engañarlo con respecto a su verdadera condición delante de Dios, habrá realizado mucho. 1TI 411.1

Vi que la causa de Dios no estaba progresando como podría hacerlo y como debiera ser. Los ministros no se dedican a la obra con esa energía, dedicación y decidida perseverancia que exige la importancia de la obra. Tienen un adversario vigilante con el cual luchar, cuya diligencia y perseverancia son incansables. El débil esfuerzo de los ministros y del pueblo no puede compararse con el de su adversario, el diablo. En un lado están los ministros que batallan en favor del bien y tienen la ayuda de Dios y sus santos ángeles. Debieran ser fuertes y valientes, y estar totalmente dedicados a la causa en la que militan, sin tener otros intereses. A fin de agradar a Aquel que los eligió como soldados, no debieran dejarse envolver en los asuntos temporales. 1TI 411.2

En el otro lado están Satanás y sus ángeles, con todos sus agentes ayudadores en el mundo, que realizan todo esfuerzo posible y utilizan todo artificio para promover el error y el mal, y para ocultar su fealdad y deformidad con un ropaje agradable. Satanás cubre el egoísmo, la hipocresía y toda clase de engaño con un disfraz de aparente verdad y justicia, y se complace por su éxito, aun con ministros y personas que pretenden comprender sus artimañas. Cuanto mayor es la distancia a que se mantienen de Cristo su gran Líder, tanto menos se parecen a él en carácter y tanto más es su parecido en vida y carácter a los servidores de su gran adversario, y tanto más seguro se encuentra él de tenerlos en sus redes. Mientras pretenden ser servidores de Cristo, en realidad lo son del pecado. Algunos ministros piensan demasiado en el sueldo que reciben. Trabajan por un salario y pierden de vista el carácter sagrado y la importancia de la obra. 1TI 411.3

Algunos se tornan laxos y negligentes en su trabajo; recorren el campo de labor pero son débiles y sus esfuerzos no tienen éxito. No tienen puesto el corazón en la obra. La teoría de la verdad es clara, pero muchos de ellos no participaron en la investigación de la verdad mediante el estudio intenso y la oración ferviente, y no saben nada de su hermosura y valor por no haber tenido que verse forzados a sostener sus posiciones contra la oposición de sus enemigos. No ven la necesidad de preservar un espíritu de consagración total a la obra. Su interés se encuentra dividido entre ellos mismos y la obra. 1TI 412.1

Se me hizo ver que antes de que la obra de Dios pueda realizar un progreso decidido, los ministros deben convertirse. Cuando lo estén, estimarán menos los sueldos y colocarán un valor mucho mayor sobre la obra importante, sagrada y solemne que han aceptado de mano de Dios para llevar a cabo, y que él requiere que cumplan fielmente y con eficiencia, como quienes tendrán que rendir estricta cuenta. Los ángeles anotadores realizan cada día un fiel registro de su trabajo. Todos sus actos, y hasta las intenciones y propósitos de su corazón, aparecen revelados con fidelidad. Nada permanece oculto para el ojo que todo lo percibe de Aquel de quien dependemos. Los que han puesto todas sus energías en la causa de Dios, y que se han arriesgado a invertir algo, sentirán que la obra de Dios es una parte de ellos, de modo que no trabajarán únicamente por un sueldo. No serán siervos infieles que tratan de agradarse a sí mismos, sino que se consagrarán ellos mismos con todos sus intereses a esta obra solemne. 1TI 412.2

Algunos ministros, en su obra pública en las iglesias, corren el peligro de cometer errores por falta de minuciosidad. Por su interés personal y el de la obra debieran escudriñar de cerca sus propios motivos y asegurarse de que se han despojado de todo orgullo. Debieran vigilar para evitar que mientras predican verdades definidas a otros, dejen de regir su vida por la misma norma y permitan que Satanás introduzca otra cosa en lugar de una profunda investigación de los motivos del corazón. Debieran ser minuciosos consigo mismos y con la causa de Dios, no sea que trabajen sólo por un salario y pierdan de vista el carácter importante y exaltado de la obra. No debieran permitir que el yo los gobierne en vez de que lo haga Jesús, y debieran tener cuidado de no decir a los pecadores de Sión que todo saldrá bien, cuando Dios ha pronunciado maldición sobre ellos. 1TI 412.3

Los ministros deben levantarse y manifestar vida, celo y devoción por aquello que han desestimado por no haber caminado con Dios. La causa de Dios en muchos lugares no está mejorando. Es necesario que se examine el alma. La gente está sobrecargada de saciedad, ebriedad y los cuidados de esta vida. Están penetrando cada vez más profundamente en un espíritu de empresa mundana. Ambicionan obtener ganancias. La espiritualidad y la devoción escasean. El espíritu que prevalece es trabajar, acumular y añadir a lo que ya se posee. “¿Cuál será el fin de estas cosas?” era mi preocupación. 1TI 413.1

