Obreros Evangélicos

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Los agentes terapéuticos

Aquellos que buscan la curación por la oración no deben descuidar el empleo de los agentes terapéuticos que estén a su alcance. No es negación de la fe el empleo de los remedios que Dios proveyó para aliviar el dolor y ayudar a la naturaleza en su trabajo de restauración. No es negación de la fe el cooperar con Dios, y ponernos en la condición más favorable para el restablecimiento. Dios nos ha habilitado para obtener conocimiento de las leyes de la vida. Este conocimiento ha sido puesto a nuestro alcance para que lo usemos. Debemos emplear toda facilidad provista para recuperar la salud, aprovechar toda ventaja posible y trabajar en armonía con las leyes naturales. Cuando hemos orado por el restablecimiento de los enfermos podemos trabajar con energía tanto mayor, dando gracias a Dios por el privilegio de cooperar con él, y pidiendo su bendición sobre los medios que él mismo proveyó. OE 232.2

Tenemos la sanción de la Palabra de Dios para el empleo de agentes terapéuticos. Ezequías, rey de Israel, enfermó una vez, y un profeta de Dios le trajo el mensaje de que iba a morir. El clamó al Señor, y el Señor oyó a su siervo, y le avisó que quince años serían añadidos a su vida. Ahora bien, una palabra de Dios habría sanado instantáneamente a Ezequías; pero fueron dadas instrucciones especiales en estas palabras: “Tomen masa de higos, y pónganla en la llaga, y sanará.”10 OE 232.3

En cierta ocasión Cristo ungió los ojos de un ciego con barro, y le ordenó: “Ve, lávate en el estanque de Siloé.... Y fué entonces, y lavóse, y volvió viendo.”11 La curación podía efectuarse únicamente por el poder del gran Sanador, y sin embargo, Cristo empleó los sencillos agentes de la naturaleza. Aunque no abogó por la medicación con drogas, sancionó el empleo de remedios sencillos y naturales. OE 233.1

Cuando hayamos orado por el restablecimiento de los enfermos, cualquiera que sea el resultado del caso, no perdamos la fe en Dios. Si somos llamados a afrontar el duelo, aceptemos el amargo cáliz, recordando que la mano de un Padre lo acerca a nuestros labios. Pero si él devuelve la salud, no hay que olvidar que aquel que recibió la merced sanadora se halla bajo renovadas obligaciones para con el Creador. Cuando los diez leprosos fueron purificados, uno solo volvió para ver a Jesús y darle gloria. No sea ninguno de nosotros como los nueve olvidadizos, cuyos corazones no fueron conmovidos por la misericordia de Dios. “Toda buena dádiva y todo don perfecto es de lo alto, que desciende del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación.”12The Ministry of Healing, 227-233. OE 233.2