Consejos para los Maestros

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Capítulo 27—Las escuelas intermediarias

Las escuelas intermediarias son altamente esenciales. En estas escuelas se ha de hacer un trabajo esmerado; porque muchos alumnos saldrán de ellas directamente al gran campo de la mies. Saldrán para emplear lo que han aprendido, como colportores y ayudantes en diversos ramos de la obra evangélica. Muchos obreros, después de trabajar por un tiempo en el campo de labor, sentirán la necesidad de estudiar más, y con la experiencia adquirida en el trabajo estarán preparados para apreciar los privilegios escolares, y para hacer progresos rápidos. Algunos desearán educarse en los ramos superiores del estudio. Para éstos han sido establecidos nuestros colegios. CM 195.1

La Palabra de Dios ha de ser el fundamento de toda la obra hecha en nuestras escuelas intermediarias. Y se ha de demostrar a los alumnos la verdadera dignidad del trabajo. Se les ha de enseñar que Dios obra constantemente. Coopere cada maestro cordialmente con un grupo de alumnos, trabajando con ellos y enseñándoles a trabajar. Mientras los maestros hagan esto, adquirirán valiosa experiencia. Su corazón se unirá con el de los alumnos, y eso preparará el terreno para que su enseñanza tenga éxito. CM 195.2

Sería cometer un error muy triste el no considerar cabalmente el propósito con que se ha establecido cada una de nuestras escuelas. Este es un asunto que deben estudiar fielmente los hombres que llevan responsabilidad en cada una de nuestras uniones, a fin de que los jóvenes estén rodeados de las circunstancias más favorables para la formación de un carácter suficientemente fuerte como para resistir los males de este mundo. CM 195.3

Tenemos delante de nosotros una gran obra, y se necesitan muchos obreros educados y preparados para ocupar puestos de confianza. Mientras nuestros jóvenes se están preparando para servir en la causa de Dios, la Biblia debe constituir el fundamento de su educación. Los principios de la verdad contenidos en la Palabra de Dios serán una salvaguardia contra las malas influencias del mundo. CM 196.1

Están tristemente mal dirigidos los esfuerzos que se hagan para educar a nuestros niños y jóvenes en el temor del Señor, sin dar preeminencia al estudio de la Biblia. A menos que haya una educación tal, que lleve a reconocer y aborrecer el pecado, el resultado será una deformidad moral. Nuestros hijos deben ser apartados de las malas influencias de la escuela fiscal, y puestos donde maestros cabalmente convertidos puedan educarlos en las Sagradas Escrituras. Así serán enseñados a hacer de la Palabra de Dios la gran regla de su vida. CM 196.2

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Puede ser que algunos pregunten: ¿Cómo se han de establecer tales escuelas? No somos un pueblo rico, pero si oramos con fe, y permitimos al Señor que obre en nuestro favor, él abrirá delante de nosotros caminos para establecer en lugares retraídos pequeñas escuelas para la educación de nuestros jóvenes, no sólo en las Escrituras y el saber que se obtiene de los libros, sino en muchos ramos de trabajo manual. CM 196.3

Se me ha presentado con enérgica insistencia la necesidad de establecer tales escuelas, a causa de la cruel negligencia de muchos padres en cuanto a educar debidamente a sus hijos en el hogar. Muchos padres y madres han parecido creer que si ponían en las manos de sus hijos las riendas del dominio, se desarrollarían en jóvenes y señoritas útiles. Pero el Señor me ha instruido acerca de este asunto. En visiones de la noche, he visto al lado de esos hijos descuidados al que fue arrojado de los atrios celestiales porque originó el pecado. El enemigo de las almas estaba alerta para ver las oportunidades de ganar el dominio de la mente de todo niño cuyos padres no le habían dado instrucción fiel acerca de las trampas de Satanás. CM 196.4

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Al hacer planes para la educación de sus hijos fuera del hogar, los padres deben comprender que ya no es seguro mandarlos a las escuelas fiscales, y deben esforzarse por enviarlos a aquéllas en las cuales obtendrán una educación basada en el fundamento bíblico. Sobre cada padre cristiano descansa la obligación solemne de dar a sus hijos una educación que los inducirá a obtener conocimiento de Dios, y a llegar a ser partícipes de la naturaleza divina por la obediencia a la voluntad y el camino de Dios. CM 197.1