Mensajes Selectos Tomo 1

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Capítulo 61—Cristo, el centro del mensaje*

Cristo, Nuestra Justicia

El mensaje del tercer ángel demanda la presentación del día de reposo del cuarto mandamiento, y esta verdad debe ser presentada delante del mundo. Sin embargo, el gran centro de atracción, Jesucristo, no debe ser dejado fuera del mensaje del tercer ángel. Muchos que se han ocupado en la obra para este tiempo han dejado a Cristo en segundo plano, y han dado el primer lugar a teorías y argumentos. No se ha hecho resaltar la gloria de Dios que fue revelada a Moisés en cuanto al carácter divino. El Señor dijo a Moisés: “Yo haré pasar todo mi bien delante de tu rostro”. Éxodo 33:19. “Y pasando Jehová por delante de él, proclamó: ¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá per inocente al malvado”. Éxodo 34:6, 7. 1MS 449.1

Pareciera que hubiese habido un velo delante de los ojos de muchos que han trabajado en la causa, de modo que, al presentar la ley, revelaban que no habían visto a Jesús, y no proclamaron el hecho de que, cuando abundó el pecado, sobreabundó la gracia. Es en la cruz donde la misericordia y la verdad se encuentran, donde la justicia y la paz se besan. El pecador siempre debe mirar hacia el Calvario, y con la sencilla fe de un niñito, debe descansar en los méritos de Cristo, aceptando su justicia y creyendo en su misericordia. Los que se ocupan en la causa de la verdad, debieran presentar la justicia de Cristo, no como una luz nueva, sino como una preciosa luz que por un tiempo ha sido perdida de vista por la gente. Hemos de aceptar a Cristo como a nuestro Salvador personal, y él nos imputa la justicia de Dios en Cristo. Repitamos y hagamos resaltar la verdad que ha descrito Juan: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados”. 1 Juan 4:10. 1MS 449.2

En el amor de Dios se ha manifestado la más maravillosa veta de verdad preciosa, y los tesoros de la gracia de Cristo están expuestos a la iglesia y al mundo. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito...”. Juan 3:16. ¡Qué amor es éste, qué maravilloso e insondable amor, capaz de inducir a Cristo a morir por nosotros mientras todavía éramos pecadores! ¡Qué pérdida es para el alma que comprende las poderosas demandas de la ley y que, sin embargo, falla en comprender la gracia de Cristo que sobreabunda! Es cierto que la ley de Dios revela el amor de Dios cuando es predicada como la verdad en Jesús, pues el don de Cristo para este mundo culpable debe tratarse ampliamente en cada sermón. No es de admirarse que los corazones no hayan sido subyugados por la verdad, puesto que ha sido presentada en una forma fría y sin vida. No es de admirarse que la fe haya vacilado ante las promesas de Dios, puesto que los ministros y obreros han dejado de presentar a Jesús en su relación con la ley de Dios. ¿Con cuánta frecuencia debieran haber asegurado a los oyentes que “el que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” Romanos 8:32. 1MS 450.1

Satanás se esfuerza para que los hombres no vean el amor de Dios que lo indujo a dar a su Hijo unigénito para salvar a la raza perdida, pues es la bondad de Dios la que guía a los hombres al arrepentimiento. ¡Oh! ¿Cómo podremos tener éxito en presentar ante el mundo el profundo y precioso amor de Dios? En ninguna otra forma podemos lograrlo sino exclamando: “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios”. 1 Juan 3:1. Digamos a los pecadores: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Juan 1:29. Presentando a Jesús como el representante del Padre, podremos desvanecer la sombra que Satanás ha proyectado sobre nuestra senda a fin de que no veamos la misericordia y el amor de Dios, el inexpresable amor de Dios tal como se manifiesta en Jesucristo. 1MS 451.1