Los Hechos de los Apóstoles

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Capítulo 20—Pablo exalta la cruz

Este capítulo está basado en Hechos 15:36-41; 16:1-6.

Después de trabajar algún tiempo en Antioquía, Pablo propuso a su colaborador que emprendieran otro viaje misionero. “Volvamos a visitar—le dijo a Bernabé—a los hermanos de todas las ciudades en las cuales hemos anunciado la palabra del Señor, cómo están.” HAp 164.1

Pablo y Bernabé recordaban con ternura a aquellos que recientemente habían aceptado el mensaje evangélico bajo su ministerio, y anhelaban verlos una vez más. Pablo nunca perdió esta solicitud. Aun cuando se hallaba en distantes campos misioneros, lejos del escenario de sus labores anteriores, conservaba en el corazón la preocupación de instar a esos conversos a permanecer fieles, “perfeccionando la santificación en temor de Dios.” 2 Corintios 7:1. Constantemente trataba de ayudarles a ser cristianos que tuvieran confianza propia y creciesen, a ser fuertes en la fe, ardientes en celo, y cabales en su consagración a Dios y a la tarea de hacer progresar su reino. HAp 164.2

Bernabé estaba dispuesto a ir con Pablo, pero deseaba llevar consigo a Marcos, quien había decidido de nuevo consagrarse al ministerio. Pablo se opuso a esto. “No le parecía bien llevar consigo” a uno que durante su primer viaje misionero los había abandonado en tiempo de necesidad. No estaba inclinado a excusar la debilidad manifestada por Marcos al abandonar la obra en procura de la seguridad y las comodidades del hogar. Recalcaba que uno con tan poca fibra era inapto para un trabajo que requería paciencia, abnegación, valor, devoción, fe y disposición a sacrificar, si fuera necesario, hasta la vida misma. Tan áspera fué la disputa, que Pablo y Bernabé se separaron, siguiendo el último sus convicciones y llevando consigo a Marcos. “Bernabé tomando a Marcos, navegó a Cipro. Y Pablo escogiendo a Silas, partió encomendado de los hermanos a la gracia del Señor.” HAp 164.3

Viajando a través de Siria y Cilicia, donde corroboraron las iglesias, Pablo y Silas llegaron al fin a Derbe y Listra en la provincia de Licaonia. Era en Listra donde Pablo había sido apedreado; sin embargo, lo encontramos de nuevo en el escenario de su anterior peligro. Estaba ansioso de ver cómo soportaban las pruebas aquellos que habían aceptado el Evangelio mediante sus labores. No se chasqueó; porque descubrió que los creyentes de Listra habían permanecido firmes frente a una violenta oposición. HAp 165.1

Allí Pablo se encontró de nuevo con Timoteo, quien había sido testigo de sus sufrimientos al fin de su primera visita a Listra, y en cuya mente la impresión hecha entonces se había ahondado con el correr del tiempo hasta convencerlo de que era su deber entregarse plenamente a la obra del ministerio. Su corazón estaba unido al de Pablo, y anhelaba compartir las labores del apóstol ayudando como pudiera. HAp 165.2

Silas, el compañero de labor de Pablo, era un obrero probado, dotado con el espíritu de profecía; pero la obra que debía hacerse era tan grande, que se necesitaba preparar más obreros para el servicio activo. En Timoteo, Pablo vió uno que comprendía la santidad de la obra del ministerio; uno que no desmayaba frente al sufrimiento y la persecución; y que estaba dispuesto a ser enseñado. Sin embargo, el apóstol no se atrevió a asumir la responsabilidad de darle a Timoteo, un joven inexperto, una preparación en el ministerio evangélico, sin satisfacerse antes plenamente respecto a su carácter y su vida. HAp 165.3

El padre de Timoteo era griego y su madre judía. Desde la niñez había conocido las Escrituras. La piedad que vió en su vida de hogar era sana y cuerda. La fe de su madre y de su abuela en los oráculos sagrados era para él un constante recuerdo de la bendición que acarrea el hacer la voluntad de Dios. La Palabra de Dios era la regla por la cual esas dos piadosas mujeres habían guiado a Timoteo. El poder espiritual de las lecciones que había recibido de ellas conservó puro su lenguaje y evitó que le contaminaran las malas influencias que le rodeaban. Así las que le instruyeron en el hogar habían cooperado con Dios en prepararlo para llevar responsabilidades. HAp 165.4

Pablo vió a Timoteo fiel, firme y sincero, y le escogió como compañero de labor y de viaje. Las que habían enseñado a Timoteo en su infancia fueron recompensadas viendo al hijo de su cuidado unido en estrecho compañerismo con el gran apóstol. Timoteo era sólo un joven cuando fué escogido por Dios como maestro; pero sus principios habían sido tan bien establecidos por su primera educación que era digno del puesto de ayudante de Pablo. Y aunque joven, llevó sus responsabilidades con mansedumbre cristiana. HAp 166.1

