El Ministerio de Curación

16/183

“Vete, y no peques más”

La fiesta de los tabernáculos había concluído. Los sacerdotes y rabinos de Jerusalén habían sido derrotados en sus maquinaciones contra Jesús, y a la caída de la tarde, “fuése cada uno a su casa. Y Jesús se fué al monte de las Olivas.” Juan 7:53; 8:1. MC 57.2

Dejando la agitación y el bullicio de la ciudad, las afanadas muchedumbres y los traicioneros rabinos, Jesús se apartó a la tranquilidad de los olivares, donde podía estar a solas con Dios. Pero temprano por la mañana volvió al templo, y al ser rodeado por la gente, se sentó y les enseñó. MC 57.3

Pronto fué interrumpido. Un grupo de fariseos y escribas se le acercó, arrastrando a una mujer aterrorizada, a la que acusaban acerbamente de haber quebrantado el séptimo mandamiento. Habiéndola empujado hasta la presencia de Jesús, dijeron a éste con hipócrita manifestación de respeto: “Maestro, esta mujer ha sido tomada en el mismo hecho, adulterando; y en la ley Moisés nos mandó apedrear a las tales; tú pues, ¿qué dices?” Vers. 4, 5. MC 57.4

Su falsa reverencia ocultaba una artera intriga para arruinarle. Si Jesús absolvía a la mujer, se le podría acusar de haber despreciado la ley de Moisés. Si declaraba a la mujer digna de muerte, se le podría acusar ante los romanos de haberse arrogado una autoridad que sólo a éstos pertenecía. MC 57.5

Jesús miró la escena: la temblorosa víctima avergonzada, los dignatarios de rostro duro, sin rastros de compasión humana. Su espíritu de pureza inmaculada sentía repugnancia por este espectáculo. Sin dar señal de haber oído la pregunta, se agachó y, fijos los ojos en el suelo, se puso a escribir en el polvo. MC 57.6

Impacientes ante la demora y la aparente indiferencia de Jesús, los delatores se acercaron, para imponer el asunto a su atención. Pero cuando sus ojos, siguiendo los de Jesús, cayeron sobre el pavimento a sus pies, callaron. Allí, trazados delante de ellos, estaban los secretos culpables de su propia vida. MC 58.1

Enderezándose y fijando sus ojos en los ancianos maquinadores, Jesús dijo: “El que de vosotros esté sin pecado, arroje contra ella la piedra el primero.” Vers. 7. Y volviéndose a inclinar, siguió escribiendo. MC 58.2

No había puesto de lado la ley dada por Moisés, ni había usurpado la autoridad de Roma. Los acusadores habían sido derrotados. Rasgado su manto de falsa santidad, estaban, culpables y condenados, en presencia de la pureza infinita. Temblaban de miedo de que la iniquidad oculta de sus vidas fuese revelada a la muchedumbre; y uno tras otro, con la cabeza agachada y los ojos mirando al suelo, se fueron furtivamente, dejando a su víctima con el compasivo Salvador. MC 58.3

Irguióse Jesús, y mirando a la mujer, le dijo: “Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te ha condenado? Y ella respondió: Señor, ninguno. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno: vete, y no peques más.” Vers. 10, 11. MC 58.4

La mujer había estado temblando de miedo delante de Jesús. Sus palabras: “El que de vosotros esté sin pecado, arroje contra ella la piedra el primero,” habían sido para ella como una sentencia de muerte. No se atrevía a alzar los ojos al rostro del Salvador, sino que esperaba silenciosamente su condena. Con asombro vió a sus acusadores apartarse mudos y confundidos; luego cayeron en sus oídos estas palabras de esperanza: “Ni yo te condeno: vete, y no peques más.” Su corazón se enterneció, y se arrojó a los pies de Jesús, expresando con sollozos su amor agradecido y confesando sus pecados con amargas lágrimas. MC 58.5

Esto fué para ella el principio de una nueva vida, una vida de pureza y paz, consagrada a Dios. Al levantar a esta alma caída, Jesús hizo un milagro mayor que al sanar la más grave enfermedad física. Curó la enfermedad espiritual que es para muerte eterna. Esa mujer penitente llegó a ser uno de sus discípulos más fervientes. Con devoción y amor abnegados, retribuyó su misericordia perdonadora. El mundo tenía para esta mujer extraviada solamente desprecio y escarnio; pero el que era sin pecado se compadeció de su debilidad y le tendió su mano auxiliadora. Mientras que los hipócritas fariseos la condenaban, Jesús le dijo: “Vete, y no peques más.” MC 59.1

Jesús conoce las circunstancias particulares de cada alma. Cuanto más grave es la culpa del pecador, tanto más necesita del Salvador. Su corazón rebosante de simpatía y amor divinos se siente atraído ante todo hacia el que está más desesperadamente enredado en los lazos del enemigo. Con su propia sangre firmó Cristo los documentos de emancipación de la humanidad. MC 59.2

