Servicio Cristiano

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Templados

Ojalá que todo hijo de Dios sintiera la impresión de la necesidad que hay de ser templado en el comer, en el vestir, y en el trabajo, a fin de que pudiera hacer mejor obra para la causa de Dios. Cuando el obrero ha estado bajo la presión del trabajo y los cuidados, y está cansado mental y físicamente, ha de volverse y descansar por un tiempo, no por mera complacencia propia, sino para que pueda prepararse mejor para los deberes futuros. Tenemos un enemigo vigilante, que está siempre tras nuestras huellas para sacar ventaja de cada debilidad y hacer así que sus tentaciones sean eficaces para el mal. Cuando la mente se ha esforzado demasiado y el cuerpo está debilitado, él lo aprovecha y abruma el alma con sus más fieras tentaciones, hasta causar la ruina del hijo de Dios. Economice el obrero de Dios cuidadosamente sus fuerzas; y cuando se halle fatigado por las tareas que descansan sobre él, apártese, descanse y tenga comunión con Jesús.—The Review and Herald, 14 de noviembre de 1893. SC 306.4

El uso indebido de nuestras facultades físicas acorta el período de tiempo en el cual nuestras vidas pueden ser usadas para la gloria de Dios. Y ello nos incapacita para realizar la obra que Dios nos ha dado para hacer. Al permitirnos formar malos hábitos, acostándonos a horas avanzadas, complaciendo el apetito a expensas de la salud, colocamos los cimientos de nuestra debilidad. Descuidando el ejercicio físico, cansando demasiado la mente o el cuerpo, desequilibramos el sistema nervioso. Los que así acortan su vida y se incapacitan para el servicio al no tener en cuenta las leyes naturales, son culpables de estar robando a Dios. Y están robando también a sus semejantes. La oportunidad de bendecir a otros—la misma obra para la cual Dios los envió al mundo—, ha sido estorbada por su propia conducta. Y se han incapacitado para hacer aun aquello que podían haber efectuado en un tiempo mucho más breve. El Señor nos considera culpables cuando por nuestros hábitos perjudiciales privamos así al mundo del bien.—Lecciones Prácticas del Gran Maestro, 316, 317. SC 307.1

Nuestro Dios es muy misericordioso, lleno de compasión y razonable en todos sus requerimientos. El no pretende que sigamos una conducta que resultará en la pérdida de nuestra salud o el debilitamiento de nuestras facultades mentales. No quiere que trabajemos bajo presión y tensión, hasta que quedemos exhaustos y suframos de postración nerviosa. El Señor nos ha dado el uso de la razón y espera que obremos en armonía con ella y actuemos según las leyes de la vida implantadas en nosotros, obedeciéndolas, a fin de que podamos tener una organización bien equilibrada. Un día sigue a otro, y cada día trae consigo sus responsabilidades y deberes, pero el trabajo de mañana no ha de entrar en el día de hoy. Los obreros que trabajan en la causa de Dios han de sentir cuán sagrado es el carácter de esa obra, y han de prepararse para la obra de mañana haciendo hoy un juicioso empleo de sus facultades.—The Review and Herald, 7 de noviembre de 1893. SC 307.2