Las reuniones realizadas en las asociaciones no han conseguido un bien duradero. Los que asisten a las reuniones llevan consigo un espíritu comercializado. Los ministros y el pueblo con frecuencia llevan sus mercaderías a esas reuniones a las que asiste una numerosa concurrencia, y las verdades presentadas desde el púlpito no logran impresionar el corazón. La espada del Espíritu, la palabra de Dios, no consigue hacer su obra; cae inofensivamente en los oyentes. Se hace que la exaltada obra de Dios se relacione demasiado estrechamente con las cosas comunes. 1TI 413.2

Los ministros deben convertirse antes de que puedan fortalecer a sus hermanos. No debieran predicar lo que ellos quieren, sino a Cristo y su justicia. Se necesita una reforma entre el pueblo, pero primero debiera comenzar su obra purificadora con los ministros. Son los centinelas que vigilan las murallas de Sión, para dar la alarma a los descuidados y los incautos; y también para describir la suerte de los hipócritas que hay en Sión. Me pareció que algunos de los ministros habían olvidado que Satanás todavía estaba vivo, y que aún era tan perseverante, fervoroso y artero como siempre; que todavía procuraba atraer con sus seducciones a las almas fuera del camino de la justicia. 1TI 413.3

Una parte importante de la obra ministerial es presentar fielmente al pueblo la reforma de la salud en su relación con el mensaje del tercer ángel, como parte integrante de la misma obra. 1TI 413.4

Debieran adoptarla ellos mismos e impulsarla entre todos los que profesan creer la verdad. 1TI 413.5

Los ministros no debieran tener intereses separados fuera de la gran obra de conducir las almas a la verdad. Aquí se necesitan todas sus energías. No debieran dedicarse a los negocios ni a las ventas en vez de llevar a cabo esta obra grandiosa. El solemne encargo dado a Timoteo los afecta con la misma fuerza, colocando sobre ellos las obligaciones más solemnes y las más temibles responsabilidades. “Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina”. 2 Timoteo 4:1-2. “Pero tú sé sobrio en todo, soporta las aflicciones, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio”. vers. 5. 1TI 413.6

Los malos hábitos de vida han disminuido nuestras sensibilidades mentales y físicas, y toda la fuerza que podamos adquirir mediante los hábitos de vida correctos y la práctica de los principios de salud y vida, debiéramos dedicarla sin reserva a la obra que Dios nos ha asignado. No podemos permitirnos emplear la escasa, débil y estropeada energía que poseemos en cumplir tareas secundarias o en mezclar actividades comerciales con la obra que Dios nos ha encomendado. Ahora se necesitan todas las facultades del cuerpo y la mente. La obra de Dios lo requiere, de modo que no se puede emprender otras actividades aparte de esta gran obra sin que ello insuma tiempo y fuerza mental y física, y así disminuya el vigor y la fuerza de nuestra obra en la causa de Dios. Los ministros que se dedican a actividades colaterales no disponen de tiempo para la meditación y la oración, ni la fuerza y claridad de mente que necesitan para comprender los casos de las personas que necesitan ayuda, y para estar preparados a fin de instar “a tiempo y fuera de tiempo”. Una palabra apropiadamente dicha en el momento adecuado puede salvar a una pobre alma errante, dudosa y desfalleciente. Pablo exhortó a Timoteo: “Ocúpate en estas cosas; permanece en ellas, para que tu aprovechamiento sea manifiesto a todos”. 1 Timoteo 4:15. 1TI 414.1

Cuando Cristo dio su comisión a sus discípulos, les dijo: “Todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo”. Mateo 18:18. Si ésta es la obra temible y responsable de los ministros de Dios, cuán importante es que se dediquen totalmente a ella y que busquen y se ocupen de las almas como quienes tendrán que rendir cuentas. ¿Debiera algún interés ajeno o egoísta estorbar esto y separar el corazón de la obra? Algunos ministros permanecen en sus hogares y después salen a realizar sus labores pastorales el sábado; luego se agotan durante el resto de la semana trabajando en labores agrícolas o tareas domésticas. Trabajan para sí mismos durante la semana y después gastan el resto de sus agotadas energías laborando para Dios. Pero Dios no acepta esos débiles esfuerzos. Tales ministros no tienen una reserva de energía mental o física. En el mejor de los casos, sus esfuerzos son tan sólo débiles. Pero después de haberse mantenido absortos y ocupados durante los días laborales de la semana con las preocupaciones y cuidados de la vida, están totalmente incapacitados para participar en la elevada, sagrada e importante obra de Dios. El destino de las almas depende de su manera de proceder y de las decisiones que tomen. Entonces, cuán importante es que sean temperantes en todas las cosas, y no sólo en su alimentación, sino también en su trabajo, para que sus fuerzas no sufran menoscabo y puedan dedicarlas a su llamamiento sagrado. 1TI 414.2