Como medida de precaución, Pablo aconsejó prudentemente a Timoteo que se circuncidase, no porque Dios lo requiriese, sino para eliminar del pensamiento de los judíos algo que pudiera llegar a ser una objeción contra el ministerio de Timoteo. En su obra, Pablo había de viajar de ciudad en ciudad, en muchas tierras, y con frecuencia tenía oportunidad de predicar a Cristo en las sinagogas de los judíos, como también en otros lugares de reunión. Si llegaban a saber que uno de sus compañeros era incircunciso, su obra quedaría grandemente estorbada por los prejuicios y el fanatismo de los judíos. Por doquiera el apóstol afrontaba resuelta oposición y severa persecución. Deseaba impartir a sus hermanos judíos, tanto como a los gentiles, el conocimiento del Evangelio; y por eso procuraba, en la medida consecuente con su fe, quitar todo pretexto de oposición. Sin embargo, mientras condescendía así con el prejuicio judío, creía y enseñaba que la circuncisión y la incircuncisión nada eran, y que el Evangelio de Cristo era todo. HAp 166.2

Pablo amaba a Timoteo, su “hijo en la fe.” 1 Timoteo 1:2. El gran apóstol sondeaba a menudo al discípulo más joven, preguntándole en cuanto a la historia bíblica; y al viajar de lugar en lugar, le enseñaba cuidadosamente cómo trabajar con éxito. Pablo y Silas, en toda su asociación con Timoteo, trataban de ahondar la impresión ya hecha en su mente, de la sagrada y seria naturaleza de la obra del ministro evangélico. HAp 166.3

En su trabajo, Timoteo buscaba constantemente el consejo y la instrucción de Pablo. No actuaba por impulso, sino con reflexión y serenidad, preguntando a cada paso: ¿Es éste el camino del Señor? El Espíritu Santo encontraba en él uno que podía ser amoldado y modelado como un templo para la morada de la divina Presencia. HAp 167.1

Las lecciones de la Biblia, al entretejerse en la vida diaria, tienen una profunda y perdurable influencia en el carácter. Estas lecciones las aprendía y practicaba Timoteo. No tenía talentos especialmente brillantes; pero su trabajo era valioso porque usaba en el servicio del Señor las capacidades que Dios le daba. Su conocimiento de la piedad experimental le distinguía de otros creyentes, y le daba influencia. HAp 167.2

Los que trabajan por las almas deben obtener un conocimiento más profundo, más pleno y más claro de Dios que el que se puede adquirir mediante un esfuerzo ordinario. Deben poner todas sus energías en la obra del Señor. Están ocupados en una alta y sagrada vocación, y si ganan almas como salario, deben asirse firmemente de Dios, y recibir diariamente gracia y poder de la Fuente de toda bendición. “Porque la gracia de Dios que trae salvación a todos los hombres, se manifestó, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo templada, y justa, y píamente, esperando aquella esperanza bienaventurada, y la manifestación gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo, que se dió a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad, y limpiar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras.” Tito 2:11-14. HAp 167.3

Antes de penetrar en nuevos territorios, Pablo y sus compañeros visitaron las iglesias que habían sido establecidas en Pisidia y en las regiones circundantes. “Como pasaban por las ciudades, les daban que guardasen los decretos que habían sido determinados por los apóstoles y los ancianos que estaban en Jerusalem. Así que, las iglesias eran confirmadas en fe, y eran aumentadas en número cada día.” HAp 167.4

El apóstol Pablo sentía una profunda responsabilidad por los que se convertían por sus labores. Por encima de todas las cosas, anhelaba que fueran fieles, “para que yo pueda gloriarme en el día de Cristo—decía,—que no he corrido en vano, ni trabajado en vano.” Filipenses 2:6. Temblaba por el resultado de su ministerio. Sentía que hasta su propia salvación podría estar en peligro si no cumpliera su deber y la iglesia no cooperase con él en la obra de salvar almas. Sabía que la sola predicación no bastaba para enseñar a los creyentes a proclamar la palabra de vida. Sabía que línea sobre línea, precepto sobre precepto, un poquito aquí y otro poquito allí, debían ser enseñados a progresar en la obra de Cristo. HAp 168.1

Es un principio universal que cuando quiera que uno se niegue a usar las facultades que Dios le da, éstas decaen y mueren. La verdad que no se vive, que no se imparte, pierde su poder vivificante, su virtud sanadora. De aquí el temor del apóstol Pablo de que no presentase a todo hombre perfecto en Cristo. La esperanza de Pablo de entrar en el cielo se obscurecía cuando contemplaba cualquier fracaso suyo que diera a la iglesia el molde humano en lugar del divino. Su conocimiento, su elocuencia, sus milagros, su visión de las escenas eternas obtenidas en el tercer cielo,—todo sería inútil si por la infidelidad en su obra aquellos por quienes trabajaba cayeran de la gracia de Dios. Y así, de viva voz y por carta, rogaba a aquellos que habían aceptado a Cristo que siguiesen una conducta que los habilitara para ser “irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin culpa en medio de la nación maligna y perversa, ... como luminares en el mundo; reteniendo la palabra de vida.” Filipenses 2:15, 16. HAp 168.2

