Consejos sobre Mayordomía Cristiana

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El fruto de este doble esfuerzo

Según la providencia de Dios, los que han estado soportando la carga de su obra se han estado esforzando por poner nueva vida en métodos antiguos de trabajo, y también por inventar nuevos planes y nuevos métodos para despertar el interés de los miembros de la iglesia para que realicen un esfuerzo unido a fin de alcanzar el mundo. Uno de los nuevos planes para alcanzar a los incrédulos es la Campaña de la Recolección para las misiones. En muchos lugares durante los últimos años, esto ha demostrado ser un éxito, ha llevado bendición a muchos y ha aumentado los recursos que fluyen a la tesorería de la misión. A medida que los que no pertenecen a nuestra fe se han familiarizado con el progreso del mensaje del tercer ángel en las tierras paganas, se han despertado sus simpatías y algunos han procurado aprender más acerca de la verdad que tiene tal poder para transformar los corazones y las vidas. Hombres y mujeres pertenecientes a todas las clases han sido alcanzados y el nombre de Dios ha sido glorificado. CMC 199.3

En años pasados, he hablado en favor del plan de presentar nuestra obra misionera y su progreso ante nuestros amigos y vecinos, y me he referido al ejemplo de Nehemías. Y ahora deseo instar a nuestros hermanos a estudiar nuevamente la experiencia de este hombre de oración, fe y sólido juicio quien se atrevió a pedir a su amigo, el rey Artajerjes, ayuda para promover los intereses de la causa de Dios. Que todos comprendan que al presentar las necesidades de nuestra obra, los creyentes podrán reflejar la luz sobre otros únicamente cuando, tal como Nehemías en la antigüedad, se acerquen a Dios y vivan en estrecha relación con el Dador de toda luz. Nuestras propias almas deben estar firmemente arraigadas en el conocimiento de la verdad, si queremos ganar a otros del error a la verdad. Ahora necesitamos investigar diligentemente las Escrituras para que, a medida que nos familiaricemos con los incrédulos, podamos presentarles a Cristo, como el Salvador ungido, crucificado y resucitado, del que dieron testimonio los profetas y los creyentes, y por medio de cuyo nombre recibimos el perdón de nuestros pecados.—Manuscrito 2, 1914. CMC 200.1