Consejos para los Maestros

156/279

La recompensa de la obediencia

El cerebro es la ciudadela del ser. Los malos hábitos físicos afectan el cerebro, e impiden que se alcance aquello que se desea: una buena disciplina mental. A menos que los jóvenes estén versados en la ciencia de cuidar del cuerpo tanto como de la mente, no tendrán éxito como alumnos. El estudio no es la causa principal del quebrantamiento de las facultades mentales. La causa principal es la alimentación impropia, las comidas irregulares, la falta de ejercicio físico y otras violaciones negligentes de las leyes de la salud. Cuando hagamos todo cuanto podamos para conservar la salud, entonces podremos pedir con fe a Dios que bendiga nuestros esfuerzos. CM 284.3

Antes de que los alumnos hablen de sus progresos en la así llamada “educación superior”, aprendan a comer y beber para gloria de Dios, y a ejercitar el cerebro, los huesos y los músculos de tal manera que los haga aptos para el servicio más elevado. Un alumno puede dedicar todas sus facultades a adquirir conocimientos, pero mientras desobedezca las leyes que gobiernan su ser, debilitará su eficiencia. Albergando malos hábitos, pierde el poder de apreciarse a sí mismo y pierde el dominio propio. No puede razonar correctamente en cuanto a asuntos que le conciernen más profundamente; se vuelve temerario e irracional en su trato de la mente y del cuerpo. CM 285.1

La obligación que tenemos de mantener el cuerpo con salud, es una responsabilidad individual. El Señor requiere de cada uno que obre su propia salvación día tras día. Nos invita a razonar de causa a efecto, para recordar que somos su propiedad, y a unirnos con él para mantener el cuerpo puro y sano, y todo el ser santificado para él. CM 285.2

Debe enseñarse a los jóvenes que no tienen libertad para hacer lo que quieren con su vida. Dios no tendrá por inocentes a los que tratan livianamente sus preciosos dones. Los hombres deben comprender que cuanto mayor sea su dotación de fuerza, talento, recursos u oportunidades, tanto más pesadamente debe descansar sobre ellos la carga de la obra de Dios, y tanto más deben hacer por él. Los jóvenes a quienes se enseñó a creer que la vida es un cometido sagrado vacilarán antes de sumirse en el vórtice de la disipación y el delito que se traga a tantos jóvenes promisorios de esta época. CM 285.3

El maestro cuyas facultades físicas están debilitadas por la enfermedad o el recargo de trabajo, debe dedicar atención especial a las leyes de la salud. Debe tomar tiempo para participar en recreaciones. Cuando el maestro ve que su salud no basta para resistir la presión del estudio pesado, debe prestar oídos a la voz de la naturaleza y aliviar la carga. No debe tomar sobre sí responsabilidades adicionales a su trabajo escolar, que le recargarán física y mentalmente hasta el punto de desequilibrar su sistema nervioso, porque esta conducta le inhabilitará para tratar con las mentes y no podrá obrar con justicia para consigo mismo o para con sus alumnos. CM 286.1

A veces el maestro lleva a su aula de clase la sombra de tinieblas que se ha estado acumulando sobre su alma. Ha estado recargado y se siente nervioso; o la dispepsia lo ha coloreado todo con matices lóbregos. Entra en el aula con nervios temblorosos y un estómago irritado. Nada de lo hecho le parece agradable; piensa que sus alumnos están resueltos a manifestarle falta de respeto, y sus agudas críticas y censuras caen a diestra y siniestra. Posiblemente uno o más de los alumnos cometen errores, o son indisciplinados. El caso se exagera en su mente, y es severo y mordaz en su reproche para con aquel que considera culpable. Y la misma injusticia le impide más tarde admitir que asumió una conducta equivocada. Para mantener la dignidad de su posición, ha perdido una oportunidad áurea de manifestar el espíritu de Cristo, tal vez de ganar un alma para el cielo. CM 286.2

Es deber del maestro hacer todo lo que esté a su alcance para presentar su cuerpo a Cristo como un sacrificio vivo, físicamente perfecto, y moralmente libre de contaminación, a fin de que el Señor haga de él un colaborador suyo en la salvación de las almas. CM 286.3