Testimonios para la Iglesia, Tomo 5

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La confesión aceptable

“El que encubre sus pecados no prosperará, pero el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia”. Proverbios 28:13. 5TI 597.3

Las condiciones para obtener la misericordia son sencillas, justas y razonables. El Señor no requiere que hagamos alguna cosa penosa para que obtengamos el perdón del pecado. No es necesario que hagamos largos y fatigadores peregrinajes o dolorosas penitencias para encomendar nuestras almas al Dios del cielo o para expiar nuestra transgresión; pero el que confiesa su pecado y se aparta de él, hallará misericordia. Esta es una preciosa promesa, dada al hombre caído para animarlo a confiar en el Dios de amor y a buscar la vida eterna en su reino. 5TI 597.4

Leemos cómo Daniel, el profeta de Dios, era un hombre “muy amado” (Daniel 9:23) por el cielo. Ocupaba un puesto elevado en las cortes de Babilonia y sirvió y honró a Dios tanto en la prosperidad como en la adversidad y, sin embargo, se humilló a sí mismo y confesó su propio pecado y el pecado de su pueblo. Contristado de corazón, reconoció: “Hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos obrado perversamente, hemos sido rebeldes, y nos hemos apartado de tus mandamientos y de tus ordenanzas. No hemos obedecido a tus siervos los profetas, que en tu nombre hablaron a nuestros reyes, a nuestros príncipes, a nuestros padres y a todo el pueblo de la tierra. A tí, Señor, la justicia y a nosotros la vergüenza en el rostro, como en el día de hoy lleva todo hombre de Judá, los moradores de Jerusalén, y todo Israel, los de cerca y los de lejos, en todas las tierras adonde los has echado a causa de las rebeliones con que se rebelaron contra tí” Daniel 9:1-7. 5TI 598.1

Daniel no procuró excusarse a sí mismo o a su pueblo ante Dios; sino que en humildad y contrición de alma confesó la magnitud completa y el demérito de sus transgresiones, y defendió como justa la manera en que Dios actuó con una nación que había invalidado sus demandas y que no se beneficiaría con sus ruegos. 5TI 598.2

Hoy día hay una gran necesidad precisamente de un sincero y profundo arrepentimiento y confesión. Aquellos que no han humillado sus almas ante Dios en reconocimiento de su culpa, todavía no han cumplido la primera condición del arrepentimiento. Si aún no hemos experimentado ese arrepentimiento que sale del corazón y que tiene resultados permanentes, y no hemos confesado nuestro pecado con verdadera humillación del alma y quebrantamiento de espíritu, aborreciendo la iniquidad, no hemos nunca buscado verdaderamente el perdón de los pecados; y si nunca lo hemos buscado, nunca hemos encontrado la paz de Dios. La única razón porque no obtenemos la remisión de los pecados pasados es que no estamos dispuestos a subyugar nuestros altivos corazones y cumplir con las condiciones de la palabra de verdad. Se ha dado instrucción muy clara respecto a este asunto. 5TI 598.3

La confesión del pecado, sea pública o privada, debe ser de corazón y libremente expresada. No hay que imponérsela al pecador. No ha de llevarse a cabo de una manera liviana y descuidada, o extraerse a la fuerza de los que no tienen una verdadera conciencia del carácter aborrecible del pecado. La confesión que va mezclada con lágrimas y tristeza, que representa la efusión de lo más profundo del alma, encuentra el camino hacia el Dios de misericordia infinita. Dice el salmista: “Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu”. Salmos 34:18. 5TI 599.1

Hay demasiadas confesiones como las de Faraón cuando sufría los juicios de Dios. Reconoció su pecado para escapar de un castigo mayor, pero volvió a su desafío contra el cielo tan pronto como las plagas cesaron. La confesión de Balaam fue de carácter parecido. Lleno de terror por causa del ángel que obstruía su camino espada en mano, admitió su culpa por temor a perder la vida. No hubo un arrepentimiento genuino por el pecado, ninguna contrición, ningún cambio de propósito, ningún aborrecimiento del mal, y ningún valor o virtud en su confesión. Judas Iscariote, después de traicionar a su Señor, se fue adonde los sacerdotes, exclamando: “Yo he pecado entregando sangre inocente”. Mateo 27:4. Pero esta confesión no era de un carácter tal como para encomendarlo a la misericordia de Dios. Salió forzada de su alma culpable por un tremendo sentido de condenación y una horrenda expectación de juicio. Las consecuencias que le acarrearían, extrajeron este reconocimiento de su gran pecado. No hubo un lamento profundo y desgarrador dentro de su alma porque había entregado al Hijo de Dios para que fuese escarnecido, azotado y crucificado; porque había entregado al Santo de Israel en manos de hombres malvados y sin escrúpulos. Su confesión fue inspirada solamente por un corazón egoísta y entenebrecido. 5TI 599.2

