Consejos para los Maestros

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La lección más importante

Dios no depende de los hombres de educación perfecta. Su obra no se detiene mientras adquieren una preparación tan larga y elaborada como la que algunas de nuestras escuelas se proponen dar. Se requieren hombres que aprecien el privilegio de ser colaboradores con él, hombres que le honren prestando implícita obediencia a sus requerimientos, sin tener en cuenta las teorías que les han sido inculcadas previamente. No tiene límite la utilidad de los que ponen el yo a un lado, que permiten obrar al Espíritu Santo sobre su corazón, y viven una vida completamente consagrada a Dios, recibiendo la disciplina necesaria, impuesta por el Señor, sin quejarse ni desmayar en el camino. Si no desfallecen bajo su reprensión ni endurecen su corazón ni se vuelven tercos, el Señor enseñará tanto a los jóvenes como a los ancianos, hora tras hora, día tras día. Anhela revelar su salvación a los hijos de los hombres y si su pueblo escogido quiere eliminar los obstáculos, derramará las aguas de salvación en raudales abundantes por intermedio de los conductos humanos. CM 394.2

Muchos de los que están buscando eficiencia para la exaltada obra de Dios por el perfeccionamiento de su educación en las escuelas de los hombres, hallarán que no han aprendido las lecciones de más importancia. Al descuidar el someterse a sí mismos a las impresiones del Espíritu Santo, y al no vivir en obediencia a todos los requerimientos de Dios, se ha debilitado su eficiencia espiritual; han perdido la capacidad que tenían de hacer con éxito su obra para el Señor. Ausentándose de la escuela de Cristo, se han olvidado del sonido de la voz del Maestro, y él no puede dirigir su conducta. CM 395.1

Los hombres pueden adquirir todo el conocimiento que el maestro humano es capaz de impartir; pero Dios requiere de ellos una sabiduría aún mayor. Como Moisés, deben aprender a ser mansos, humildes de corazón, y a desconfiar del yo. Nuestro Salvador mismo, cuando soportaba la prueba por la humanidad, reconoció que por sí mismo no podía hacer nada. Nosotros también debemos aprender que no hay fuerza en la humanidad sola. El hombre llega a ser eficiente, únicamente si participa de la naturaleza divina. CM 395.2