Algunas personas que profesan la verdad presente han cometido un grave error al dedicarse a la venta de mercancías durante el desarrollo de series de reuniones espirituales, y con eso apartaron las mentes del objetivo de las reuniones. Si Cristo estuviera ahora en el mundo, echaría a esos mercaderes y traficantes, ya se trate de ministros o personas comunes, con un azote de cuerdas, lo mismo que cuando entró en el templo “y echó fuera a todos los que vendían y compraban en la casa de Dios, y volcó las mesas de los cambistas y las sillas de los que vendían palomas; y les dijo: ‘Escrito está: Mi casa, casa de oración será llamada; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones’”. Mateo 21:12-13. Estos traficantes habrían podido aducir como excusa que tenían en venta los artículos para entregar ofrenda de sacrificio. Pero su propósito era conseguir ganancias, obtener recursos, acumular. 1TI 415.1

Se me hizo ver que si las facultades morales e intelectuales no hubieran estado oscurecidas por los malos hábitos de vida, los ministros y el pueblo habrían discernido prontamente los malos resultados del acto de mezclar las cosas sagradas con las comunes. Hay ministros que han predicado un solemne sermón desde el púlpito, y luego al presentar mercaderías y actuar como vendedores, en la casa misma de Dios, han apartado las mentes de sus oyentes de las impresiones recibidas y han destruido el fruto de su trabajo. Si no hubieran tenido las facultades mentales embotadas, habrían poseído discernimiento para saber que estaban rebajando las cosas sagradas hasta el nivel de las cosas comunes. La preocupación de vender nuestras publicaciones no corresponde a los ministros que trabajan con la palabra y la doctrina. Deben mantener en reserva su tiempo y sus fuerzas para que sus esfuerzos puedan producir fruto abundante en una serie de reuniones. No debieran dedicar su tiempo ni sus fuerzas para vender nuestros libros, cuando esto puede ser debidamente realizado por los que no se ocupan en la predicación de la palabra. Cuando el ministro va a trabajar a un nuevo campo, puede ser necesario que lleve publicaciones consigo para ofrecerlas en venta a la gente, y puede ser necesario en otras circunstancias que también venda libros y lleve a cabo alguna transacción comercial para la oficina de publicaciones. Pero ese trabajo debiera evitarse toda vez que pueda ser realizado por otras personas. 1TI 415.2

La predicación de la palabra es el trabajo específico de los ministros, y después de haber predicado las solemnes verdades a la gente, debieran mantener una humilde dignidad como predicadores de la exaltada verdad y representantes de la verdad presentada a la gente. Necesitan descansar después de haber realizado sus intensos esfuerzos. Aun la venta de libros sobre la verdad presente es una preocupación, una carga para la mente y fatiga para el cuerpo. Si hay ministros que tienen energía de reserva y pueden someterse a esfuerzo sin perjudicarse, existe para ellos un trabajo importante que deben hacer, y que sólo ha comenzado después de haber presentado la verdad a la gente. Después siguen el predicar con el ejemplo, atender solícitamente a la gente, tratar de hacer bien a los demás, las conversaciones, las visitas a los hogares, el tener acceso a la condición mental y espiritual de los que escucharon su sermón, y comprenderla; además, debe exhortar a éste, reprochar a aquél y censurar a este otro, reconfortar a los afligidos, a los dolientes y a los desanimados. La mente debe estar libre de cansancio hasta donde eso sea posible, para que estén dispuestos a prestar servicio al instante, “que instes a tiempo y fuera de tiempo”. Deben obedecer la orden dada por el apóstol Pablo a Timoteo: “Ocúpate en estas cosas; permanece en ellas”. 1TI 416.1

Las responsabilidades de la obra descansan muy levemente sobre algunos. Piensan que su obra ha concluido cuando se alejan del púlpito. Es una carga visitar a la gente, como también lo es hablar; y la gente que realmente está deseosa de obtener todo el bien que hay para ellos, y que desean escuchar y aprender para poder ver todas las cosas claramente, no reciben beneficio ni satisfacción. Los ministros se excusan diciendo que están cansados, y sin embargo algunos de ellos agotan sus fuerzas preciosas y pasan su tiempo en trabajos que otros podrían realizar tan bien como ellos. Debieran preservar el vigor moral y físico para dar amplia prueba de su ministerio. 1TI 416.2