Todo verdadero ministro siente una pesada responsabilidad por el progreso espiritual de los creyentes confiados a su cuidado, un anhelante deseo de que sean colaboradores de Dios. Comprende que del fiel cumplimiento del trabajo que Dios le da depende en gran medida el bienestar de la iglesia. Trata ardiente e incansablemente de inspirar en los creyentes el deseo de ganar almas para Cristo, recordando que todo el que se añade a la iglesia debería ser un agente más para el cumplimiento del plan de la redención. HAp 168.3

Habiendo visitado las iglesias de Pisidia y de la región vecina, Pablo y Silas, con Timoteo, penetraron en “Frigia y la provincia de Galacia,” donde proclamaron con gran poder las buenas nuevas de la salvación. Los Gálatas eran idólatras, pero cuando los apóstoles les predicaron, se gozaron en el mensaje que les prometía libertad de la servidumbre del pecado. Pablo y sus colaboradores proclamaron la doctrina de la justicia por la fe en el sacrificio expiatorio de Cristo. Presentaban a Cristo como Aquel que, al ver la impotente condición de la especie caída, vino a redimir a los hombres y mujeres viviendo una vida de obediencia a la ley de Dios y pagando la penalidad de la desobediencia. Y a la luz de la cruz, muchos que nunca habían conocido antes al Dios verdadero empezaron a comprender la grandeza del amor del Padre. HAp 169.1

Así se les enseñaron a los Gálatas las verdades fundamentales concernientes a “Dios el Padre,” y a “nuestro Señor Jesucristo, el cual se dió a sí mismo por nuestros pecados para librarnos de este presente siglo malo, conforme a la voluntad de Dios y Padre nuestro.” “Por el oír de la fe,” recibieron el Espíritu de Dios, y llegaron a ser “hijos de Dios por la fe en Cristo.” Gálatas 1:3, 4; 3:2, 26. HAp 169.2

Pablo vivió de tal manera entre los Gálatas que pudo decir más tarde: “Os ruego, sed como yo.” Gálatas 4:12. Sus labios habían sido tocados con un carbón encendido del altar, y fué habilitado para sobreponerse a las debilidades corporales y presentar a Jesús como la única esperanza del pecador. Los que lo oían sabían que había estado con Jesús. Dotado de poder de lo alto, era capaz de comparar lo espiritual con lo espiritual, y de derribar las fortalezas de Satanás. Los corazones eran quebrantados por la presentación del amor de Dios, como estaba revelado en el sacrificio de su Hijo unigénito, y muchos eran inducidos a preguntar: ¿Qué debo hacer para ser salvo? HAp 169.3

Este método de presentar el Evangelio caracterizaba las labores del apóstol en el curso de todo su ministerio entre los gentiles. Siempre conservaba ante ellos la cruz del Calvario. “No nos predicamos a nosotros mismos—declaró en los últimos años de su vida,—sino a Jesucristo, el Señor; y nosotros vuestros siervos por Jesús. Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo.” 2 Corintios 4:5, 6. HAp 170.1

Los consagrados mensajeros que en los primeros días del cristianismo llevaron a un mundo moribundo las alegres nuevas de la salvación, no permitían que ningún pensamiento de exaltación propia echara a perder su presentación de Cristo el crucificado. No codiciaban ninguna autoridad ni preeminencia. Escondiéndose en el Salvador, exaltaban el gran plan de la salvación, y la vida de Cristo, el autor y consumador de este plan, Cristo, el mismo ayer, hoy, y para siempre, era la nota tónica de su enseñanza. HAp 170.2

Si los que hoy enseñan la Palabra de Dios elevaran más y más la cruz de Cristo, su ministerio tendría mucho más éxito. Si los pecadores pudieran ser inducidos a dirigir una ferviente mirada a la cruz, y pudieran obtener una visión plena del Salvador crucificado, comprenderían la profundidad de la compasión de Dios y la pecaminosidad del pecado. HAp 170.3

La muerte de Cristo demuestra el gran amor de Dios por el hombre. Es nuestra garantía de salvación. Quitarle al cristiano la cruz sería como borrar del cielo el sol. La cruz nos acerca a Dios, y nos reconcilia con él. Con la perdonadora compasión del amor de un padre, Jehová contempla los sufrimientos que su Hijo soportó con el fin de salvar de la muerte eterna a la familia humana, y nos acepta en el Amado. HAp 170.4

Sin la cruz, el hombre no podría unirse con el Padre. De ella depende toda nuestra esperanza. De ella emana la luz del amor del Salvador; y cuando al pie de la cruz el pecador mira al que murió para salvarle, puede regocijarse con pleno gozo; porque sus pecados son perdonados. Al postrarse con fe junto a la cruz, alcanza el más alto lugar que pueda alcanzar el hombre. HAp 171.1

Mediante la cruz podemos saber que el Padre celestial nos ama con un amor infinito. ¿Debemos maravillarnos de que Pablo exclamara: “Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo”? Gálatas 6:14. Es también nuestro privilegio gloriarnos en la cruz, entregarnos completamente a Aquel que se entregó por nosotros, Entonces, con la luz que irradia del Calvario brillando en nuestros rostros, podemos salir para revelar esta luz a los que están en tinieblas. HAp 171.2