Obreros Evangélicos

71/234

Como agudas saetas

Las palabras de Cristo eran como agudas saetas, que iban al blanco y herían los corazones de sus oyentes. Cada vez que se dirigía a la gente, fuese su auditorio grande o pequeño, sus palabras tenían efecto salvador sobre el alma de alguno. Ningún mensaje que pronunciasen sus labios se perdía. Cada palabra suya imponía una nueva responsabilidad a los que la oían. Y hoy día los predicadores que dan el último mensaje de misericordia al mundo con toda sinceridad, fiando en que Dios les dará fuerza para hacerlo, no necesitan temer que sus esfuerzos resulten vanos. Aunque ningún ojo humano pueda ver la trayectoria de la saeta de verdad, ¿quién puede decir que ella no dió en el blanco, y atravesó el alma de aquellos que escucharon? Aunque ningún oído humano oyó el clamor del alma herida, la verdad penetró silenciosamente en el corazón. Dios habló al alma; y en el día del ajuste final de cuentas, sus fieles ministros se presentarán con los trofeos de la gracia redentora, para dar honor a Cristo. OE 157.2

Nadie puede decir cuánto se pierde por intentar predicar sin la unción del Espíritu Santo. En toda congregación hay almas que vacilan, casi decididas a entregarse completamente a Dios. Se hacen decisiones; pero demasiado a menudo el predicador no tiene el espíritu y poder del mensaje, y no hace llamados directos a los que están temblando en la balanza. OE 157.3

En esta época de tinieblas morales, se requerirá algo más que una árida teoría para conmover las almas. Los predicadores deben estar en viva conexión con Dios. Al predicar deben hacer ver que creen lo que dicen. Las verdades vivientes que salgan de los labios del hombre de Dios, harán temblar a los pecadores, y clamar a los convencidos: Jehová es mi Dios; estoy resuelto a estar enteramente del lado del Señor. OE 158.1

Nunca debe el mensajero de Dios cesar de luchar por más luz y poder. Debe proseguir trabajando, orando, esperando, en medio del desaliento y las tinieblas, resuelto a obtener un cabal conocimiento de las Escrituras y a no quedarse atrasado en ningún don. Mientras haya un alma que beneficiar, debe proseguir hacia adelante con nuevo valor en todo esfuerzo. Puesto que Jesús dijo: “No te desampararé, ni te dejaré,”7 mientras que la corona de justicia sea ofrecida al vencedor, mientras que nuestro Abogado interceda por el pecador, los ministros de Cristo deben trabajar con energía incansable y llena de esperanza, y fe perseverante. OE 158.2

Los hombres que asumen la responsabilidad de dar al pueblo la palabra hablada por Dios, se hacen también responsables de la influencia que ejercen sobre sus oyentes. Si son verdaderos hombres de Dios, sabrán que la predicación no tiene por objeto entretener ni meramente impartir información, o convencer el intelecto. OE 158.3

La predicación de la palabra debe dirigirse al intelecto e impartir conocimiento, pero debe hacer algo más que esto. Las expresiones del predicador, para ser eficaces, deben alcanzar los corazones de sus oyentes. No debe introducir historias divertidas en su predicación. Debe esforzarse por comprender la gran necesidad y los intensos anhelos del alma. Al presentarse ante su congregación, recuerde él que hay entre sus oyentes quienes luchan con la duda, casi desesperados; quienes, constantemente acosados por la tentación, están peleando una fiera batalla con el adversario de las almas. Pida él al Salvador palabras que fortalezcan a estas almas para el conflicto contra el mal. OE 158.4

*****

Al tratar de corregir o reformar a los demás, debemos cuidar nuestras palabras. Serán un sabor de vida para vida, o de muerte para muerte. Al dar reprensiones o consejos, muchos se permiten hablar mordaz y severamente, palabras no apropiadas para sanar el alma herida. Por estas expresiones imprudentes se crea un espíritu receloso, y a menudo los que yerran se sienten impulsados a la rebelión. OE 159.1

Todos los que defienden los principios de la verdad necesitan recibir el celestial aceite del amor. En todas las circunstancias la reprensión debe ser hecha con amor. Entonces nuestras palabras reformarán, sin exasperar. Cristo suplirá por su Espíritu Santo la fuerza y el poder. Esta es su obra. OE 159.2