En todo lugar de importancia debiera haber un depósito de publicaciones. Y una persona que realmente aprecie la verdad debiera manifestar interés en poner esos libros en manos de todos los que quieran leer. La cosecha es abundante pero los obreros son pocos, y los escasos obreros de experiencia que ahora hay en el campo ya están suficientemente ocupados con la predicación mediante palabra y doctrina. Surgirán hombres que asegurarán que Dios les ha encomendado la tarea de predicar la verdad a otros. Hay que examinar y someter a prueba a todos ellos. No hay que aliviarlos de inmediato de todas sus preocupaciones económicas ni darles posiciones de responsabilidad; pero debe animárselos, si tienen méritos, a que den pruebas adecuadas de su ministerio. No conviene que tales personas entren en los trabajos de otros obreros. Que primero trabajen con alguien de experiencia y sabiduría, que pueda ver pronto si pueden ejercer una influencia capaz de salvar. Los predicadores jóvenes que nunca han sentido la fatiga producida por el trabajo ni experimentado exigencias sobre sus fuerzas mentales y físicas, no debieran ser animados a esperar que se los sostenga económicamente, en forma independiente de su trabajo físico, porque esto tan sólo los perjudicaría y sería una carnada para atraer a la obra a otros hombres que no comprenden las preocupaciones de la obra ni la responsabilidad que descansa sobre los ministros elegidos por Dios. Tales personas se sentirán facultadas para enseñar a otros cuando en realidad apenas han aprendido ellas mismas los primeros principios fundamentales. 1TI 416.3

Muchos que profesan la verdad no están santificados por ella y carecen de sabiduría; no están siendo conducidos ni enseñados por Dios. El pueblo de Dios, en general, tiene una mente mundana y se ha alejado de la sencillez del Evangelio. Esta es la causa de la gran falta de discernimiento espiritual que han manifestado en su relación con los ministros. Si un pastor predica con espontaneidad y franqueza, algunos lo alaban personalmente. En lugar de meditar en las verdades presentadas y de aprovecharlas, demostrando así que no son sólo oidores sino obradores de la palabra, lo exaltan al referirse a lo que ha hecho. Comentan acerca de las virtudes del pobre instrumento, pero olvidan a Cristo, que usó a ese instrumento. Desde la caída de Satanás, quien una vez fue un ángel de exaltada gloria, los ministros han caído por la exaltación de que se los ha hecho objeto. Observadores del sábado insensatos han complacido al diablo alabando a los ministros. ¿Sabían que estaban ayudando a Satanás en su obra? Se habrían alarmado si hubieran comprendido lo que estaban haciendo. Estaban enceguecidos y no actuaban siguiendo el consejo de Dios. Hago una advertencia definida contra la costumbre de alabar o adular a los ministros. He visto el mal, el terrible mal de esto. Nunca, nunca deben dirigirse alabanzas directamente a los ministros. Hay que exaltar a Dios y respetar siempre a un fiel ministro, y hay que comprender sus preocupaciones y aliviarlas si eso es posible; pero no se los alabe, porque Satanás está listo en su puesto de observación para hacer esa obra él mismo. 1TI 417.1

Los ministros no debieran utilizar la adulación ni hacer acepción de personas. Siempre ha existido, y todavía existe, gran peligro de equivocarse en esto, de hacer una pequeña diferencia con los ricos, o adularlos tributándoles atenciones especiales, si es que no se usan palabras. Existe el peligro de “admirar la personalidad de los hombres” con fines de ganancia, pero al hacerlo se ponen en peligro sus intereses eternos. El ministro puede ser el favorito especial de algún hombre rico, y éste puede ser muy liberal con él; eso complace al ministro y éste a su vez derrama alabanzas sobre la benevolencia de su donante. Es posible que su nombre aparezca impreso, y sin embargo ese donante liberal puede ser totalmente indigno del crédito que se le tributa. Su liberalidad no surgió de un profundo principio viviente que lo inducía a hacer el bien con su dinero, a hacer progresar la causa de Dios porque la apreciaba, sino que procedía de algún motivo egoísta, del deseo de ser considerado liberal. Puede haber dado en forma impulsiva sin que su liberalidad tuviera arraigo profundo en principios. Puede haberse sentido enternecido al escuchar una verdad conmovedora, la cual aflojó momentáneamente los cordones de su bolsa; y sin embargo su liberalidad carecía de profundidad de motivación. Da en forma irregular y su bolsa se abre espasmódicamente y se cierra con seguridad en la misma forma. No merece alabanza alguna, porque es, en todo el sentido de la palabra, un hombre tacaño, y a menos que se convierta totalmente, con su bolsa y todo, oirá la avergonzante denuncia: “¡Vamos ahora, ricos! Llorad y aullad por las miserias que os vendrán. Vuestras riquezas están podridas, y vuestras ropas están comidas de polilla”. Santiago 5:1. Estas personas finalmente despertarán de su horrible autoengaño. Aquellos que alabaron su liberalidad espasmódica ayudaron a Satanás a engañarlos y hacerles pensar que eran muy dadivosos, muy sacrificados, cuando en realidad desconocían los rudimentos de la liberalidad y la abnegación. 1TI 418.1

