La Temperancia

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Capítulo 2—El cuerpo es el templo

La responsabilidad del cristiano—“¿No sabéis—pregunta Pablo—que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es”. El hombre es la hechura de Dios, su obra maestra, creado para un alto y santo propósito; y en cada parte del tabernáculo humano Dios desea escribir su ley. Cada nervio y músculo, cada facultad mental y física debe ser guardada pura. Te 125.3

Dios quiere que el cuerpo sea un templo para su Espíritu. Cuán solemne, entonces, es la responsabilidad que descansa sobre cada alma. ... Cuántos hay que, bendecidos con razón e inteligencia, talentos que deberían ser usados para la gloria de Dios, voluntariamente degradan el alma y el cuerpo. Sus vidas son una continua ronda de excitación. Partidos de cricket y fútbol, y carreras de caballos absorben la atención. La maldición del licor, con su mundo de pesar, está profanando el templo de Dios. ... Por el uso de la bebida y el tabaco los hombres están envileciendo la vida que se les ha dado para altos y santos propósitos. Sus prácticas están representadas por maderas, heno y rastrojo. Sus poderes dados por Dios están pervertidos, y sus sentidos degradados para satisfacer los deseos de la mente carnal. Te 125.4

El ebrio se vende a sí mismo por una copa de veneno. Satanás toma el dominio de su razón, sus afectos, su conciencia. Tal hombre está destruyendo el templo de Dios. El beber té le ayuda a hacer esta obra. Sin embargo, cuántos son los que ponen estos agentes destructores sobre sus mesas. Te 126.1

No hay derecho a dañar ningún órgano de la mente o el cuerpo—Ningún hombre o mujer tiene algún derecho a formar hábitos que disminuyan la acción saludable de un órgano de la mente o del cuerpo. El que pervierte sus facultades está profanando el templo del Espíritu Santo. El Señor no obrará un milagro para restaurar la salud de los que continúan usando drogas que degradan el alma, la mente y el cuerpo tanto que las cosas sagradas no son apreciadas. Los que se dan al uso del tabaco y la bebida no aprecian su intelecto. No se dan cuenta del valor de las facultades que Dios les ha dado. Permiten que sus facultades se marchiten y decaigan. Te 126.2

Dios desea que todos los que creen en él sientan la necesidad de desarrollo. Cada facultad confiada debe ser mejorada. Ninguna debe ser descuidada. Como labranza y edificio de Dios, el hombre está bajo su supervisión en todo el sentido de la palabra; y cuanto mejor se relacione con su Hacedor, más sagrada llegará a ser su vida en su estimación. ... Te 126.3

Dios pide a sus hijos que vivan una vida pura y santa. Ha dado a su Hijo para que podamos alcanzar esta norma. Ha hecho toda la provisión necesaria para capacitar al hombre para vivir, no para una satisfacción animal, como las bestias que perecen, sino para Dios y el cielo. ... Te 126.4

Dios lleva cuenta—El castigo físico por pasar por alto las leyes naturales aparecerá en forma de enfermedad, un organismo arruinado, y aun la muerte. Pero también tiene que hacerse pronto un arreglo con Dios. El registra cada trabajo, si es para el bien o para el mal, y en el día del juicio cada hombre recibirá de acuerdo con su obra. Cada transgresión de las leyes de la vida física es una transgresión de las leyes de Dios; y el castigo debe seguir, y seguirá a cada una de tales transgresiones. Te 126.5

La casa humana, el edificio de Dios, requiere una estrecha y vigilante custodia. ... La vida física debe ser cuidadosamente educada, cultivada, y desarrollada para que mediante los hombres y las mujeres sea revelada la naturaleza divina en su plenitud. Dios espera que los hombres usen el intelecto que les ha dado. Que empleen cada poder del raciocinio para él. Han de dar a la conciencia el lugar de supremacía que se le ha asignado. Las facultades mentales y físicas, junto con los afectos, tienen que ser cultivados para que puedan alcanzar la más alta eficiencia.—The Review and Herald, 6 de noviembre de 1900. Te 127.1

