Obreros Evangélicos

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El comportamiento apropiado

A aquellos que manejan cosas sagradas se da la solemne recomendación: “Limpiaos los que lleváis los vasos de Jehová.”1 En particular aquellos hombres que han sido honrados por el cometido del Señor, aquellos a quienes ha sido dado un servicio especial que cumplir, deben tener circunspección en sus palabras y hechos. Deben ser hombres de consagración, que, por obras de justicia y palabras puras y veraces, puedan elevar a sus semejantes a un nivel más alto; hombres que no pierdan el rumbo por toda tentación pasajera; hombres de propósito firme y fervoroso, cuyo objeto supremo consista en atraer almas a Cristo. OE 130.1

Las tentaciones especiales de Satanás se dirigen contra el ministerio. El sabe que los predicadores no son sino humanos, que no poseen gracia o santidad propias; que los tesoros del Evangelio han sido puestos en vasos terrenos, a los cuales únicamente el poder divino puede hacer vasos de honor. El sabe que Dios ordenó que los predicadores sean un poderoso medio para salvar almas, y que pueden tener éxito en su obra únicamente en la medida en que permitan a su Padre eterno regir sus vidas. Por lo tanto, trata con toda sagacidad de inducirlos a pecar, sabiendo que su cargo hace su pecado tanto más pecaminoso; porque al cometer el pecado se hacen ministros del mal. OE 130.2

Aquellos a quienes Dios llamó al ministerio deben dar evidencia de que son idóneos para ministrar en el púlpito sagrado. El Señor ordenó: “Sed también vosotros santos en toda conversación.”2 “Sé ejemplo de los fieles,” escribe Pablo. “Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello; pues haciendo esto, a ti mismo salvarás y a los que te oyeren.”3 “El fin de todas las cosas se acerca: sed pues templados, y velad en oración.”4 OE 130.3

El tema de la pureza y el comportamiento correcto es digno de ser considerado. Debemos ponernos en guardia contra los pecados de esta era de degeneración. No desciendan los embajadores de Cristo a conversaciones triviales, a familiaridades con mujeres, ya sean casadas o solteras. Conserven su debido lugar con digno decoro, aunque sean al mismo tiempo sociables, bondadosos y corteses. Deben mantenerse alejados de cuanto sepa a vulgaridad y familiaridad. Este es un terreno prohibido, sobre el cual es peligroso asentar los pies. Cada palabra, cada acto, debe tender a elevar, refinar y ennoblecer. Hay pecado en ser irreflexivo acerca de tales asuntos. OE 131.1

Pablo instaba a Timoteo a meditar en aquellas cosas que son puras y excelentes, para que su progreso fuese manifiesto a todos. Los hombres del siglo presente necesitan en gran manera el mismo consejo. Ruego a nuestros obreros que vean cuán necesario es que haya pureza en todo pensamiento, en todo acto. Tenemos una responsabilidad individual ante Dios, una obra individual que nadie puede hacer por nosotros, a saber, la de luchar por mejorar al mundo. Aunque debemos cultivar la sociabilidad, no lo hagamos meramente para divertirnos, sino con un propósito más elevado. OE 131.2

¿No suceden en derredor nuestro bastantes cosas para demostrarnos cuán necesaria es esta cautela? Por doquiera se ven náufragos de la humanidad, altares de familia derruidos, hogares arruinados. Existe un extraño abandono de los buenos principios, el nivel de la moralidad se rebaja, y la tierra se está convirtiendo rápidamente en una gran Sodoma. Las costumbres que atrajeron el juicio de Dios sobre el mundo antediluviano, y causaron la destrucción de Sodoma por el fuego, toman rápido incremento. Nos estamos acercando al fin, en el cual la tierra será purificada por fuego. OE 131.3

Apártense de toda iniquidad aquellos en cuyas manos Dios puso la luz de la verdad. Anden ellos en sendas de rectitud, dominando toda pasión y costumbre que de alguna manera estorbaría la obra de Dios, o dejaría una mancha sobre su carácter sagrado. Es deber del predicador resistir las tentaciones que hay en su camino, elevarse por encima de aquellas degradaciones que arrastran la mente a un nivel bajo. Velando y orando, puede guardar de tal manera sus puntos más débiles que llegarán a ser los más fuertes. Por la gracia de Cristo, los hombres pueden adquirir valor moral, fuerza de voluntad y estabilidad de propósito. Hay en esta gracia poder para habilitarlos para elevarse por encima de las seductoras y engañosas tentaciones de Satanás y llegar a ser cristianos leales y consagrados. OE 132.1