Algunos hombres y mujeres se convencen a sí mismos de que no consideran las cosas de este mundo de gran valor, sino que alaban la verdad y su progreso más que cualquier ganancia mundanal. Muchos despertarán finalmente y descubrirán que fueron engañados. Puede ser que una vez apreciaron la verdad, y los tesoros terrenales comparados con la verdad pueden haberles parecido sin valor; pero después de un tiempo, a medida que aumentaba su tesoro terrenal, se tornaron menos piadosos. Aunque tienen suficiente para vivir bien, todas sus acciones demuestran que distan mucho de estar satisfechos. Sus obras dan testimonio de que sus corazones están envueltos en sus riquezas terrenales. Ganancia, ganancia es su contraseña. Todos los miembros de su familia trabajan para lograr ese objetivo. Apenas dejan algún tiempo para dedicarlo a los ejercicios devocionales o la oración. Trabajan desde la mañana hasta la noche. Mujeres enfermas y niños débiles estimulan su extenuada ambición y utilizan la vitalidad y fuerza que poseen para alcanzar su objetivo, para ganar un poquito, para hacer un poquito más de dinero. Se encomian a sí mismos diciendo que lo están haciendo para ayudar a la causa de Dios. ¡Terrible engaño! Satanás mira y se ríe, porque sabe que están vendiendo alma y cuerpo por sus deseos de obtener ganancias. Presentan continuamente débiles excusas por venderse de ese modo para obtener ganancia. El dios de este mundo los ha enceguecido. Cristo los compró con su propia sangre; pero roban a Cristo, roban a Dios, se destrozan y son casi inútiles para la sociedad. 1TI 418.2

Dedican sólo poco tiempo al mejoramiento de la mente y a disfrutar en la sociedad y la familia. Son de escaso beneficio para los demás. Sus vidas son un terrible error. Los que abusan de sí mismos sienten que su vida de trabajo incansable merece alabanza. Se están destruyendo a sí mismos por su trabajo presuntuoso. Están perjudicando el templo de Dios al violar continuamente las leyes de su ser por medio del trabajo excesivo, y piensan que es una virtud. Cuando Dios les pida cuentas, cuando les pida los talentos que les prestó, con intereses, ¿qué dirán? ¿Qué excusa presentarán? Si fueran paganos que no saben nada del Dios viviente, y si su celo ciego e idólatra los hiciera arrojarse bajo el carro de Krishna [como hacen algunos adoradores hindúes], sus casos serían más tolerables. Pero tenían la luz, habían recibido una advertencia tras otra para que mantuvieran sus cuerpos, que Dios llama su templo, en el estado más saludable posible a fin de glorificarlo en sus cuerpos y espíritus, que le pertenecen. Despreciaron las enseñanzas de Cristo: “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haced tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón”. Mateo 6:19-21. Dejan que las preocupaciones mundanas los enreden. “Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición”. 1 Timoteo 6:9. Adoran su tesoro terrenal, así como el pagano ignorante adora a los ídolos. 1TI 419.1

Muchos se hacen la ilusión de que su deseo de obtener ganancias es para ayudar la causa de Dios. Algunos prometen que cuando hayan ganado cierta cantidad, entonces harán bien con ese dinero y promoverán la causa de la verdad presente. Pero una vez alcanzado ese objetivo no están más dispuestos a ayudar la causa que antes. Luego vuelven a prometer que después que compren esa casa deseable o un terreno y lo paguen, entonces harán mucho con su dinero para promover la obra de Dios. Pero una vez logrado el anhelo de su corazón, están mucho menos dispuestos que en los días de su pobreza a contribuir al adelanto de la obra de Dios. “La que cayó entre espinos, éstos son los que oyen, pero yéndose, son ahogados por los afanes y las riquezas y los placeres de la vida, y no llevan fruto”. Mateo 8:14. El engaño de las riquezas los conduce, paso a paso, hasta que pierden el amor por la verdad, y sin embargo continúan haciéndose la ilusión de que creen en ella. Aman el mundo y las cosas que están en el mundo, pero el amor a Dios o a la verdad no está en ellos. 1TI 420.1

Con el fin de ganar algo de dinero, muchos disponen sus negocios de tal manera que necesariamente imponen mucho trabajo duro a los que trabajan al aire libre y sobre sus familiares que lo hacen en la casa. Los huesos, músculos y cerebros de todos son recargados en extremo; deben realizar una gran cantidad de trabajo, y la excusa es que deben llevar a cabo todo lo que puedan hacer porque en caso contrario habrá pérdida, algo se malogrará. Hay que ahorrar en todo, no importa cuáles sean las consecuencias. ¿Qué han ganado los que proceden de este modo? Tal vez han conseguido mantener su capital y acrecentarlo. Pero por otra parte, ¿qué han perdido? Su capital de la salud, que es inapreciable tanto para los pobres como para los ricos, ha estado disminuyendo constantemente. La madre y los hijos han hecho giros repetidos sobre su cuenta de la salud, pensando que ese gasto extravagante nunca agotaría el capital, hasta que finalmente quedan sorprendidos al constatar que su vigor vital se ha agotado. No ha quedado nada para usar en caso de emergencia. La dulzura y felicidad de la vida son amargadas por intensos dolores y noches de insomnio. Ha desaparecido el vigor físico y mental. El esposo y padre, que por amor a las ganancias dispuso insensatamente sus asuntos comerciales, aunque fuera con la plena aprobación de la esposa y madre, como resultado puede tener que sepultar a la madre y a uno o más hijos. La salud y la vida fueron sacrificadas por amor al dinero. “Porque la raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores”. 1 Timoteo 6:10. 1TI 420.2

