La Historia de la Redención

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Capítulo 62—La recompensa de los santos

Vi después un gran número de ángeles que traían de la ciudad brillantes coronas, una para cada santo, con el nombre de cada uno escrito en ellas. Cuando Cristo pidió las coronas, los ángeles se las trajeron, y con su propia diestra el amable Jesús ciñó con ellas la frente de los santos. De la misma manera los ángeles trajeron arpas, y el Señor se las dio a los redimidos. Los ángeles directores dieron primero el tono, y luego toda voz se elevó en agradecida y feliz alabanza, y todas las manos pulsaron hábilmente las cuerdas de las arpas y dejaron oír una música melodiosa que se desgranaba en ricos y perfectos acordes. HR 433.1

Después vi que Jesús conducía a los redimidos a la puerta de la ciudad. La asió y la hizo girar sobre sus resplandecientes goznes, y ordenó que entraran las naciones que habían guardado la verdad. Dentro de la ciudad había de todo lo que podía agradar a la vista. Por todas partes podían ver gloria en abundancia. El Señor miró entonces a sus santos redimidos cuyos semblantes irradiaban luz, y fijando en ellos su mirada bondadosa les dijo con voz rica y musical: “Veo el trabajo de mi alma, y estoy satisfecho. Vuestra es esta excelsa gloria para que la disfrutéis eternamente. Terminaron vuestros pesares. No habrá más muerte, ni llanto ni pesar, ni habrá más dolor”. Vi que la hueste de los redimidos se postró y depositó sus brillantes coronas a los pies de Jesús; y cuando su bondadosa mano los puso de pie, pulsaron sus áureas arpas y llenaron el cielo con su deleitosa música y sus himnos al Cordero. HR 433.2

Vi luego que Jesús conducía a su pueblo al árbol de la vida, y nuevamente oímos que su hermosa voz, más sonora que cualquier música escuchada alguna vez por oídos mortales, decía entonces: “Las hojas de este árbol son para la sanidad de las naciones. Comed todos de él”. En el árbol de la vida había hermosísimos frutos, de los cuales los santos podían servirse libremente. En la ciudad había un trono sumamamente glorioso, del que manaba un río puro de agua viva, clara como el cristal. A cada lado del río estaba el árbol de la vida, y en las márgenes había otros hermosos árboles que daban frutos buenos para comer. HR 434.1

Las palabras son demasiado pobres para intentar una descripción del cielo. Cuando la escena aparece delante de mí, me abruma el asombro. Arrobada por ese resplandor insuperable y esa excelsa gloria, dejo caer la pluma y exclamo: “¡Oh, qué amor, qué maravilloso amor!” Las palabras más sublimes no alcanzan a describir la gloria del cielo ni las incomparables profundidades del amor del Salvador. HR 434.2