Jesús no quiere que los comprados a tanto precio sean juguete de las tentaciones del enemigo. No quiere que seamos vencidos ni que perezcamos. El que dominó los leones en su foso, y anduvo con sus fieles testigos entre las llamas, está igualmente dispuesto a obrar en nuestro favor para refrenar toda mala propensión de nuestra naturaleza. Hoy está ante el altar de la misericordia, presentando a Dios las oraciones de los que desean su ayuda. No rechaza a ningún ser humano lloroso y contrito. Perdonará sin reserva a cuantos acudan a él en súplica de perdón y restauración. A nadie dice todo lo que pudiera revelar, sino que exhorta a toda alma temblorosa a que cobre ánimo. Todo el que quiera puede valerse de la fuerza de Dios, y hacer la paz con él, y el Señor la hará también. MC 59.3

A las almas que se vuelven a él en busca de amparo, Jesús las levanta sobre toda acusación y calumnia. Ningún hombre ni ángel maligno puede incriminar a estas almas. Cristo las une con su propia naturaleza divina y humana. Están al lado de Aquel que lleva los pecados, en la luz procedente del trono de Dios. MC 60.1

La sangre de Jesucristo “limpia de todo pecado.” 1 Juan 1:7. “¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, quien además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros.” Romanos 8:33, 34. MC 60.2

Cristo demostró su completa autoridad sobre los vientos y las olas, así como sobre los endemoniados. El que apaciguó la tempestad y sosegó el agitado mar, dirigió palabras de paz a los intelectos perturbados y dominados por Satanás. MC 60.3

En la sinagoga de Capernaúm estaba Jesús hablando de su misión de libertar a los esclavos del pecado. De pronto fué interrumpido por un grito de terror. Un loco hizo irrupción de entre la gente, clamando: “Déjanos; ¿qué tenemos contigo, Jesús Nazareno? ¿has venido a destruirnos? Yo te conozco quién eres, el Santo de Dios.” Lucas 4:34. MC 60.4

Jesús reprendió al demonio diciendo: “Enmudece, y sal de él. Entonces el demonio, derribándole en medio, salió de él, y no le hizo daño alguno.” Vers. 35. MC 60.5

La causa de la aflicción de este hombre residía también en su propia conducta. Le habían fascinado los placeres del pecado, y pensó hacer de la vida un gran carnaval. La intemperancia y la frivolidad pervirtieron los nobles atributos de su naturaleza, y Satanás asumió pleno dominio sobre él. El remordimiento llegó demasiado tarde. Cuando hubiera querido sacrificar sus bienes y sus placeres para recuperar su virilidad perdida, ya estaba incapacitado y a la merced del maligno. MC 60.6

En presencia del Salvador, se le había despertado el deseo de libertad, mas el demonio opuso resistencia al poder de Cristo. Cuando el hombre procuró pedir ayuda a Jesús, el espíritu maligno le puso en la boca sus propias palabras, y él gritó con angustia y temor. Comprendía parcialmente que se hallaba en presencia de quien podía libertarlo; pero cuando intentó ponerse al alcance de aquella mano poderosa, otra voluntad le retuvo; y las palabras de otro fueron pronunciadas por su medio. MC 61.1

Terrible era el conflicto entre sus deseos de libertad y el poder de Satanás. Parecía que el pobre atormentado habría de perder la vida en aquel combate con el enemigo que había destruído su virilidad. Pero el Salvador habló con autoridad y libertó al cautivo. El que había sido poseído del demonio, estaba ahora delante de la gente admirada, en pleno goce de la libertad y del dominio propio. MC 61.2

Con voz alegre, alabó a Dios por su liberación. Los ojos que hasta entonces despedían fulgores de locura brillaban ahora de inteligencia y derramaban lágrimas de gratitud. La gente estaba muda de asombro. Tan pronto como hubo recuperado el uso de la palabra, exclamó: “¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es ésta, que con potestad aun a los espíritus inmundos manda, y le obedecen?” Marcos 1:27. MC 61.3

También hoy hay muchedumbres tan ciertamente dominadas por el poder de los malos espíritus como lo era el endemoniado de Capernaúm. Todos los que se apartan voluntariamente de los mandamientos de Dios se colocan bajo la dirección de Satanás. Muchos juegan con el mal, pensando que podrán romper con él cuando quieran; pero quedan cada vez más engañados hasta que se encuentran dominados por una voluntad más fuerte que la suya. No pueden substraerse a su misterioso poder. El pecado secreto o la pasión dominante puede hacer de ellos cautivos tan inertes como el endemoniado de Capernaúm. MC 61.4

Sin embargo, su condición no es desesperada. Dios no domina nuestra mente sin nuestro consentimiento, sino que cada hombre está libre para elegir el poder que quiera ver dominar sobre él. Nadie ha caído tan bajo, nadie es tan vil que no pueda hallar liberación en Cristo. El endemoniado, en vez de oraciones, sólo podía pronunciar las palabras de Satanás; sin embargo, la muda súplica de su corazón fué oída. Ningún clamor de un alma en necesidad, aunque no llegue a expresarse en palabras, quedará sin ser oído. Los que consienten en hacer pacto con el Dios del cielo no serán abandonados al poder de Satanás ni a las flaquezas de su propia naturaleza. MC 62.1

“¿Será quitada la presa al valiente? o ¿libertaráse la cautividad legítima? Así empero dice Jehová: Cierto, la cautividad será quitada al valiente, y la presa del robusto será librada; y tu pleito yo lo pleitearé, y yo salvaré a tus hijos.” Isaías 49:24, 25. MC 62.2

Maravillosa será la transformación de quien abra por la fe la puerta de su corazón al Salvador. MC 62.3