Guiados por una conciencia iluminada—El apóstol Pablo escribe: “¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno sólo lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis. Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible”.—The Signs of the Times, 2 de octubre de 1907. Te 127.2

El apóstol Pablo menciona aquí las carreras pedestres, con las cuales los corintios estaban familiarizados. Los contendientes de estas carreras estaban sujetos a la más severa disciplina para ponerlos en condiciones de afrontar la prueba de su fuerza. Su dieta era simple. El alimento abundante y el vino eran prohibidos. Su comida era cuidadosamente seleccionada. Estudiaban para saber qué se adaptaba mejor para mantenerlos sanos y activos, y qué podía impartirles vigor físico y resistencia, para que pudieran exigir sus fuerzas hasta el máximo. Cada complacencia que podría tender a debilitar las fuerzas físicas era prohibida.—The Signs of the Times, 27 de enero de 1909. Te 127.3

Si los paganos, que no estaban dominados por una conciencia iluminada, que no tenían el temor de Dios delante de ellos, podían someterse a la privación y a la disciplina del entrenamiento, negándose a cada complacencia debilitadora solamente por una corona de sustancia perecedera y el aplauso de la multitud, cuánto más los que corren la carrera cristiana con la esperanza de la inmortalidad y la aprobación del alto Cielo deberían estar dispuestos a privarse de los estimulantes malsanos y las complacencias que degradan la moral, debilitan el intelecto y colocan las facultades superiores bajo el dominio de los apetitos y pasiones animales. Te 127.4

Multitudes en el mundo están presenciando este juego de la vida, la lucha cristiana. Y no es todo. El Monarca del universo y las miríadas de ángeles celestiales son espectadores de esta carrera; están observando ansiosamente para ver quiénes serán los triunfadores de éxito que ganarán la corona de gloria que no se esfuma. Con intenso interés Dios y los ángeles celestiales toman en cuenta la negación propia, el sacrificio propio, y los agonizantes esfuerzos de los que se empeñan en correr la carrera cristiana. La recompensa dada a cada hombre estará de acuerdo con la perseverante energía y la fiel solicitud con que realiza su parte en esta gran disputa. Te 128.1

En los juegos referidos, sólo uno tenía la seguridad del premio. En la carrera cristiana, dice el apóstol: “Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura”. No seremos desilusionados al final de la carrera. Para todos los que cumplen cabalmente con las condiciones de la Palabra de Dios, y tienen un sentido de su responsabilidad para preservar el vigor físico y la actividad del cuerpo, a fin de tener mentes bien equilibradas y moral saludable, la carrera no es incierta. Todos pueden ganar el premio, y obtener y llevar la corona de gloria inmortal que no se desvanece. ... Te 128.2

Promesas para el vencedor—El mundo no debe ser criterio para nosotros. Es de buen tono dar rienda suelta al apetito en alimentos copiosos y estimulantes antinaturales, fortaleciendo así las propensiones animales y dañando el crecimiento y desarrollo de las facultades morales. Pero no se da ninguna seguridad a ningún hijo o hija de Adán de que puede llegar a ser un victorioso vencedor en la guerra cristiana a menos que decida practicar la temperancia en todas las cosas. Si hace así, no luchará como quien hiere al aire. Te 128.3

Si los cristianos mantienen su cuerpo en sumisión, y ponen todos sus apetitos y pasiones bajo el dominio de una conciencia iluminada, sintiendo que es una obligación que deben a Dios y a sus prójimos obedecer las leyes que gobiernan la salud y la vida, tendrán la bendición del vigor físico y mental. Tendrán el poder moral para entrar en la lucha contra Satanás; y en el nombre de Aquel que venció el apetito en favor de ellos, llegarán a su vez a ser más que vencedores por sí mismos. Esta guerra está abierta para todos los que quieran entrar en la batalla.—The Signs of the Times, 2 de octubre de 1907. Te 128.4