Después que Adán y Eva habían participado del fruto prohibido, se llenaron de vergüenza y terror. Al principio, su único pensamiento era cómo excusar su pecado ante Dios y escapar la temible sentencia de muerte. Cuando el Señor le preguntó en cuanto a su pecado, Adán respondía atribuyéndole la culpa en parte a Dios y en parte a su compañera: “La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí”. La mujer le echó la culpa a la serpiente declarando: “La serpiente me engañó, y yo comí. Génesis 3:12, 13. ¿Por qué creaste la serpiente? ¿Por qué le permitiste entrar en el Edén?” Estas fueron las preguntas que se daban a entender en las excusas que ofrecieron por su pecado; de hecho, culpaban directamente a Dios por haber caído. El espíritu de la justificación propia se originó en el padre de las mentiras y se ha manifestado en todos los hijos e hijas de Adán. Esta clase de confesiones no son inspiradas por el divino Espíritu y no serán aceptables ante Dios. El verdadero arrepentimiento hará que el hombre sobrelleve su propia culpa y que la reconozca sin disimulo e hipocresía. Como el pobre publicano, que ni siquiera se atrevía a levantar sus ojos hacia el cielo, se golpeará el pecho y clamará: “Dios, sé propicio a mí, pecador” (Lucas 18:13); y los que reconocen su culpa serán justificados; porque Jesús presentará su sangre en favor del alma arrepentida 5TI 599.3

No constituye ninguna degradación para el hombre el inclinarse ante su Hacedor y confesar sus pecados, y rogar por el perdón a través de los méritos de un Salvador crucificado y resucitado. Es algo noble reconocer la maldad ante Aquel que ha sido herido por la transgresión y la rebelión. Es algo que nos eleva ante los hombres y los ángeles; porque “el que se humilla será enaltecido” Mateo 23:12. Pero el que se postra ante el hombre caído y se explaya confesando los pensamientos y las imaginaciones secretas de su corazón, se deshonra a sí mismo degradando su hombría y rebajando todo noble instinto de su alma. Al desplegar los pecados de su vida ante un sacerdote corrompido por el vino y el libertinaje, su norma de carácter se rebaja, y como resultado se contamina. Dios se degrada en su mente hasta asemejarse a la imagen de la humanidad pecaminosa, por cuanto el sacerdote está como representante de Dios. Es precisamente esta confesión degradante del hombre ante el hombre caído la que es responsable del mal creciente que está contaminando al mundo y preparándolo para la destrucción final. 5TI 600.1

Dice el apóstol: “Confesaos vuestras faltas unos a otros y orad unos por otros, para que seáis sanados”. Santiago 5:16. Este pasaje bíblico se ha interpretado para apoyar la práctica de ir a un sacerdote en busca de la absolución; pero no tiene tal aplicación. Confesad vuestros pecados ante Dios, quien es el único capaz de perdonarlos, y vuestras faltas unos a otros. Si habéis ofendido a un amigo o al prójimo, debéis reconocer vuestro delito, y es su deber perdonaros. Entonces habréis de procurar el perdón de Dios, porque el hermano a quien heristeis es la propiedad de Dios, y al herirle pecasteis contra su Creador y Redentor. El caso de ninguna manera se presenta ante el sacerdote, sino ante el único Mediador, nuestro Sumo Sacerdote, quien fue “tentado en todo punto, pero sin pecado”, y quien “puede compadecerse de nuestras enfermedades” (Hebreos 4:15) y puede limpiarnos de toda mancha de iniquidad. 5TI 600.2

Cuando David pecó contra Urías y su mujer, clamó a Dios por el perdón. El declara: “Contra ti, contra ti solo he pecado, y hecho lo que es malo delante de tus ojos” Salmos 51:4. Todo el mal que se haya cometido contra los demás se extiende desde el injuriado hasta Dios. Por lo tanto, David procura el perdón, no de parte de un sacerdote, sino del Creador del hombre. El ora así: “Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a la multitud de tus piedades borra mis delitos”. vers. 1. 5TI 601.1