Hay una importante obra que los observadores del sábado deben realizar. Sus ojos deben ser abiertos para que vean la verdadera condición en que se encuentran, y además deben ser celosos y arrepentirse, porque si no lo hacen perderán la vida eterna. El espíritu del mundo se ha posesionado de ellos, y han caído cautivos de los poderes de las tinieblas. No prestan atención a la exhortación del apóstol Pablo: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”. Romanos 12:2. Un espíritu mundano, codicioso y egoísta predomina en la vida de muchos. Quienes lo poseen sólo buscan lo que satisface sus intereses personales. El hombre rico egoísta no se interesa en las cosas de sus vecinos, a menos que sea para descubrir cómo puede beneficiarse perjudicándolos. Los aspectos nobles y piadosos se dejan de lado y se sacrifican en aras de los intereses egoístas. El amor al dinero es la raíz de todos los males. Enceguece la visión e impide que la gente discierna sus obligaciones a Dios o al prójimo. 1TI 421.1

Algunos se consideran muy generosos porque a veces dan con abundancia a los ministros y para el progreso de la verdad. Pero estos hombres supuestamente liberales son mezquinos en sus transacciones y están listos a sacar ventaja de los demás. Tienen abundancia de las cosas de este mundo, y esto coloca sobre ellos grandes responsabilidades como administradores de Dios. Pero cuando tratan con un hermano pobre que se gana la vida trabajando diligentemente, son exigentes y le extraen hasta el último centavo. El hombre pobre saca la peor parte. El hombre rico exigente y astuto, en lugar de favorecer a su hermano pobre, toma toda la ventaja posible y acrecienta su riqueza acumulada mediante el infortunio del otro. Se enorgullece de su perspicacia, pero con su riqueza está amontonando sobre sí mismo una pesada maldición y colocando piedras de tropiezo en el camino de su hermano. Con su vileza y tacañería está limitando su capacidad de beneficiarlo con su influencia religiosa. Todo eso permanece en la memoria de aquel hermano pobre, y las acciones más fervientes y sus testimonios en apariencia llenos de fervor procedentes de los labios de su hermano rico, producirán únicamente una influencia apesadumbradora y odiosa. Lo considera hipócrita; surge así una raíz de amargura que contamina a muchos. El hombre pobre no puede olvidar la forma como el rico se aprovechó de él; tampoco puede olvidar que fue empujado hacia situaciones difíciles porque estaba dispuesto a llevar cargas, mientras que el hermano rico siempre tuvo a flor de labios una disculpa para no poner el hombro bajo la carga. Pero el hombre pobre puede estar tan imbuido con el espíritu de Cristo que perdona los abusos de su hermano rico. 1TI 421.2

Ciertamente que la dadivosidad noble y desinteresada se encuentra pocas veces entre los ricos. En su ambición por las riquezas se desentienden de las necesidades de la gente. No pueden ver ni sentir la condición miserable e inhumana en que viven sus hermanos pobres, quienes posiblemente han trabajado tan duramente como ellos mismos. Dicen lo mismo que Caín: “¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?” “He trabajado duramente para conseguir lo que tengo, así que debo conservarlo”. En lugar de orar: “Ayúdame a sentir la desgracia de mi hermano”, su preocupación constante es olvidar que éste tiene desgracias y derecho a su simpatía y liberalidad. 1TI 422.1

Muchos observadores del sábado que son ricos son culpables de abusar con los pobres. ¿Piensan ellos que Dios no ve sus pequeños actos de mezquindad? Si pudieran ser abiertos sus ojos verían que un ángel los sigue a todas partes anotando fielmente todas sus acciones en sus hogares y en sus lugares de trabajo. El Testigo Fiel sabe lo que hacen y declara: “Conozco tus obras”. Cuando vi este espíritu de fraude, de astucia y mezquindad que se advierte entre algunos observadores del sábado, lloré con angustia de espíritu. Este gran mal, esta terrible maldición está envolviendo a algunos del Israel de Dios en estos últimos días, convirtiéndolos en personas detestables hasta para los incrédulos que poseen un espíritu noble. Este es el pueblo que declara que está esperando la venida del Señor. 1TI 422.2

