La Oración

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El pueblo de Dios orará y prevalecerá al final como Jacob

Jacob y Esaú representan dos clases: El primero, a los justos, y el segundo, a los impíos. La angustia que Jacob experimentó cuando Esaú marchaba contara él con sus cuatrocientos hombres, representa la angustia que experimentarán los justos cuando se promulgue el decreto de muerte contra ellos inmediatamente antes de la venida del Señor. Cuando los impíos se reúnan a su alrededor se llenarán de angustia, pues, al igual que Jacob, no podrán ver salvación para sus vidas. El ángel se puso delante del patriarca y este se asió de aquel y luchó con él toda la noche. Así también los justos, en su momento de prueba y angustia, lucharán en oración con Dios, como Jacob luchó con el ángel. El patriarca en su angustia oró toda la noche para verse libre de la mano de Esaú. Los justos en su angustia mental clamarán a Dios día y noche para verse libres de la mano de los impíos que los rodearán. Or 332.2

Jacob confesó su indignidad: “Menor soy que todas las misericordias y que toda la verdad que has usado para con tu siervo”. Los justos en su angustia se sentirán profundamente convencidos de su falta de méritos, y con muchas lágrimas reconocerán su completa indignidad y, al igual que Jacob, se aferrarán de las promesas de Dios por medio de Jesucristo, hechas precisamente para pecadores tan dependientes, tan desamparados y tan arrepentidos. Or 332.3

El patriarca se aferró firmemente del ángel en su aflicción, y no lo dejó partir. Mientras le suplicaba con lágrimas, este le recordó sus errores pasados y trató de librarse de él, para probarlo. Así también serán probados los justos en el día de su angustia, para que manifiesten la fortaleza de su fe, su perseverancia e inconmovible confianza en el poder de Dios para librarlos. Or 333.1

Jacob no quiso desistir. Sabía que Dios era misericordioso y recurrió a su misericordia. Señaló su pasada tristeza por sus errores y su arrepentimiento, e insistió en que se lo librara de las manos de Esaú. Su oración importuna continuó toda la noche. Al recordar sus errores pasados casi se desesperó. Pero sabía que tendría que recibir ayuda de Dios, o si no, perecería. Se aferró fuertemente del ángel e insistió en su pedido con clamores fervientes y angustiosos, hasta que prevaleció. Así ocurrirá con los justos. Cuando recuerden los acontecimientos de su vida pasada, sus esperanzas casi desaparecerán. Pero cuando comprendan que es un caso de vida o muerte, clamarán fervorosamente a Dios y pedirán que tenga en cuenta su tristeza pasada por sus pecados, y su humilde arrepentimiento, y entonces invocarán su promesa: “¿O forzará alguien mi fortaleza? Haga conmigo paz; sí, haga paz conmigo”. Isaías 27:5. Ofrecerán entonces, de día y de noche, sus fervientes peticiones a Dios.—La Historia de la Redención, 99, 100. Or 333.2