La verdadera confesión es siempre de carácter específico y reconoce pecados particulares. Pueden ser de tal naturaleza que deben ser presentados solamente ante Dios, pueden ser ofensas que se deben confesar a individuos que han sido dañados por causa de ellos, o pueden ser de tipo general que deben ser presentados ante el pueblo. Pero toda confesión debe ser definida y al punto, reconociendo los pecados mismos de que sois culpables. 5TI 601.2

Cuando Israel estaba siendo oprimido por los amonitas, el pueblo escogido hizo un ruego ante Dios que ilustra el carácter definido de la confesión: “Entonces los hijos de Israel clamaron a Jehová, diciendo: Nosotros hemos pecado contra ti; porque hemos dejado a nuestro Dios, y servido a los baales. Y Jehová respondió a los hijos de Israel: ¿No habéis sido oprimidos de Egipto, de los amorreos, de los amonitas, de los filisteos ...? Mas vosotros me habéis dejado y habéis servido a dioses ajenos, por tanto, yo no os libraré más. Andad y clamad a los dioses que os habéis elegido; que os libren ellos en el tiempo de vuestra aflicción. Y los hijos de Israel respondieron a Jehová: Hemos pecado, haz tú con nosotros como bien te parezca; sólo te rogamos que nos libres en este día. Y quitaron de entre sí los dioses ajenos, y sirvieron a Jehová; y él fue movido a compasión a causa del sufrimiento de Israel”. Jueces 10:10-17. 5TI 601.3

La confesión no será aceptable ante Dios sin un arrepentimiento y reforma sinceros. Han de haber cambios decididos en la vida; todo lo que ofende a Dios ha de ser puesto a un lado. Este será el resultado de una tristeza genuina por el pecado. Pablo, refiriéndose a la obra del arrepentimiento dice: “Porque he aquí, esto mismo de que hayáis sido contristados según Dios, ¡qué solicitud produjo en vosotros, qué defensa, qué indignación, qué temor, qué ardiente afecto, qué celo, y qué vindicación! En todo os habéis mostrado limpios en el asunto”. 2 Corintios 7:11. 5TI 602.1

En los días de Samuel, los israelitas se apartaron de Dios. Sufrían las consecuencias del pecado por cuanto habían perdido su fe en Dios, perdido el discernimiento de su poder y sabiduría en el gobierno de la nación, perdido su confianza en su capacidad de defender y vindicar su causa. Se apartaron del gran Gobernador del universo y desearon ser gobernados al estilo de las naciones circunvecinas. Antes de encontrar la paz, hicieron esta confesión definida: “A todos nuestros pecados hemos añadido este mal de pedir rey para nosotros”. 1 Samuel 12:19. El mismo pecado del cual se convencieron tuvo que ser confesado. Su ingratitud oprimía sus almas y los desvinculaba de Dios. 5TI 602.2

Cuando el pecado ha adormecido las percepciones morales, el malhechor no discierne los defectos de su carácter ni se da cuenta de la enormidad del mal que ha cometido; y, a menos que se rinda al poder convincente del Espíritu Santo, permanecerá en una ceguera parcial con respecto a su pecado. Sus confesiones no son sinceras y fervorosas. A cada reconocimiento de su culpa añade una disculpa para excusar su proceder, declarando que si no hubiese sido por ciertas circunstancias, no hubiera hecho esto o aquello, por lo que ahora es reprendido. Pero los ejemplos de verdadero arrepentimiento y humillación dados en la Palabra de Dios revelan un espíritu de confesión en el cual no hay ninguna excusa por el pecado ni ningún esfuerzo por justificarse a sí mismo. 5TI 602.3

Pablo no procuró escudarse, sino que pintó su pecado en los tonos más oscuros, sin intentar aminorar su culpa. Dice: “Yo encerré en cárceles a muchos de los santos, habiendo recibido poderes de los principales sacerdotes; y cuando los mataban, yo di mi voto. Y muchas veces, castigándolos en todas las sinagogas, los forzaba a blasfemar; y enfurecido sobremanera contra ellos, los perseguía hasta en las ciudades extranjeras”. Hechos 26:10, 11. No vacila al declarar que “Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero”. 1 Timoteo 1:15. 5TI 602.4

El corazón humillado y contrito, doblegado por el arrepentimiento genuino, podrá apreciar un poco el amor de Dios y el costo del Calvario; y de la misma manera como un hijo confiesa ante un padre amoroso, el que está verdaderamente arrepentido presentará todos sus pecados ante Dios. Y escrito está: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”. 1 Juan 1:9. 5TI 603.1

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