Hay hermanos pobres que no están libres de tentación. Son malos administradores, carecen de sabio juicio, desean obtener recursos sin pasar por el lento proceso de trabajo perseverante. Algunos tienen tanta prisa por mejorar su condición que se dedican a diversas empresas sin consultar a personas de buen juicio y experiencia. Sus expectativas pocas veces se convierten en realidad; pierden en lugar de ganar, y entonces surgen tentaciones y la tendencia a envidiar a los ricos. Quieren definidamente beneficiarse con las riquezas de sus hermanos y se exasperan porque no lo consiguen. Pero no son dignos de recibir ayuda especial. Poseen evidencia de que sus esfuerzos han sido dispersos e irregulares. Han sido inconstantes en sus negocios y han estado llenos de ansiedad y preocupaciones, lo cual produce escasas ganancias. Esas personas debieran escuchar el consejo de quienes tienen experiencia. Pero con frecuencia son los últimos en buscar consejo. Piensan que tienen un juicio superior, de modo que no quieren que nadie les enseñe. 1TI 422.3

Estos suelen ser los mismos que son engañados por esos ingeniosos y astutos traficantes en derechos de patentes, cuyo éxito depende de la práctica del arte de engañar. Estos hermanos deben aprender que nunca debieran confiar en esa clase de mercaderes. Pero los hermanos son crédulos con respecto a las mismas cosas que debieran sospechar y evitar. No practican la instrucción que el apóstol Pablo dio a Timoteo: “Pero gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento”. “Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto”. 1 Timoteo 6:6, 8. No dejemos que los pobres piensen que los ricos son los únicos que son codiciosos. Mientras los ricos retienen lo que poseen con una actitud de codicia, y procuran obtener más aún, los pobres corren grave peligro de codiciar las riquezas del rico. En nuestro país donde reina la abundancia, en realidad hay muy pocos que son verdaderamente pobres hasta el punto de necesitar ayuda. Si obraran en forma adecuada, en casi todos los casos podrían elevarse por encima de la necesidad. Mi exhortación para los ricos es: “Tratad liberalmente con vuestros hermanos pobres, y utilizad vuestros recursos para promover la causa de Dios. Los pobres dignos de ayuda, los que caen en la pobreza a causa del infortunio o la enfermedad, merecen vuestro cuidado y ayuda especial. “Finalmente, sed todos de un mismo sentir, compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos, amigables”. 1 Pedro 3:8. 1TI 423.1

Hombres y mujeres que profesáis santidad y esperáis la traslación al cielo sin ver la muerte, os amonesto a ser menos codiciosos de ganancias, menos preocupados de vosotros mismos. Redimid vuestra piadosa virilidad, vuestra noble femineidad, por medio de actos nobles de dadivosidad desinteresada. Despreciad sinceramente vuestro anterior espíritu de avaricia y recuperad la verdadera nobleza de alma. Según lo que Dios me ha mostrado, a menos que os arrepintáis de todo corazón, Cristo os vomitará de su boca. Los adventistas observadores del sábado pretenden ser seguidores de Cristo, pero las obras de muchos de ellos desmienten su profesión. “Por sus frutos los conoceréis”. No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos”. Mateo 7:16, 21. 1TI 423.2

Hago un llamamiento a todos los que profesan creer en la verdad, a considerar el carácter y la vida del Hijo de Dios. El es nuestro ejemplo. Su vida se caracterizó por su dadivosidad desinteresada. Las aflicciones humanas siempre lo conmovieron. Anduvo haciendo el bien. No existió un solo acto egoísta en toda su vida. Su amor por la humanidad caída, su deseo de salvar a la gente, eran tan grandes que tomó sobre sí la ira de su Padre y consintió en sufrir la penalidad de aquella transgresión que hundió al hombre culpable en la degradación. Llevó los pecados de la humanidad en su propio cuerpo. “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él”. 2 Corintios 5:21. 1TI 424.1

La auténtica generosidad con frecuencia es destruida por la prosperidad y las riquezas. Hombres y mujeres que pasan por situaciones de adversidad o que se encuentran en un estado de humilde pobreza a veces manifiestan un amor muy grande por la verdad e interés especial por la prosperidad de la causa de Dios y por la salvación de otras personas, y dicen lo que harían si tan sólo contaran con los recursos necesarios. Dios con frecuencia prueba a estas personas; las prospera, las bendice en sus empresas con más abundancia de la que ellos mismos esperaban. Pero sus corazones son engañosos. Sus buenas intenciones y promesas son inestables como la arena que corre. Cuanto más tienen, más desean. Cuanto más prosperan, tanto más ansiosos de obtener ganancias se ponen. Algunos de éstos, que en sus días de pobreza hasta fueron dadivosos, después se tornan tacaños y exigentes. El dinero se convierte en su dios. Se deleitan en el poder que el dinero les proporciona, en el honor que reciben a causa de él. El ángel dijo: “Advierte cómo soportan la prueba. Observa el desarrollo del carácter bajo la influencia de las riquezas”. Algunos eran opresivos con los pobres necesitados y contrataban sus servicios por el salario más bajo. Eran opresivos porque el dinero era poder para ellos. Vi que el ojo de Dios los observaba. Se habían engañado. “He aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra”. Apocalipsis 22:12. 1TI 424.2

Algunas personas ricas no dejan de dar para el ministerio. Practican su dadivosidad sistemática con exactitud y se enorgullecen de su puntualidad y generosidad, y piensan que allí termina su deber. Está bien que sean dadivosos, pero su deber no concluye ahí. Dios tiene derechos sobre ellos, que no comprenden; la sociedad tiene derechos sobre ellos y sus semejantes también los tienen; cada miembro de su familia tiene derechos sobre ellos. Todos estos derechos deben ser considerados, y no hay que desestimar ni descuidar ni uno solo. Algunas personas dan para el ministerio y dan a la tesorería casi con tanta satisfacción como si eso les abriera las puertas del cielo. Algunos piensan que no pueden hacer nada para ayudar la causa de Dios a menos que tengan constantemente cuantiosas ganancias. Creen que por ningún motivo deben tocar el capital. Si nuestro Salvador les dirigiera las mismas palabras que habló a cierto dirigente: “Anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme” (Mateo 19:21), se irían entristecidos porque elegirían, como lo hizo él, retener sus ídolos, sus riquezas, antes que desprenderse de ellas para asegurar un tesoro en el cielo. El dirigente afirmó que había guardado todos los mandamientos de Dios desde su juventud, y confiado en su fidelidad y justicia, y pensando que era perfecto, preguntó: “¿Qué más me falta?” Jesús de inmediato deshizo su sentido de seguridad al referirse a sus ídolos, sus posesiones. Tenía otros dioses delante del Señor, los que consideraba de mayor valor que la vida eterna. Le faltaba el amor supremo a Dios. Lo mismo sucede con algunos que profesan creer en la verdad. Piensan que son perfectos, suponen que nada les falta, cuando en realidad están lejos de la perfección y están apreciando ídolos que les cerrarán las puertas del cielo. 1TI 424.3

Muchos se compadecen de los esclavos del sur del país porque están obligados a trabajar, mientras la esclavitud existe en sus propias familias. Permiten que las madres y los hijos trabajen desde la mañana hasta la noche; no disfrutan de ningún momento de recreación. Les espera una interminable sucesión de trabajos que les son impuestos. Profesan ser seguidores de Cristo, ¿pero dónde está el tiempo que necesitan para meditar y orar, y obtener alimento para el intelecto, a fin de que la mente, con la que servimos a Dios, no quede enana en su desarrollo? Dios llama a cada uno a que utilice sus talentos que él le ha entregado para su gloria, y que los use para ganar a otros. Dios ha colocado sobre nosotros la obligación de ayudar a otros. Nuestra obra en beneficio de otros no habrá quedado terminada hasta que Cristo diga en el cielo: “Hecho está”. “El que es injusto, sea injusto todavía; y el que es inmundo, sea inmundo todavía; y el que es justo, practique la justicia todavía; y el que es santo, santifíquese todavía” Apocalipsis 22:11. 1TI 425.1

Muchas personas al parecer no tienen verdadero sentido de su responsabilidad ante Dios. Se requiere de ellos que se esfuercen por entrar por la puerta angosta, porque muchos tratarán de hacerlo y no podrán. El cielo requiere que también procuren inducir a otros a esforzarse por entrar por la puerta estrecha. Hay una obra que debe ser realizada por los jóvenes y los ancianos, y es trabajar fervientemente para salvar no sólo sus propias almas, sino también a otras personas. No hay nadie que dentro de su normalidad mental no ejerza alguna influencia. Al ser indiferentes emplean esa influencia para estorbar a la gente en su esfuerzo por entrar por la puerta estrecha; o bien mediante sus esfuerzos decididos, perseverantes e incansables los instan a esforzarse con diligencia a entrar por ella. Nadie ocupa una posición neutral, en la que no hace nada para animar a otros y no hace nada para estorbarlos. Cristo dijo: El que no recoge conmigo, esparce. Prestad atención, ancianos y jóvenes: estáis haciendo la obra de Cristo, para salvar almas, o bien la obra de Satanás, que consiste en conducirlas a la perdición. 1TI 426.1

Los jóvenes pueden ejercer una poderosa influencia si se despojan de su orgullo y su egoísmo, y si se dedican a Dios; pero en general no están dispuestos a llevar cargas por otros, sino que ellos mismos tienen que ser llevados. Ha llegado el tiempo cuando Dios requiere que se produzca un cambio en esta actitud. Llama a jóvenes y ancianos a que sean fervorosos y se arrepientan. Si continúan en su estado de tibieza, los vomitará de su boca. El Testigo Fiel dice: “Conozco tus obras”. Joven, señorita, tus obras son conocidas, ya sean buenas o malas. ¿Eres rico en buenas obras? Jesús viene a ti como consejero: “Yo te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas”. Apocalipsis 3:18. 1TI 426.2

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